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La capitulación de François Hollande

Nunca, desde 1958, se ha visto un presidente con tan poco apoyo por parte de la soberanía popular

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El presidente francés, François Hollande, abandonando el escenario tras pronunciar un discurso, el pasado octubre en París. EFE

Es demasiado temprano para hacer un balance objetivo de la presidencia de François Hollande. De momento, él lo hace a su modo: no se presentará en las próximas presidenciales, lo cual es una confesión áspera de su fracaso. Nunca, desde 1958, se ha visto un presidente con tan poco apoyo por parte de la soberanía popular, y no solo eso, sino que durante estos dos últimos años, una suerte de desprecio se difundió tanto en el pueblo como en las arcanas del poder hacia un hombre que tenía todo, absolutamente todo, para tener éxito.

Muy listo, dotado de un sentido del humor que le hubiera podido asegurar una gran carrera en el show business, sabiendo seducir sus colaboradores y sus enemigos cuando es necesario, buen técnico de la economía financiera y orador bastante agradable, François Hollande consiguió el poder después del fracaso de Nicolas Sarkozy; es decir, de un hombre que había sido detestado por sus métodos de gobierno arrogantes, su incultura, sus modales a la Berlusconi, su inconsistencia a la hora de vestir el traje de la presidencia de la República francesa, de la cual sabemos que es como una monarquía inconfesable. Dicho de otro modo: los franceses buscaban alguien serio después de Sarkozy, creíble, capaz de insuflar orgullo y respeto a la función presidencial. François Hollande no era el candidato previsto, sino Dominique Strauss Kahn, quien se hundió en sus hazañas eróticas a los dos lados del Atlántico.

Hollande se presentó en las primarias, y ganó en 2012 porque frente a él no había una gran competencia: Martine Aubry, la hija de Jacques Delors, dirigía el partido y la verdad es que no hizo mucho para ganar; Segolène Royal quiso repetir su aventura de 2008 pero los militantes del partido consideraron que una vez bastaba. El resto eran jóvenes sin gran experiencia, que se habían presentado en las primarias para, como se dice en francés, “tomar fecha” más que para ganar. Hollande venció a Sarkozy, teniendo delante de él un bulevar. ¿Porque fracasó?

Se puede recalcar mil razones, pero lo cierto es que tan solo unos meses después de su llegada ocurrió un desfase abismal con la opinión pública. El hombre fue elegido con un programa, pero desde el principio gobernó con un programa radicalmente contrario. Su primer primero ministro, Ayrault, era más un secretario obediente que un político con personalidad. Empezó entonces un círculo infernal para Hollande: perdía sin esperanza todas las elecciones intermedias (municipales, regionales , cantonales; europeas, senatoriales). Su única decisión verdaderamente coherente fue nombrar a Manuel Valls como primer ministro, es decir reconocer que éste había tenido toda la razón contra él cuando se celebraron las primarias. Valls se portó lealmente, aplicó la nueva política del presidente, que era también suya. El misterio del fracaso de Hollande puede precisamente estribar en este cambio: no tenía programa, no creía en sus propias propuestas de campaña, y nunca supo explicar al pueblo porque había cambiado de política. El sentimiento dominante ahora es terrible: un gasto de tiempo doloroso para el país (¡5 años!) y un alivio (¡por fin se va!). La política no perdona.

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