Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

“Estamos frente a una explosión de patanería”

El Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2009 analiza el escándalo de la muñeca hinchable que un grupo de empresarios le regaló al ministro de Economía

Para uno de los intelectuales más reconocidos y respetados en Chile, Agustín Squella, la muñeca hinchable que un grupo de empresarios le regaló al ministro de Economía, Luis Felipe Céspedes, desvela el machismo, sexismo y consideración de la mujer como objeto de placer que se tiene en su país. 

Pregunta. ¿Qué revela de Chile este episodio?

Respuesta. Bueno, no es Chile el que hizo el regalo, sino un grupo determinado de personas. Con todo, hace ya rato que estamos sufriendo un fenómeno cada vez más generalizado y que también se aprecia en otros países: la rampante patanería. Estamos frente a una explosión de patanería, de una metástasis incontrolada de la grosería del habla y de la zafiedad de las conductas, y eso en las redes sociales, en la televisión, en la política, en los cafés, en los restaurantes, en los vagones del Metro, en la cabina de los aviones, incluso, de pronto, en las aulas universitarias.

P. En el grupo habían dos candidatos a la presidencia que se limitaron a condenar, aunque no pidieron excusas.

R. Deben haber creído que estaban en una despedida de soltero y no les funcionaron las defensas. Y si lo ahora lo condenan, es probable que lo hagan porque se supo. Si nada hubiera trascendido, lo más seguro es que ellos, o cualquiera de los presentes, lo hubieran comentado más tarde como una gracia.

P. Considerando la agenda de género que ha intentado instalar este Gobierno y el cargo que la propia Bachelet tuvo en la ONU Mujeres, ¿debería pedirse la renuncia al ministro?

R. Usted sabe que en Chile nadie renuncia y que tampoco es frecuente que se la pidan. Aquí hace ya rato que cambiamos "renuncia" por el eufemismo de "dar un paso al costado". Los delitos dejaron también de ser tales, especialmente cuando son cometidos por políticos o empresarios, y pasaron a ser simples "faltas", mientras que las faltas pasaron a su vez a ser meras "desprolijidades". Los viejos estándares están en crisis y a nadie parece importarle mucho ese bien en que consisten el prestigio y el reconocimiento.

P. ¿Este nivel de indignación se habría visto años atrás en una temática como está?

R. Para nada. En asuntos como este, la sensibilidad es hoy mucho mayor, y eso resulta alentador. Pero no descarte que muchos de los que se declaran indignados con la muñeca inflable que le regalaron a un ministro de Estado estén ahora mismo averiguando dónde las venden. No olvidemos que también somos campeones de la doble moral, de la hipocresía que consiste en aplicar a otros los estándares morales que rehusamos aplicar a nosotros mismos.

P. ¿El machismo cruza a todos los sectores y a hombres y mujeres en Chile?

R. Machismo, sí, sexismo sí, consideración de la mujer como objeto de placer, desde luego, no confesada pulsión masturbatoria, por cierto: todo eso hay en el episodio ministerial de la muñeca inflable. Pero insisto en el papel que en este tipo de conductas está jugando la vulgaridad, la pura y simple vulgaridad, una enfermedad personal y social que parece menor respecto de las que acabo de señalar, pero que está resultando muy expansiva, muy insidiosa, muy crónica, muy fecunda en síntomas de todo tipo, y para la cual no existen médicos tratantes.

En estos días he estado leyendo acerca del utilitarismo del filósofo liberal John Stuart Mill. Como buen utilitarista, Mill colocó a la felicidad como objetivo de la vida humana y al placer como camino hacia ella, pero se dio tiempo también para decir que no todos los placeres tienen la misma jerarquía y que hay algunos los de tipo intelectual y espiritual— que son superiores a los puramente corporales.

Por defender el placer, Mill fue combatido en su tiempo —la época Victoriana, y por jerarquizar los placeres habría sido combatido también hoy. De hedonista lo acusaron sus contemporáneos y hoy lo motejaríamos de elitista. Vamos a decir que no soy enemigo del desmadre. Es más: lo busco. A disfrutar algo de eso voy a los estadios y a las carreras de caballos. Pero la cuestión está en los límites, una palabra que a todos nos molesta pero que no es conveniente perder nunca de vista.

Más información