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El poder de las mujeres contra Trump y otros líderes machistas

Los comentarios sexistas y delictivos del candidato republicano le pueden costar la elección. En todo el mundo, la movilización femenina por la igualdad se activa y obtiene frutos

Trump en un evento en Nueva Jersey el 15 de octubre.
Trump en un evento en Nueva Jersey el 15 de octubre. REUTERS

Para muchos hombres —más de los que parece, desgraciadamente— el lugar de la mujer sigue siendo la casa, la cocina, el cuidado de los hijos; los temas domésticos, en general. Es alguien que está ahí para el hombre, para apoyarle, atenderle y también para satisfacerle. Desde Donald Trump, con sus comentarios agresivos, obscenos, aberrantemente machistas y delictivos —sí, no olvidemos que el acoso es un delito— al presidente de Nigeria, Muhammadu Buhari, que hace un par de días apostilló que el lugar de su esposa era la cocina, y no la política. Ella, Aisha Buhari, había ‘osado’ hacer un comentario sobre la gestión de su Gobierno.

Quizá hace unos cuantos años, las palabras y actitudes intolerables, irrespetuosas y sexistas del candidato republicano a la Casa Blanca habrían pasado desapercibidas. Nunca lo sabremos. Pero hoy, si hay algo que está logrando desestabilizar la campaña electoral estadounidense es, precisamente, el comportamiento de Trump hacia las mujeres. Hacia la mitad del país, del electorado. Y más importante quizá, hacia su electorado y los viejos valores de su partido. Es probable que el magnate neoyorquino esté deseando ahora volver a antes de 1920, cuando las mujeres aún no podían votar en Estados Unidos. Porque denostar a la mitad de la población, hoy, le puede costar caro.

Cada vez más lejos de las cocinas y más cerca de la plaza pública, y pese a que aún se está lejos de lograr la igualdad real —pensemos en las violencias machistas, la brecha salarial, la carga de los cuidados en la figura femenina—, los ataques contra la autonomía de las mujeres tienen un precio. Está pasando en todo el mundo. En Polonia, su movilización social ha logrado frenar la reforma de la ley del aborto que prohibía totalmente esta prestación sanitaria en un país donde ya está rigurosamente limitada. Los ultraconservadores de Ley y Justicia (PiS) no han podido ignorar a las decenas de miles de mujeres que, vestidas de negro, tomaron las calles del país para reivindicar el derecho a decidir sobre su maternidad. La indignación hacia la ley –que imponía más pena a la mujer violada que aborta que a su agresor, por ejemplo— ha sido la espita para una manifestación inédita que el Gobierno teme ahora que se extienda a otros ámbitos.

Más cerca, la movilización de las organizaciones de mujeres —a las que se fueron sumando miles de hombres— también logró en España hace dos años aparcar el endurecimiento de la ley del aborto. Y no sólo eso. Además, se llevó por delante al ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, hasta entonces uno de los titulares estrella en el Ejecutivo de Mariano Rajoy.

No es algo nuevo. Durante siglos las mujeres se han enfrentado al poder establecido: tuvieron un papel activo en la toma de la Bastilla, en la revolución rusa —su manifestación pidiendo “pan y paz” fue clave—, o hace solo unas décadas, contra la dictadura argentina —como las madres y abuelas de la Plaza de Mayo—. La globalización, las redes sociales y la presencia de mujeres en todos los ámbitos han hecho estas movilizaciones y logros cada vez más visibles y conscientes. Y plurales. Porque aunque existen muchos trumps y buharis cada vez hay más hombres indignados por la situación de Polonia, los comentarios del magnate republicano, la desigualdad, las violencias machistas.

Porque agraviar, vilipendiar, ultrajar, atacar a las mujeres afecta directamente a la mitad de la población e indirectamente a todo el mundo. Atenta contra la colectividad y afecta a la calidad de nuestro sistema democrático y la convivencia.

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