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La Turquía laica bajo amenaza

Jóvenes e intelectuales laicos miran al extranjero entre las presiones del Gobierno islamista de Erdogan y la amenaza creciente e indiscriminada del terrorismo yihadista

Una pareja, junto al club Reina de Estambul, tres días después del atentado que causó la muerte a 39 personas. AFP

“Me gustaría ir a España, aquí ya no hay nada que hacer”, explica Ozkan, uno de los amables camareros del restaurante 5 Kat (Beşinci Kat o La quinta Planta). Esta recóndita joya en el barrio de Taksim es uno de los lugares de reunión de la élite secular turca y de extranjeros en Estambul. Su lema desde que abrió hace 20 años es “Para quienes tienen estilo, gusto y una mente abierta”. En su terraza, decorada con espejos art-déco y geranios, suena Frank Sinatra o Édith Piaf, y se pueden degustar sofisticados cócteles y cocina internacional mientras se disfruta de la majestuosa vista del Bósforo. El puente del 15 de Julio, que une Europa y Asia, brilla con sus luces nocturnas. En la base de sus pilares en la orilla europea casi se puede distinguir el club Reina. Es jueves por la noche y el 5 Kat está inusual y completamente vacío.

“Estamos pensando en cerrar una temporada, por precaución”, explica Ozkan, que estaba trabajando aquí en la noche de Año Nuevo. “Supimos del atentado, los clientes también, un 80% de ellos eran extranjeros: británicos, italianos, búlgaros. Decidieron quedarse y seguir disfrutando de la noche”. Es la actitud de los que resisten, de los que no se quieren amedrentar y abandonar un tipo de vida del que la Turquía secular de Atatürk se ha sentido orgullosa durante casi un siglo.

A pocos metros de distancia, el bar Bonema, con su cerveza barata y su terraza en una callejuela peatonal, resiste a las amenazas de hostigadores portando banderas turcas que desde el golpe fallido de julio merodean esta zona cerca de la avenida Istiklal donde se consume alcohol: “Los seguimos ignorando, hacemos como que no los vemos, esa es nuestra actitud. No hay que tener miedo”, explica a este diario Said, que al igual que el resto de empleados y socios del local es kurdo.

Más de 8.000 nuevos empleos purgados por el Gobierno turco

AFP, Estambul

El Gobierno turco ha ordenado la destitución de otros 8.390 funcionarios y el cierre de 80 asociaciones, en el marco de la campaña de purgas llevada a cabo tras el golpe de Estado fallido del pasado 15 de julio, en el que murieron 240 personas. Según tres decretos publicados este sábado, los despidos afectan a 63 instituciones estatales. Con esta nueva purga son ya más de 100.000 las personas suspendidas de sus cargos por sus supuestos vínculos con el golpe.

Entre los trabajadores destituidos se incluyen a 2.687 agentes de policía, 1.699 empleados del Ministerio de Justicia, 838 trabajadores de la Sanidad, 631 académicos y ocho miembros del Consejo de Estado. Los despidos tienen la autorización del Ejecutivo, pero no necesitan la aprobación del Parlamento al seguir en vigor el estado de emergencia, renovado en dos ocasiones y válido hasta el 19 de abril.

Los tres decretos ordenan además el cierre de 63 asociaciones por desarrollar actividades que afectan a la seguridad del Estado. Entre ellas hay ocho clubes de fútbol, generalmente del sureste del país, de mayoría kurda. Uno de los decretos estipula además que aquellos turcos que no respondan a una citación para declarar en el marco de la investigación por el fallido golpe de Estado podrían perder su nacionalidad.

Los turcos laicos se sienten amenazados no sólo por las políticas conservadoras del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, sino ahora también por los ataques terroristas del Estado Islámico (ISIS por sus siglas en inglés), como demuestra el ataque al club Reina, que causó 39 muertes. El atentado fue precedido por columnas incendiarias en diarios afines al AKP y mensajes de las autoridades religiosas contra la celebración de cualquier festividad navideña como opuesta a los valores religiosos musulmanes. El presidente Erdogan tardó tres días después del ataque al Reina en asegurar a sus ciudadanos que ningún modo de vida está siendo amenazado en su país.

Este modo de vida que combina lo occidental con lo oriental, instaurado por Mustafa Kemal Atatürk en 1923, podría estar en vías de extinción debido a la presión de la otra Turquía, el 50% religioso que sigue votando por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, en el poder desde 2003) del actual presidente Recep Tayyip Erdogan.

El problema lo resumía así esta semana en The Washington Post la columnista turca Ezgi Başaran: Los seculares turcos nunca se han sentido tan solos ni atacados. “Decir que la elite secular se siente amenazada es un poco fuerte. Creo que cada vez se sienten más aislados e incómodos. Se están preguntando si el Estado los va a proteger, si van a ser tratados como el resto de ciudadanos de la República Turca”, explica a este diario el académico Kemal Kirişci, de la Brookings Institution.

El académico deja un margen de duda sobre si el actual gobierno ha promovido esta situación: “Me gustaría pensar que no lo están haciendo de forma sistemática, sino abordando un problema doméstico que tiene por objetivo unir a bases electorales nacionalistas e islamistas en preparación del crucial referéndum para cambiar la Constitución y dar mayores poderes al presidente. Y con este objetivo están provocando de forma no intencionada estas consecuencias”.

En Turquía, el ISIS se ha centrado en atacar dos objetivos: kurdos seculares y turcos seculares, como demuestran los ataques en Suruç, en Ankara y en Gaziantep. Pero desde que Ankara empezó en verano a atacar posiciones del ISIS en el norte de Siria y a acercar posiciones con Rusia, la estrategia de los terroristas incluye también grandes grupos de seculares y extranjeros, como el ataque en junio al aeropuerto de Estambul y ahora el club Reina.

Erdogan, que suele ofrecer tres discursos diarios televisados, tardó tres días en salir a la luz pública tras el atentado del club Reina y asegurar a su población de que ningún estilo de vida estaba siendo amenazado, refiriéndose a los seculares, algo que no hacía desde 2011, cuando empezó a tasar bebidas alcohólicas y aplicar políticas cada vez más conservadoras.

Kirişci cree que Erdogan “estaba reconociendo la incomodidad que se vive en la sociedad. Estoy seguro de que alguien en su entorno está indicando este problema, y tiene que hablar así si realmente quiere que la nación esté unida frente a ataques terroristas”.

Pero lo que aquí se conoce como “turcos blancos” hace tiempo que no se sienten seguros. El fin de las protestas de Gezi en 2013 ha generado un goteo de jóvenes liberales que abandonan el país con becas europeas o cualquier otra excusa. El sociólogo Umut Özkirimli, que desde 2011 trabaja en la universidad sueca de Lund, explica que si entonces recibía un par de peticiones de estudiantes turcos para estudiar en Suecia, este año la cifra se ha disparado a diez por semana. La mitad de ellos son jóvenes “seculares que no ven futuro en su país y quieren irse”.

Kirisçi indica también grupos de intelectuales al final de sus carreras que buscan un lugar seguro en el sur de Europa. El dato lo confirman fuentes del Instituto Cervantes en Estambul: en el último año se ha duplicado el número de estudiantes entre la élite secular.