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ANÁLISIS

El miedo al triunfo de Le Pen es infundado

Estados Unidos no se parece a Francia, y mucho menos sus partidos y sistemas electorales

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La presidenta del Frente Nacional (FN) Marine Le Pen llega a una convención, este martes en París. AFP

El mundo contempla en vilo el avance sin freno del ultraderechista Frente Nacional (FN), crecido tras los triunfos del Brexit y de Donald Trump. Sin embargo, es prácticamente imposible que el siguiente paso de la internacional populista sea la ocupación del Elíseo por Marine Le Pen en las presidenciales de primavera.

La historia del FN, la estructura de los partidos franceses y, sobre todo, el actual sistema electoral a dos vueltas son hoy barreras infranqueables para que Le Pen sea presidenta, pese a que su partido es el más votado. Ya lo fue en las regionales de hace un año. En seis regiones, se acercó a la mayoría absoluta. Pues bien, los ultras no tienen el Gobierno de ninguna de las 13 regiones. ¿Por qué? Porque los partidos tradicionales unieron fuerzas en la segunda vuelta para bloquear a los xenófobos.

Por la misma razón, la líder de los ultras ni siquiera consiguió en 2012 ser diputada por su feudo de Calais pese a que recogió el 42,3% de votos de los sufragios en la primera vuelta.

Y es que el francés es un sistema muy poco proporcional, con graves carencias democráticas. Por eso, el FN solo tiene dos diputados en la Asamblea Nacional. Las únicas elecciones con sistema proporcional son las europeas. Resultado: el FN es el que más eurodiputados tiene (24), seguido de los conservadores (20).

El FN es el partido más votado, pero el sistema electoral no proporcional distorsiona la representación

Otra diferencia con Estados Unidos. La Casa Blanca está ocupada elección tras elección por el candidato de los Republicanos o el de los Demócratas, las dos opciones clásicas. La conservadora recauda votos del centro, la derecha y los confines del supremacismo y el negacionismo.

En Francia, en cambio, el FN sigue siendo un partido outsider. El más votado, pero outsider. Su líder hasta 2011, el viejo Jean-Marie Le Pen, utilizó los votos durante medio siglo con el solo propósito de jugar a la contra, de ser antisistema. Su hija ha dado un vuelco a la estrategia: quiere el poder. Entre los jóvenes, los obreros o las zonas oprimidas, es la fuerza líder emergente. Sobre todo porque sigue practicando un discurso antisistema, pero acomodado a los nuevos tiempos: antiglobalización, antieuropeísta, anticasta... Y xenófobo como siempre.

Pero en Francia existe la derecha tradicional, la ortodoxa, el verdadero muro de contención ante la ultraderecha. Por eso, lo que va a ocurrir está muy alejado de lo que muchos temen fuera de Francia. Le Pen ganará probablemente la primera vuelta el próximo abril, seguida del candidato de la derecha, el partido de Los Republicanos. Y en la segunda, votantes del centro, la izquierda y hasta la izquierda radical apoyarán al dirigente conservador para bloquear a Le Pen.

El historiador y analista Benoît Pellistrandi explica bien lo que ocurre: “En la primera vuelta, los franceses eligen a su candidato pero, en la segunda, eligen a su presidente, que es muy distinto”.

Francia está obligada a cambiar su sistema electoral para que su Parlamento se parezca más a la calle. Ese será el objetivo de Le Pen después de 2017. Cuando lo consiga, si lo consigue, su partido tendrá más opciones de tocar poder. Para entonces, una eternidad en política, el mundo será otro. Es lo que ella pretende. “El mundo no se hunde; se hunde el de ellos”. El del sistema, el que ahora le impide ser la inquilina del Elíseo.