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COLUMNA

El voto de la ONU

Obama se despide permitiendo una resolución contra las colonias israelíes antes de que llegue Trump

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El presidente de EE UU, Barack Obama, con el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu en el funeral de Simon Peres en septiembre, en Jerusalén. AP

Obama se ha despedido con lo que no se atrevió a hacer durante su mandato. Expresar su apoyo a la creación de un Estado palestino con la abstención en el Consejo de Seguridad, que permitió la condena de Israel por la incesante colonización de los territorios ocupados. Una lógica primaria llevaría a considerarlo un gesto, apenas un brindis al sol; así como que el primer ministro Benjamín Netanyahu, aparte de agarrarse un enfado monumental con los que osaron, sobre todo con Washington, se sabía que iba a hacer caso omiso de la opinión mundial. Pero hay flecos que cuelgan del voto del Consejo.

El más significativo puede ser un cierto respaldo del BDS, la campaña iniciada el 9 de julio de 2005, que propugna el Boicot, la Desinversión y las Sanciones contra Israel: el aislamiento total, aun a sabiendas de que ese es un objetivo inalcanzable. Y, por añadidura, el voto se proyecta sobre la pretensión, tantas veces anunciada, de convertir a Israel en un Estado Judío, en el que la minoría palestino-israelí solo tendría derechos individuales y no como pueblo. Más dudoso es que el voto dé una cierta caución para llevar a Israel ante organismos de justicia internacionales.

Pero Netanyahu es un excepcional maniobrero de la política y ha logrado convencer a la comunidad Internacional de que existe una derecha más extrema que él mismo; la que representa Naftali Bennett, jefe de Casa Judía (Jewish Home), que sostiene que hay que rechazar la teoría de los dos Estados, palestino e israelí, codo con codo en el reparto territorial de Tierra Santa, para formar ese Estado solo para judíos, mientras que Netanyahu, con una puntualidad de metrónomo, se declara partidario de la solución binacional del conflicto. Pero ocurre que todo lo que hace niega la mayor.

Es absolutamente incompatible proseguir la instalación de nuevas colonias en Cisjordania y Jerusalén Este —la antigua ciudad árabe— con la formación de ese Estado palestino, donde ya viven y subiendo más de 600.000 judíos. Como las lenguas sirven para designar lo que nos convenga, ese protoestado podría ser un bantustán, concienzudamente desarmado, con sus fronteras permanentemente vigiladas, tanto como su espacio aéreo y aguas territoriales. Un país de realquilados.

El presidente norteamericano puede haberse dado el gustazo de obrar de acuerdo con sus sentimientos, máxime después de haber firmado con Israel el mayor paquete de ayuda militar de la historia por valor de 38.000 millones de dólares. Pero el conflicto está hoy posiblemente a punto incluso de empeorar con la próxima asunción presidencial de Donald Trump, que asegura que quiere trasladar su embajada de Tel Aviv a Jerusalén, contrariamente a los usos de toda la comunidad internacional, lo que implicaría el reconocimiento de la anexión de la Jerusalén árabe, formalidad que Israel ya anunció en su día.

El BDS puede hacer las cosas algo más abruptas para el Estado sionista, ganar en reconocimiento internacional los partidarios de la causa palestina, pero el conflicto resiste todo lo que le echen.