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CETA

Valonia reniega del libre comercio entre despidos masivos

La huida de multinacionales eleva la desconfianza de la región belga hacia los nuevos tratados comerciales con Canadá y Estados Unidos

Entrada de la fábrica siderúrgica de Carsid en Charleroi, vacía desde 2008. Reuters-Quality

"Imagine cuántas pymes hacen falta para crear 2.000 empleos". Desde hace dos años Roger Lenoble tiene tiempo para cuidar el jardín, salir a pasear e ir de pesca. Echando la caña estaba a comienzos de septiembre en el río Semois, en pleno parque natural de Las Ardenas, cuando sonó el teléfono. Era un trabajador de Caterpillar, su antigua empresa. "Mañana nos anuncian algo. Estoy asustado", oyó decir al otro lado del auricular. Minutos después, recogía sus útiles, dejaba las truchas seguir bajo el agua y regresaba a casa. Quería estar junto a sus excompañeros de planta. Prejubilado en 2014 a los 57 años junto a otros 1.330 empleados, la historia le sonaba familiar.

Al día siguiente, el fabricante de maquinaria dio a conocer el próximo cierre de su factoría en Gosselies, en la periferia de Charleroi, que con sus 200.000 habitantes es la mayor ciudad de la región belga de Valonia. Hasta su clausura definitiva en julio, los operarios acuden cada día a su puesto en la inmensa explanada de la factoría, que ocupa 98 hectáreas. Allí los espera Lenoble para saludarlos y soltar su sentencia: "Hay pequeñas empresas que vienen a Valonia, pero eso no va a cubrir el vacío".

Las últimas estadísticas oficiales confirman su pesimismo. En medio de la caída del precio de las materias primas y la competencia salarial de otros destinos, la industria ha sido el sector que más empleos ha destruido en la región en la última década. Hay casi 9.000 trabajadores menos que entonces y la espantada ha dejado llamativos esqueletos a su paso, hoy fantasmagóricas visiones industriales: una valla verde coronada con alambre de espino impide la entrada a los altos hornos de la siderúrgica Carsid en Charleroi, un entramado de tubos y chimeneas de las que hace ocho años que no sale humo, situada a unos pocos kilómetros de la sentenciada a muerte Caterpillar. La compañía anunció su cierre temporal en 2008 y 1.000 trabajadores perdieron su empleo. Los planes para reflotarla no cuajaron. Nunca se reactivó.

Valonia tiene 3,6 millones de habitantes, el 30% de la población belga en el 55% de la superficie. El corazón industrial de Bélgica reduce el ritmo de sus latidos a la misma velocidad que avanza el hastío frente a la globalización. Los últimos sondeos muestran el ascenso imparable del PTB, el izquierdista Partido del Trabajo, que triplicaría su porcentaje de votos hasta situarse como tercera fuerza valona con el 16% de los sufragios. La formación se ha valido de un potente discurso contra los tratados de libre comercio que la UE negocia con Canadá y Estados Unidos para ganar espacio al Partido Socialista.

Magnette, protagonista

"No sé si Magnette hubiera actuado igual si la oposición de izquierda no hubiera crecido tanto", deja caer Alain Pelgrims, delegado sindical de ArcelorMittal, líder siderúrgico mundial pero con una menguante presencia en Valonia tras la supresión de 1.300 empleos en 2013. El líder socialista, Paul Magnette, ahora célebre por su férrea oposición al acuerdo con Canadá por su falta de garantías frente al poder de las multinacionales, lleva años viendo los candados cerrarse sobre las rejas de las fábricas. Muchas de ellas han recibido millonarios subsidios públicos, como es el caso de Caterpillar, a la que Magnette acusó tras su marcha de tener un comportamiento propio del hampa.

El extrabajador Roger Lenoble ante la fábrica de Caterpillar en Gosselies (Charleroi).
El extrabajador Roger Lenoble ante la fábrica de Caterpillar en Gosselies (Charleroi).

El líder valón no es, sin embargo, un advenedizo de la retórica antiglobalización. Sus posiciones, situadas a la izquierda de la socialdemocracia europea, más críticas frente al liberalismo y el laissez faire a las multinacionales, son conocidas por libros como La izquierda no ha muerto, en el que reclama una vuelta a las grandes ideas con el reparto más equitativo de la riqueza como eje central. La dura batalla que ha planteado contra las presiones de Bruselas para firmar el CETA ha sido recibida por los trabajadores de la industria como una pequeña victoria frente al poder económico. “Estamos orgullosos de ser valones”, pregonan ante el inusitado protagonismo mundial de su región.

Para sus habitantes, una Valonia sin industria parece tan inconcebible como un París sin turistas o una Alemania sin ingenieros. Así lo percibe también Roger Lenoble, que pasó 37 años convirtiendo cilindros de metal en engranajes para Caterpillar y ahora devuelve al río las truchas pequeñas que muerden su anzuelo. Las grandes tienen otro destino. “Estoy orgulloso de anunciar que mantenemos el dividendo. Nuestro balance sigue dando señales de fortaleza gracias a la mejora de la estructura de costes”, anunció el consejero delegado de Caterpillar hace 10 días.

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