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ANÁLISIS

Donald Trump: contando votos

El Partido Republicano ha sido capaz de romper el supuesto muro azul demócrata en las zonas rurales y semiurbanas dentro de Estados de tradición industrial perdida

Votantes de Trump en Pensilvania, antes de las elecciones. AFP

Cualquier análisis sobre cómo y por qué Donald Trump le ha ganado la mano a Hillary Clinton debe comenzar por reconocer un hecho: en Estados Unidos aún faltan por contar votos. Las conclusiones son necesariamente provisionales. La mayoría de recuentos lentos son en zonas demócratas, Estados que no iban a ser decisivos. Al menos ya sabemos bastante de aquellos que sí lo fueron, particularmente Michigan, Wisconsin y Pensilvania.

Todos ellos fueron ganados por el demócrata Barack Obama en el pasado, y el martes los márgenes de victoria republicana fueron escasos, de menos de 70.000 votos. Fue ahí, en todo el noreste no urbano y en el Midwest, donde Trump sacó la mayor ventaja frente a los de Mitt Romney de 2012. En el resto del país, los resultados se parecen bastante a lo que los republicanos venían obteniendo en los últimos años. Esto apunta a la idea de que estas elecciones no han supuesto un cambio radical en la coalición del partido, sino que han conseguido sumar algunos elementos a la misma: los suficientes como para darles la victoria.

Estos nuevos llegados clave son, al parecer, miembros de la clase trabajadora blanca que habitan en las regiones arriba descritas, alejados de los mayores núcleos urbanos. De hecho, mientras Clinton vencía en un 85% de los condados que contienen las mayores áreas metropolitanas del país, no sacó más del 25% en los suburbios, ciudades medias y pequeñas, y menos del 10% en las zonas puramente rurales. En estas partes del país, parece que Trump mejoró a Romney específicamente gracias al voto de hombres y mujeres de raza blanca sin titulación universitaria: a pesar de que subestimaron a Trump, las encuestas preelectorales le daban alrededor de 17 puntos más en este colectivo de lo que los republicanos obtuvieron en 2012.

Es pronto para saber si se trata de personas que provenían mayoritariamente de la abstención o si, por el contrario, son antiguos votantes de Obama. Será, seguramente, una mezcla de ambos. Pero la imagen que emerge es la de un Partido Republicano que ha sido capaz de romper el supuesto muro azul demócrata en las zonas rurales y semiurbanas dentro de Estados de tradición industrial perdida. No cambiando radicalmente el mapa electoral, pero sí lo suficiente como para darle la vuelta a los resultados.

Se mezclan en todo esto factores de orden cultural, racial y económico que son difíciles de discernir sin un análisis mucho más profundo. Pero el resultado es claro: Trump no hizo nada que los demócratas no pudiesen haber evitado. Pues ya lo hicieron en 2008 y 2012. Al final, parece que el rival perfecto para Donald no era otro que el Barack del pasado.