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El Gobierno de Donald Trump: entre los generales y los ideólogos

El presidente electo configura un gabinete con militares de alto rango, conservadores ortodoxos y empresarios multimillonarios. Todavía falta el secretario de Estado

Cuando a principios de 1961 Lyndon B. Johnson asistió, como vicepresidente, a la primera reunión del gabinete del presidente John F. Kennedy, salió acomplejado. Kennedy había seleccionado a los mejores y los más inteligentes, the best and the brightest, en inglés, un equipo de académicos brillantes y empresarios de éxito.

Donald Trump
Donald Trump AP

Johnson se lo contó a su mentor, el caudillo del Congreso Sam Rayburn, y este le respondió: “Mira, Lyndon, quizá sean tan inteligentes como dices, pero me sentiría más tranquilo si solo uno de ellos hubiese sido candidato para sheriff alguna vez”. La anécdota, relatada por el periodista David Halberstam en el clásico The best and the brightest, es un aviso sobre los peligros de un Gobierno sin personas experimentadas en la política de base.

Quizá hoy, si viesen el gabinete de Donald Trump, la alarma de Rayburn y Johnson tendría otro motivo. No es sólo la falta de experiencia política de algunos de los cargos nombrados, sino que la abundancia de generales y multimillonarios convertirá a la Administración Trump en un Gobierno atípico en la historia de EE UU.

Lo menos sorprendente son algunos nombramientos que en otras administraciones habrían causado escándalo, pero no en la de Trump. Por ejemplo, el de Scott Pruitt, fiscal general de Oklahoma, como administrador de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA en sus siglas inglesas). Pruitt es un destacado escéptico ante los efectos del cambio climático, aceptados por la inmensa mayoría de científicos, y ha denunciado la “agenda activista” de la EPA y las regulaciones para reducir las emisiones contaminantes adoptadas por la EPA con Obama. Se dice que su designación es como meter al lobo en el gallinero, pero Pruitt podría haber sido nombrado por cualquier otro presidente republicano. No es específicamente trumpiano, como tampoco lo es el nombramiento de Tom Price, un congresista que quiere revocar la reforma sanitaria de Obama, al frente del Departamento de Salud. O el de Andrew Puzder, un empresario del fast food contrario al aumento del salario mínimo, al frente del Departamento de Empleo. O el de Betsy DeVos, activista en favor de las ayudas a las escuelas privadas, como secretaria de Educación. O el del senador de Alabama Jeff Sessions, un halcón en inmigración y acusado de declaraciones racistas, como fiscal general, o ministro de Justicia.

La otra paradoja es que una de las decisiones más chocantes —colocar a tres generales en puestos clave de la arquitectura de la seguridad nacional— a la vez recae en personalidades que no en todos los casos son inquietantes. A veces al contrario.

La elección del general retirado de los Marines James Mattis como secretario de Defensa, y la de otro marine retirado, el general John Kelly, al frente del Departamento de Seguridad Interior, han merecido elogios del establishment de la seguridad nacional. Mattis y Kelly son generales experimentados tanto en el combate como en los pasillos de la política, y ambos ostentaron posiciones relevantes con la Administración Obama. Caso distinto es el de Michael Flynn, el futuro consejero de seguridad nacional. El general Flynn, al contrario que Mattis y Kelly, pertenece al círculo próximo de Trump, y ha sido uno de los propagadores de las teorías conspirativas más descabelladas.

La predilección de Trump por los generales puede explicarse por la necesidad de buscar legitimidad. El estamento militar, despreciado durante la campaña, disfruta de una popularidad enorme en EE UU.

Poder civil

No es la primera vez que un general ocupa cargos de peso. Ha habido presidentes generales (como George Washington, Ulysses Grant y Dwight Eisenhower), secretarios de Estado (Alexander Haig o Colin Powell) y consejeros de seguridad nacional (Brent Scowcroft o James Jones). Pero la sobreabundancia en esta Administración pone en riesgo la preeminencia del poder civil sobre el militar. Esto es especialmente sensible en el Pentágono, donde se ha intentado evitar que un uniformado mande a los uniformados. El primero y último fue George Marshall, nombrado en 1950. El Congreso deberá adoptar una exención para que Mattis ocupe el cargo.

Los militares nombrados serán probablemente los más experimentados del gabinete con más multimillonarios de la historia reciente, según cálculos de The Washington Post. El Post mencionaba hace unos días que la primera administración de George W. Bush causó revuelo porque sus miembros tenían un patrimonio conjunto de 250 millones de dólares. Lo que es una décima parte de la fortuna del futuro secretario de Comercio, Wilbur Ross. La Administración de Trump tiene dos personas con más de mil millones y varios multimillonarios. No es poco para un presidente que hizo campaña como tribuno populista de la clase obrera.

La ventaja del magnate es que algunas de las personas más excéntricas y radicales no requieren la confirmación en el Senado. Queda pendiente el nombramiento del secretario de Estado, cuyo proceso de elección Trump ha convertido en un reality show, como el que él presentó durante años.

Al final, el gabinete reflejará quién es Trump: un millonario y un excéntrico, un político inexperto que se apoyó en las corrientes más extremas del espectro ideológico. Lo más atípico de la Administración Trump será Trump.

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