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Guterres, un portugués con determinación y cero enemigos para la ONU

El próximo secretario general quiere que la organización se centre más en la prevención

António Guterres, en un campamento de refugiados somalíes en 2011, como comisario de ACNUR. REBECCA BLACKWELL (AP) / VÍDEO: REUTERS-QUALITY

Con la misma naturalidad se sienta con la actriz y activista Angelina Jolie que duerme en un campamento de personas que huyen de guerras u otros conflictos. La ayuda a los necesitados ha marcado la vida personal y profesional de António Guterres, que este jueves será votado como nuevo secretario general de la ONU. En los últimos diez años como director de ACNUR, la agencia para los refugiados, pero durante toda su juventud trabajando en los barrios desfavorecidos de Lisboa.

La imagen de este político portugués (Lisboa, 1949) engaña; detrás de sus suaves maneras, guarda una fe inquebrantable en los imposibles y una voluntad de hierro. En diciembre, su partido, el Partido Socialista, le propuso ser candidato a la Presidencia de Portugal, que prácticamente garantizaba su elección pues el Partido Comunista y el Bloco de Esquerda hubieran retirado a sus candidatos. Guterres lo rechazó porque su meta era más ambiciosa, palabra que nunca saldrá de su boca pues su educación cristiana se lo impide.

Es detallista hasta rallar la adicción. En un reciente encuentro en Lisboa con periodista extranjeros, Guterres se encargó personalmente de colocar cada silla en una sola fila para que no hubiera unos periodistas delante de otros. Al acabar, los informadores salimos de estampida mientras él colocaba la veintena de sillas, una a una, en el mismo lugar donde las había encontrado.

Con la misma paciencia ha ido hablando con cada diplomático de la ONU, con la ayuda simpar del embajador portugués allí, Álvaro de Mendoça. 

Su programa de gobierno mundial no se basa en la reacción, sino en la prevención. Guterres es de atajar la herida antes de que sangre porque ahorra sufrimiento y dinero. Este prudente portugués no tiene duda alguna de que el mundo reacciona tarde —y por tanto mal— a los retos. Y como experto en el tema recordaba recientemente el desmadre de los refugiados. “Han llegado a Europa dos por cada mil habitantes, pero viendo las imágenes de televisión se dio una impresión de pánico. Esa sensación de invasión incontrolada debió ser evitada", explicaba en aquel encuentro en Lisboa con EL PAÍS y otros corresponsales extranjeros.

El político portugués rechazó dirigir la Comisión Europea y hace un año la candidatura para la presidencia de su país

Guterres siempre fue un hombre casi perfecto. “El mejor de todos nosotros”, escribió hace un mes Marcelo Rebelo de Sousa, presidente de Portugal y su amigo de siempre. “Qué bueno que haya ganado el mejor”, insistió el miércoles el presidente tras la victoria en la votación de los miembros del Consejo de Seguridad. El expresidente Jorge Sampaio alaba su “independencia, integridad y capacidad de diálogo”. Costa, el primer ministro, también repite: “integridad y competencia” en su carta a la ONU. Ni una crítica ha salido de Portugal. El Bloco, el PC y hasta Livre se inclinan ante la "integridad" de Guterres. Parece perfecto.

Acabó Bachillerato con un 18 sobre 20, y la Universidad con un 19. Creció bajo la dictadura de Salazar sin crearle problemas. Leyó a Marx, pero a la lucha le movió Juan Pablo XXIII, que arengó a los católicos a salir de las iglesias y meterse en las chabolas. En sus trabajos sociales durante las inundaciones de Lisboa, conoció a Rebelo de Sousa y ya siempre caminarían juntos, excepto en la política.

A los 27 años, Guterres fue elegido diputado por el PS y en 1992 ya era su secretario general

En los albores de la Revolución de los Claveles (1974), Rebelo de Sousa se apuntó al Partido Social Demócrata (PSD) y Guterres al socialista (PS), cada uno por el mismo motivo: pensaban que allí ayudarían más a acabar con la injusticia social.

A los 27 años, Guterres fue elegido diputado por el PS y en 1992 ya era su secretario general. Tres años después ganaba las elecciones y gobernaba el país a golpe de diálogo. En aquellos tiempos convulsos fue el primero en aguantar una legislatura con un gobierno minoritario, aunque parte del éxito era del jefe de la oposición, su amigo Rebelo de Sousa.

No fueron gobiernos para recordar los de Guterres. Como Carter o Gorbachov, era de esos políticos con mejor imagen lejos de casa que dentro. Aunque Ingeniero electrónico, le apasiona la historia y la geografía y gracias a su memoria prodigiosa es capaz de adaptar las guerras del Peloponeso a los errores cometidos hoy en Siria o Afganistán. Pero Portugal se le quedaba pequeño; nunca ha llevado bien las miserias de la política doméstica. Dimitió de todo en 2001 y retomó su pasión juvenil, el voluntariado con los desfavorecidos. Delante le paró el tren para dirigir la Comisión Europea, pero lo dejó pasar, Guterres aspiraba a otro tren, el Alto Comisario de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR), que -como ahora- logró no se sabe cómo.

Hace un año le volvió a parar otro tren, la candidatura a la presidencia de su país, y también lo dejó pasar; con el siguiente, el de la ONU, Guterres se cruzó en la vía. Su modesta presencia enmascara tanta determinación, aunque sus ojillos de pillo sí que le traicionan algo y revelan la fórmula de su éxito: no hay que tener un millón de amigos, sino cero enemigos.

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