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COLUMNA

Esta no es la primavera

Este es el capítulo más incierto en la historia norteamericana

La reiterada tesis del desencanto con la política tradicional cuya credibilidad está erosionada por décadas de corrupción no es la única explicación para entender el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos.

Tampoco es suficiente para comprender la manera en que adquieren creciente favorabilidad figuras como el presidente filipino Rodrigo Duterte, a quien llaman El Castigador, y cuenta con la aprobación de casi el 80 por ciento de la población a pesar de las ejecuciones extrajudiciales de drogadictos. Ni la leyenda entorno al presidente ruso Vladimir Putin, ni la manera como se sostiene en el poder vía demagogia y populismo Nicolás Maduro en el caso de Venezuela.

¿Por qué los ciudadanos eligen a quienes representan precisamente lo contrario a lo que dicen rechazar?

¿Por qué los ciudadanos eligen a quienes representan precisamente lo contrario a lo que dicen rechazar? Si la decepción del electorado, del ciudadano es con la clase dirigente que ha sido incapaz de proveer empleo, seguridad y tantas otras necesidades mínimas, ¿es coherente votar por Trump como esperanza de transparencia y equidad?

Claramente las últimas ediciones de las revistas The Economist y Time lo han entendido, después de una de las campañas más sucias en la historia, Estados Unidos no votó por un cambio de partido sino por un cambio de régimen. Ojalá se equivoque Enrique Krauze y no esté en riesgo la supervivencia de la democracia porque Trump quiera convertirse en el primer dictador de la nación del Norte.

Es cierto que este outsider resultaba más prometedor que Hillary Clinton, salido de lo políticamente correcto para la ruralidad norteamericana carente de movilidad social, con ingresos que en vez de mejorar decrecen. Si se tratara de votar en contra de la élite y el establecimiento, en Estados Unidos, alguien como Bernie Sanders tendría esa coherencia. Lástima que salió del juego y los demócratas no lograron rescatarlo y volverlo creíble al lado de su candidata.

Estados Unidos no votó por un cambio de partido sino por un cambio de régimen

Existe el hastío, por demás justificado, que inspiraron las primaveras en el mundo árabe en 2010 y en las que cayeron los dictadores de Túnez y Egipto visibilizando un descontento popular y una sociedad capaz de protestar y exigir. Pero eso es una cosa y otra muy distinta es el racismo, la xenofobia, la misoginia y el abuso sexual. Eso es el lado oscuro que ya está documentado en las peores épocas de los nazis. Y en las mismas que denuncian los Black Lives Matter de ahora. Y lo más grave es que en Europa, Hungría, Eslovaquia, Polonia, caminan en la misma vía.

Lo que ha ocurrido en la elección norteamericana está mostrando que más que un voto rechazo se trata de un voto de odio, de rabia por el otro, de intolerancia que saben canalizar los demagogos sin medir los riesgos enormes de arañar en el fondo de las miserias de los hombres con las redes y las plataformas tecnológicas a su servicio.

Lo que ha ocurrido en la elección norteamericana está mostrando que más que un voto rechazo se trata de un voto de odio, de rabia por el otro

Esos espacios que nacieron garantizando la democratización de la información y la expresión hoy son escenarios donde la violencia se reproduce como comportamiento aceptable y se llena de seguidores.

En muchos de los recientes procesos electorales donde triunfan outsiders y en otros como en Colombia, hay un común denominador, la presencia de los grupos ultraderechistas y activistas contra el aborto y contra los derechos de las minorías que hacen parte de esa masa oscura que se esconde o miente en las ya suficientemente fracasadas encuestas. Según el Pew Research Center, ocho de cada diez evangélicos votaron por Trump.

Pero no son los únicos, en estas votaciones hubo grupos muy diversos según algunos medios norteamericanos como USA Today, el 43 por ciento de votantes con títulos universitarios y un porcentaje nada despreciable de los latinos (29 por ciento) y no pocas mujeres eligieron a Trump.

Otro elemento que vale la pena analizar es que en casi todos los procesos electorales, las instituciones llamadas a mantener la independencia como el FBI en Estados Unidos o la Fiscalía y Procuraduría colombianas se volvieron jugadores políticos. Y como si fuera poco, ahora Trump tiene en sus manos la capacidad de nombrar el reemplazo del fallecido juez Antonin Scalia en la Corte Suprema. Riesgo para libertades.

No quiero por ahora entrar en valoraciones sobre el gobierno que hará Trump, la América grande que ha prometido de pronto resulta para esa clase trabajadora blanca, escasamente estudiada. Ya habrá tiempo para analizar si se cumplen sus temerosas propuestas de construir muros donde fueron tiempo atrás derrumbados por la solidaridad y el privilegio a las leyes como mecanismo para castigar a quien las incumple sin necesidad de torturas o cadenas.

Según algunos analistas, la campaña de Trump vendió el miedo pero el electo presidente no desatará la carrera nuclear ni bloqueará nuevamente a Cuba ni acabará con el Nafta ni le declarará la guerra comercial a China. Que todo lo temerario era una estrategia y estamos ante un líder, no es para mí al menos algo que pueda imaginar posible. Creo que este es el capítulo más incierto en la historia norteamericana.

Es necesario analizar otros factores, entre ellos, los medios de comunicación y la educación que están recibiendo los habitantes para saber por qué un discurso racista y misógino termina triunfando. ¿Estamos los medios de comunicación subvalorando la influencia de un reality?, ¿no será que en ese espejo en donde los ciudadanos se miran, es como desearían que funcione su vida? A fuerza de repetir en cada noticiero las mentiras de uno sobre otro nos volvemos incapaces de generar la compresión sobre los que es cierto o falso.

Creo que esta estación no es la primavera, es un invierno resbaloso que nos habla de algo más profundo y es la educación, la exacerbación de nuestra condición inhumana.

* Diana Calderón es directora de informativos y de @hora20 de Caracol Radio Colombia. Twitter @dianacalderonf