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Colomboexit (Bojayá, Chocó)

Si gana el NO no están enterrando al Gobierno ni a las Farc, sino sepultando la calma en Bojayá

Imagine usted un país al revés que un mal día se ve forzado a preguntarles a sus ciudadanos si quieren que se haga la paz con una guerrilla delirante después de cincuenta años de guerra. Existe ese país: es Colombia. Que luego de estos años de serísimas negociaciones con las Farc, con el propósito de que lo pactado sea respetado y cumplido por un Estado que ha tendido a lo contrario, ha decidido convocar a un plebiscito para preguntarles a los colombianos si les parece justo lo acordado: SÍ o NO en mayúsculas. Imagine usted que Colombia diga no: “y ahora qué…”. Habrá que replantear el juego. Será el resultado de la impopularidad de un Gobierno regular pero mejor de lo que parece que lleva quizás demasiado tiempo (seis años colombianos son treintaiséis años humanos) y aún tiene dos años más por delante.

Será el logro entre comillas de una oposición disciplinada que tiene claro su objetivo: tomarse el poder por asalto. Será el logro de estos opositores que objetan a sus antiguos cómplices y a sus futuros socios, y lo será porque –a punta de versiones amañadas y propagandas negras y trinos pegajosos– habrán conseguido que el plebiscito, que todavía no se sabe qué domingo se hará, no sea sobre el futuro de los colombianos, sino sobre el futuro del Gobierno: sobre el futuro de un presidente condenado en Twitter por el ciclista Winner Anacona por dejar solos a los deportistas colombianos, e impugnado en Instagram por el campeón olímpico Óscar Figueroa por gastar billones en publicidad (“yo voto no al plebiscito”, dijo indignado) porque cualquier valentonada en las redes tiene una turba de su lado.

Sin duda es un genio del mal, de aquellos que acarician lomos de gatos de angora, quien se inventó que el NO en mayúsculas sea a todo lo que ha pasado en esta presidencia: no al presidente, no a su paz, no a la adopción gay, no a la ideología de género, no al comunismo diabólico que quiere quedarse con todo, no a la reforma tributaria, no a la venta de los bienes públicos ni al capitalismo salvaje, no a las prestadoras de salud, no a las Farc, no a la humillación de las fuerzas militares, no al desprecio al catolicismo que hizo a este país, no a todo lo que hicieron sus copartidarios cuando estaban en el poder, no a la persecución de las mayorías, no al irrespeto a los incendiarios, no a los políticos homosexuales, no a los políticos en general, no al hambre en La Guajira, no a la pobreza, no al desempleo, no al sí.

Digo que la victoria del NO en mayúsculas será un logro entre comillas porque millones de colombianos, si no todos, habrían podido ser redefinidos por el fin de la guerra: miles de hampones se habrían quedado sin justificaciones amañadas y sin máscaras políticas para delinquir; cientos de políticos habrían tenido que lidiar, más temprano que tarde, con un panorama en el que a nadie le parezca posible hacer política con armas; y familias y familias de campesinos habrían podido ahorrarse mil y una noches con el alma en vilo: me dice un amigo de por allá que en Bojayá, Chocó, donde hace catorce años las Farc asesinaron a un centenar de civiles en una iglesia, este año de tregua la gente por fin ha estado saliendo a la calle como si se hubiera terminado la pesadilla.

Hay ruindades que no dejan de sorprender: por ejemplo, que los fanáticos no sólo reclamen a sus víctimas tolerancia con su intolerancia, sino que además juren por Dios que discriminar es un derecho; que alguien se atreva a pronunciar el chantaje “voto SÍ al acuerdo de paz si el presidente me da a cambio lo siguiente…”; que los adalides del NO, tal como suenan, no sepan que si ganan el plebiscito no están enterrando al Gobierno ni a las Farc, sino sepultando la calma en Bojayá.

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