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COLUMNA

Año I de la era Trump

Ciudad de México, Pekín, Moscú, Jerusalén y La Habana reflejarán el giro en la política exterior de EE UU tras el 20 de enero

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El presidente electo de EE UU, Donald Trump, en el ascensor de la Torre Trump, este lunes. AFP

Ya en los primeros días o semanas de la presidencia Trump, que se inaugura este viernes 20, habrá que fijarse principalmente en cinco capitales, Ciudad de México, La Habana, Moscú, Pekín y Jerusalén, para tener un apunte de la nueva política exterior norteamericana.

En lo que respecta a Ciudad de México el mal parece ya prescrito. Fin de las deslocalizaciones con un regreso al vétero-capitalismo, lo que el politólogo y gurú Ian Bremmer ha llamado “unilateralismo extremo” más que proteccionismo, que va a dejar a cientos de miles de trabajadores mexicanos del automóvil en la calle. Más empleo para los ásperos votantes de Trump, pero vehículos más caros para el consumidor local por la diferencia de costes.

Un posible compás de espera en La Habana en pugna con Miami, pero el presidente electo ha prometido repetidas veces que el castrismo no saldría indemne de su presidencia. Como mínimo, el embargo de la isla antillana seguirá para los restos.

Moscú y Pekín forman, en realidad, un único compacto. Ahí Trump parece querer poner en práctica un Nixon al revés, el presidente que en 1972 trató de alinear a Pekín contra Moscú, y ahora el empresario pretende aislar a Pekín en el mar del sur de China, a cambio de reconocer a Rusia vara alta en Siria. Pero la línea roja de la Ciudad Prohibida es el principio de que China solo hay una, con lo que toda veleidad de reconocimiento pleno de Taiwán podría ser un casus belli. Por ello, es la partida a más largo plazo.

Pero el gran encontronazo se produciría con el eventual traslado de la representación norteamericana de Tel Aviv, donde está todo Occidente, a Jerusalén. Hasta tal punto preocupa a la UE esa posible maniobra que la conferencia del domingo pasado en París, a la que asistieron 70 países para ratificar formalmente el mantra de los dos Estados, israelí y palestino, era una advertencia a Trump para que dejara las capitalidades en su sitio. El reconocimiento de Jerusalén como “capital única e indivisible” de Israel equivaldría a la liquidación formal de la solución de los dos Estados y un gran paso para que el Estado sionista se anexionara Judea y Samaria, por otro nombre Cisjordania. Pero la jugada constituiría también el reconocimiento de una gran realidad: Washington nunca ha sido un honrado intermediario y su apoyo a Israel absoluto en lo que cuenta, la parálisis negociadora con la Autoridad Palestina, que es con lo que el primer ministro israelí Netanyahu se conforma como objetivo por tiempo indefinido. E igualmente vinculado a ese New Deal, la probable revisión del acuerdo nuclear con Teherán, que haría el completo de las aspiraciones ultra-israelíes.

Nunca una transición presidencial norteamericana había sido tan enconada entre un jefe de Estado saliente, Barack Obama, que ha tratado de machihembrar su legado, y uno entrante, Donald Trump, que pretende hacerlo añicos. Pero, relativícese, difícilmente la nueva presidencia podrá ser más catastrófica que la de Bush II, altísimo responsable de la destrucción de Irak y del disputado equilibrio suní-chií en esa parte del mundo. Año I de la era Trump.

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