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Un naufragio histórico en tierra de árabes y judíos

Los buenos propósitos para Oriente Próximo de Obama desembocan en un pozo de amargura y resentimiento. EE UU ha perdido todos sus envites frente a Netanyahu, salvo el acuerdo nuclear con Irán

Encuentro de Netanyahu (izquierda) y Obama en Nueva York, el pasado mes de septiembre.
Encuentro de Netanyahu (izquierda) y Obama en Nueva York, el pasado mes de septiembre.

La historia no podía terminar peor. Obama llegó a la Casa Blanca con el propósito de conseguir la paz entre israelíes y palestinos. En abierta ruptura con su antecesor George W. Bush, quiso inaugurar una nueva etapa en las relaciones de EE UU con los países árabes, e incluso con el mundo islámico. Retirarse de Irak y Afganistán, neutralizar el programa nuclear de Irán y conseguir el acuerdo para la creación del Estado Palestino en Cisjordania y Gaza, en paz y seguridad con Israel. Estos eran sus ambiciosos proyectos el 20 de enero de 2009, el día de la toma de posesión, cuando la franja de Gaza todavía estaba llena de humo y cadáveres tras los 20 días de bombardeos e invasión de las tropas israelíes.

A las ocho años justos, Obama solo ha conseguido uno de sus objetivos, el acuerdo nuclear con Irán, que congela el programa militar atómico del país persa a cambio del levantamiento de las sanciones internacionales, y lo ha hecho a pesar de la oposición de Israel, que prefería bombardear en vez de negociar. Del resto solo quedan sus numerosos y bellos discursos, que no consiguieron convertirse en hechos, y el resentimiento por los fracasos cosechados, expresado crudamente en los reproches mutuos entre el todavía secretario de Estado John Kerry y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. En unos y otros discursos, los ilusionados del principio y los decepcionados de ahora, el argumento central es el mismo, el estatuto de los colonos israelíes en los territorios palestinos ocupados por Israel tras la guerra de los Seis Días, de la que ahora se cumplirán 50 años.

Obama se encontró con un rompecabezas que todos sus antecesores han conocido. Los palestinos no quieren negociar si no se congela la construcción de nuevos asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este y los israelíes no quieren negociar si como condición previa se les obliga a paralizar los nuevos asentamientos. Los argumentos palestinos quedan bien reflejados en el argumento del historiador israelí Ari Shavit: ¿tiene sentido negociar cómo dividimos una pizza entre dos si uno de los dos sigue comiéndose la pizza mientras negocia? El argumento israelí, esgrimido repetidamente por Netanyahu, es que los israelíes han construido en Jerusalén y en territorio israelí desde hace 3.000 años y no dejarán de hacerlo ahora.

Desde que empezó el proceso de Oslo en 1993, casi medio millón de colonos se han instalado en los territorios no reconocidos internacionalmente como israelíes de Cisjordania y Jerusalén Este. Desde que llegó Obama a la Casa Blanca, la cifra se ha incrementado en 115.000. Israel ha aprovechado el proceso de paz para levantar nuevos asentamientos, con gobiernos laboristas y con gobiernos derechistas, y ha utilizado la construcción de nuevas colonias como respuesta a los ataques terroristas o a la exigencias de la comunidad internacional. El diario The New York Times ha explicado en un editorial reciente y en una sola frase en qué consiste la política de Israel respecto a los territorios: “Cuando el mundo calla, Israel puede construir colonias; cuando el mundo se opone, Israel debe construir colonias”.

El fracaso de Obama no es de ahora. Su ventana de oportunidad terminó pronto, en noviembre de 2010, cuando los demócratas perdieron la mayoría del Congreso. En los dos primeros años de presidencia echó toda la carne en el asador, pero no pudo con Bibi Netanyahu, el primer ministro más derechista de la historia israelí, que recuperó su despacho de rey de Israel en marzo de 2009, apenas dos meses después de la inauguración presidencial. Netanyahu llegó a proclamar una congelación de diez meses de las nuevas construcciones que no sirvió para nada: no incluía las construcciones en Jerusalén, tampoco las que ya estaban en marcha, y ni siquiera las nuevas construcciones en Cisjordania de edificios de uso público, como escuelas, guarderías u oficinas del Gobierno.

Trump no defiende la fórmula de los dos Estados, tampoco se opone a las nuevas colonias y quiere que Jerusalén sea la capital de Israel

Un brillante equipo diplomático presidió aquel primer naufragio. George Mitchell, el veterano de la paz en Irlanda, fue el enviado especial, a las órdenes de Hillary Clinton, la secretaria de Estado de simpatías pro-israelíes. No hubo nada que hacer. Todo fueron desplantes de una y de otra parte. El vicepresidente Joe Biden fue recibido en Israel con el anuncio de nuevos asentamientos. Obama se fue a cenar con su familia en vez de hacerlo con Netanyahu en el primer viaje oficial a Washington. Un Netanyahu vengativo se hizo recibir y aplaudir por el Congreso a espaldas de la Casa Blanca.

A pesar de todo, Obama nunca ha abandonado a Israel. Apoyó la actuación israelí en la franja de Gaza, vetó el reconocimiento del Estado Palestino en el Consejo de Seguridad en 2011 y aprobó el mayor plan de ayuda militar de la historia. De no ser por la abstención en el Consejo de Seguridad ante la resolución de condena de las colonias en territorio ocupado el pasado 27 de diciembre, Obama hubiera sido el presidente con un historial más proisraelí. Sobre todo si se tiene en cuenta que todos los presidentes desde Reagan han apoyado resoluciones del Consejo de Seguridad que rechazan la ocupación y Obama no lo había hecho hasta ahora.

La resolución 2334, aprobada el 23 de diciembre por 14 votos a favor y una abstención, y el discurso de Kerry, el 28, exigiendo el fin de la construcción de asentamientos y la creación de un Estado palestino, marcan un punto final de la historia que empezó en Madrid con la conferencia de paz en 1991 y cuajó en Oslo dos años después. La fórmula de los dos Estados ya no tiene recorrido, sobre todo en Israel, ni es viable un Estado palestino en un territorio recortado y fragmentado por las colonias. Y luego está Donald Trump. El presidente electo quiere que Jerusalén sea la capital de Israel, no le preocupan los asentamientos judíos y nada sabe ni dice sobre los dos Estados en paz y seguridad. Eso sí, también quiere conseguir ­—él personalmente claro— la paz entre israelíes y palestinos.

El argumento de Kerry es claro: si no hay dos Estados, habrá uno solo, y en él los palestinos deberán ser reconocidos como ciudadanos con todos los derechos. En tal caso, si Israel quiere seguir siendo democrático dejará de ser de mayoría judía; y si no quiere dejar de ser judío, se convertirá en un Estado no democrático con apartheid para una parte de la población. La respuesta del sionismo conservador es que Egipto se haga cargo de Gaza y Jordania de lo que quede de Cisjordania, solución que requiere el acuerdo improbable de El Cairo y de Ammán.

Martin Indyk, exembajador de EE UU en Israel en dos ocasiones, ha propuesto una nueva e imaginativa solución: empezar por Jerusalén, la cuestión más difícil que se dejaba siempre para el final en el proceso de Oslo. Que la ciudad de las tres religiones sea reconocida como capital de los dos Estados, y a partir de ahí se extiendan las piezas del nuevo rompecabezas y empiece el nuevo proceso de Donald Trump. Demuestra, al menos, que incluso en las peores condiciones siempre hay quien mantiene la esperanza y la voluntad de acuerdo y de paz.

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