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OPINIÓN

Trumpología

La personalidad del nuevo presidente será determinante en la política exterior de Estados Unidos

El presidente electo Donald Trump, durante una entrtevista en 'The New York Times', este martes. Ampliar foto
El presidente electo Donald Trump, durante una entrtevista en 'The New York Times', este martes. AP

Donald Trump está en todas partes. Nada de lo que sucede en el mundo es ajeno a la incerteza que acompaña a este nombre. Hizo una campaña infame. Tiene un programa para sus primeros cien días extremadamente inquietante, que oblitera 70 años de liderazgo y responsabilidad de Estados Unidos en la marcha del planeta. Sus nombramientos dibujan lo más próximo que se haya visto a un Gobierno de extrema derecha, blanco y supremacista. Su idea del poder es personalista y nepotista, sin capacidad para distinguir intereses públicos de los privados. Pero el punto más desestabilizador es su personalidad. Quienes le conocen y le han sufrido le retratan como un ser ególatra y narcisista, tan sensible al halago como susceptible ante el insulto, que todo lo juzga en función de su interés y beneficio.

Según Jeremy Shapiro, ex alto funcionario del Departamento de Estado y actual director de investigación del think tank ECFR (European Center on Foreign Relations) su personalidad será determinante en la política exterior, un territorio en el que el presidente termina arbitrando entre los distintos grupos de poder que controlan los resortes de Washington. Ha sucedido con anteriores presidentes poco preparados en política exterior, como era Bush hijo, y terminará sucediendo con Trump. Para entender la política exterior estadounidense a partir de ahora habrá que convertir a su personalidad, su carácter, su temperamento y sus comportamientos en objeto de estudio.

Sabemos poco o nada de sus ideas sobre el mundo, probablemente porque son pocas o nulas, pero algo sabemos sobre su personalidad. Es muy corta su visión en tres ámbitos cruciales para el presidente de la primera potencia mundial: la historia, la globalidad y la moral. En la primera solo ve anécdota e ilustración, pero no responsabilidad ni memoria compartida; fruto de su escasa visión hacia el pasado es una idéntica miopía hacia el futuro: acompaña su enorme sentido táctico y oportunista con un nulo sentido estratégico.

La globalidad es para Trump el mapa donde se despliegan inversiones e intereses, pero en ningún caso un espacio de interdependencias donde buscar historias y valores compartidos para asentar alianzas. Y, finalmente, la moral es la regla de uno, él mismo, que se construye a su propia conveniencia por encima de la regla y la moral de todos. Esta ceguera es acorde con su personalidad, concentrada en el interés inmediato respecto a su tiempo, su ámbito y su regla particular de juego. Responde al tema de la canción de moda de Justin Bieber Go and love yourself, según Ivan Krastev en su artículo Donald Trump y la doctrina Bieber, en The New York Times.

Este presidente es un modelo del mundo voluble e instantáneo, individualista y amoral que nos amenaza. El martes por la mañana convocaba a la prensa para denigrarla y al cabo de unas horas se reunía con la cúpula de The New York Times para rectificar y elogiarla. Su actividad nocturna en Twitter, cuando se dedica a vengarse de sus enemigos, es buen ejemplo de esta personalidad que determinará la política exterior de la primera superpotencia. Aunque no tiene sentido histórico, mantiene una memoria larga y rencorosa.