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La nueva rebelión de los tártaros

En la obra clásica de Thomas de Quincey resuenan ecos que advierten sobre el imparable ascenso de líderes populistas

Donald Trump durante un acto de campaña en (California) el pasado septiembre.

En 1837 Thomas de Quincey escribió La rebelión de los tártaros, una breve y densa recreación de un acontecimiento histórico poco conocido, pese a lo cataclísmico de sus dimensiones: ocurrió en 1771, cuando el pueblo calmuco decidió abandonar de la noche a la mañana su territorio para escapar así de la dominación rusa. Se trata de un texto recreado a partir de una nota a pie de página del capítulo XXVI de Decadencia y caída del Imperio Romano de Edward Gibbon. Ni la Anábasis de Ciro ni la retirada de las tropas napoleónicas de Rusia, nos señala el autor inglés, pueden compararse con este éxodo irracional motivado por razones más bien oscuras y personales.

A grandes rasgos, la historia dice así: el príncipe Zerek Dorchi intriga contra su primo, el joven rey Oubacha, que en épocas más sosegadas que las que viven en ese momento —refiere De Quincey— hubiera sido un buen monarca. Pero Dorchi elabora una finísima maquinación, primero huyendo hacia la corte rusa y haciéndose pasar por víctima de una intriga que tiene por fin quitarle la vida; y después, conspirando con el gobierno de San Petersburgo y sobre todo con Catalina II para arrebatar poder y funciones a su primo Oubacha. No se detiene allí el príncipe traidor, y consigue convencer a los miembros del Consejo calmuco de que deben abandonar sus tierras sin demora para dirigirse a China, donde pedirán protección del emperador Kien Long. Alega urgentes y oscuras razones: les recuerda que son apenas la sombra de una nación títere bajo la férula de un estado inmenso y poderoso, que por añadidura los desprecia. Estarán mejor bajo la protección del emperador chino y sobre todo, arrancarán de raíz todo su pasado de servidumbre. Ha dejado sin poder de decisión al propio Oubacha y en poco tiempo, gracias a una telaraña de ardides pasmosos, logra movilizar a todo su pueblo, medio millón de calmucos (entre los que se contaban 250.000 mujeres y niños) que abandonan y queman sus hogares para emprender una fabulosa travesía por heladas estepas y desoladores paisajes hacia un futuro que consideran prometedor, enajenados por el fuego feroz de revancha y rencor que Dorchi ha encendido ante sus ojos. Los desastres y penurias, las miles de muertes provocadas durante la travesía por el hambre y los ataques de tribus enemigas, no desalientan al astuto Dorchi en su precipitada carrera hacia los abismos. Al final, Oubacha entiende que ha sido víctima de un astuto engaño por parte de Dorchi, quien al ver “el descalabro de sus propios proyectos” intenta urdir un complot contra el mismísimo emperador chino. Huelga decir que pereció ajusticiado por los hombres del monarca. En este lunático éxodo, nos dice el autor, se dejaron la vida más de 300.000 calmucos.

La rebelión de los Tártaros es un librito poderoso y sugestivo, con ribetes de leyenda, que ofrece un entramado de alta complejidad política, lleno de pasiones, venganzas y sufrimientos, pero sobre todo nos sacude con la fuerza de su carácter metafórico… y actual.

Para el líder que lleva a su pueblo al descalabro los fines están por encima de los medios, y para ello seduce

Al leer las páginas de De Quincey nos asalta, de principio a fin, una pregunta: ¿Cómo todo un pueblo puede caer embrujado bajo el influjo de un solo individuo? Varias razones insinúa la terrorífica composición que refiere De Quincey: el difícil momento histórico (un pueblo sojuzgado por una maquinación supranacional); la ondeante bandera de un nacionalismo arcádico; y sobre todo la promesa de un deletéreo futuro mejor. Es pues, además de una vigorosa crónica de este éxodo desconocido, la alegoría de los impulsos irracionales que hacen que toda una población o una gran parte de ella se avenga a seguir a un líder redentor con la pulsión ciega de quien cree haber encontrado el camino hacia un mundo mejor que empieza por destruir todos los vínculos con el sistema anterior.

No deja pues de llamar la atención el proceso hipnótico con el que han surgido en los últimos tiempos los líderes populistas, de Trump a Chávez, de Le Pen a Pablo Iglesias, para los que los analistas de un signo y otro ensayan explicaciones. Pero por encima de todas las especulaciones planea la misma pregunta que uno se hace de manera automática al leer a De Quincey: la sorprendente facilidad con la que toda una sociedad, o un altísimo porcentaje de la misma, se abandona a las enfebrecidas razones de un único individuo en el que los demás reconocemos los mismos rasgos que el escritor inglés señala en el intrigante príncipe Dorchi y que “el observador filosófico consideraría odiosas y repulsivas”. Para el líder que lleva a su pueblo al descalabro, insiste De Quincey, los fines están por encima de los medios y para ello convence, seduce, conspira, invoca un pasado ignominioso, aprovecha la corriente de los prejuicios nacionales con tenebrosas maquinaciones. Y todo con “profunda hipocresía y sin asomo alguno de remordimiento”. Y el pueblo lo sigue, quemando en una hoguera pavorosa no sólo sus hogares sino también su capacidad de rebelarse y disentir. Ni los miembros del Consejo ni el propio rey Oubacha oponen resistencia a los argumentos del intrigante y se dejan conducir sin dilación al desastre. ¿No es acaso el propio mensaje populista de hoy en día? El populismo crece y se nutre en la intriga, tanto como en el hartazgo que genera el establishment en una población, en la irracional creencia de que encontrar culpables es más efectivo que encontrar soluciones, tal como ocurre hoy en día. Pero sobre todo el populismo se enciende cuando la sociedad está dispuesta a abandonarse a los designios no de una ideología (es accesorio que antes se llamase comunismo y ahora socialdemocracia) sino de un solo individuo que la encarna. Y a menudo, como en la Rebelión de los tártaros, esto conduce a la más terrible de las catástrofes. La Historia está llena de paralelismos inquietantes y admoniciones que asoman aquí y allá, en la infinidad de páginas que los hombres han escrito como advertencia o metáfora. Por desgracia, como la historia del éxodo de los calmucos rescatada por De Quincey, a menudo solemos sepultarlas en el olvido.

Jorge Eduardo Benavides es escritor peruano, autor entre otras obras de la novela El enigma del convento.

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