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ANÁLISIS

El Maciel peruano

Hacia finales de octubre del 2015, la periodista Paola Ugaz y el arriba firmante presentamos en el Lugar de la Memoria de Lima una investigación periodística denominada Mitad monjes, mitad soldados (Planeta, 2015). El libro, que nos tomó casi cinco años y se gatilló con un testimonio desgarrador, se enfoca en el Sodalitium Christianae Vitae, o Sodalicio de Vida Cristiana, una organización católica peruana, fundada en 1971, de características muy similares al Opus Dei y a los Legionarios de Cristo.

La publicación cuenta su verdadera historia, los aspectos claves de su pensamiento, su perverso sistema de formación basado en el abuso de poder, y da cuenta de 30 testimonios de exmilitantes de dicho movimiento. Sodálites se hacen llamar los miembros de esta sociedad de derecho pontificio.

Y entre esta treintena de testificaciones, seis delatan abusos sexuales. Tres de ellos habrían sido perpetrados por su fundador, Luis Fernando Figari, otros dos habrían sido cometidos por quien fuera el número dos, Germán Doig Klinge (fallecido en el 2001), y el sexto por Jeffrey Daniels Valderrama, un adepto muy cercano a Figari y a Doig, quien reside actualmente en los Estados Unidos.

Esta revelación teñida de escándalo tuvo el impacto de un meteorito. Y el golpe mediático fue devastador para el Sodalicio. Acostumbrada a mantener un perfil bajo, esta institución que posee muchísimo dinero y ejerce palpable influencia en la sociedad peruana, se vio obligada a propalar sendos comunicados. Al principio, negacionistas y contradictorios, pero acto seguido tuvo que admitir que los testimonios eran “verosímiles” y anunciaron la creación de una comisión ad hoc, conformada por personas ajenas al movimiento religioso, para investigar las denuncias contra el fundador y la institución.

Asimismo, la fiscalía peruana decidió actuar de oficio, y así lo anunció públicamente su titular, Pablo Sánchez. Mientras tanto, desde Roma, a donde fue enviado casi clandestinamente Luis Fernando Figari, el fundador envió una carta a sus seguidores reconociendo “errores, fallas y ligerezas”, pero nada más.

Por su parte, el superior general del Sodalicio, Alessandro Moroni, anunció una etapa de “revisión, reconciliación y renovación”, la cual estuvo acompañada de cambios drásticos. El Sodalicio decidió poner a la venta la casa en la que vivió Figari en Lima, y donde se habrían cometido varios de los abusos sexuales denunciados, así como los centros de formación en donde se habrían perpetrado innumerables abusos físicos y psicológicos, orientados todos hacia la anulación de la libertad y la sujeción de la voluntad. Y a Figari, como por arte de magia, lo desaparecieron de la página web institucional.

Meses después, en abril del 2016, luego de la aparición de más testimonios acusadores en los medios de comunicación, con nuevas informaciones y diferentes señalamientos, en un videomensaje grabado, el superior del Sodalicio, como adelantándose a algo que venía a golpearle de nuevo, admitió apuradamente los abusos y declaró culpable a Figari, calificándolo como persona non grata. Pero no lo expulsó.Al poco, la comisión ad hoc convocada por el propio Sodalicio hizo público un demoledor informe en el que recomendaba resarcimiento y compensaciones económicas para las víctimas. Más todavía. Proponía la intervención del Sodalicio por parte del Vaticano, “disponiendo que su conducción esté a cargo de personas ajenas a su actual estructura organizacional”.

Dicho informe fue cuestionado el mismo día por Moroni y por otro sodálite tan controversial como Figari: el sacerdote Jaime Baertl. Ambos señalaron el documento como “sesgado”. Desde entonces, nunca más se volvió a hablar sobre este trabajo que sorprendió a propios y extraños por su total independencia.

Entre tanto, la Fiscalía continuó con sus supuestas y aparentes pesquisas. Y el Vaticano hizo lo propio: algunos amagos de indagación. En el último caso, hasta la fecha la institución católica no se ha comunicado con las víctimas. Y en el primero, la fiscalía acaba de archivar el caso. Por prescripción y por falta de pruebas.

La indignación en las redes sociales ha sido explosiva, claro. Era lo previsible. Pero tal como se ha visto en otras latitudes, como en México con Marcial Maciel, o como en Chile con el clérigo pederasta Fernando Karadima, lo más probable es que la impunidad en materia de abusos sexuales perpetrados por religiosos vuelva a instalarse en América Latina. Y es que aquello del protocolo de “tolerancia cero” del que tanto habla el papa Francisco es, en los hechos, una entelequia.

Porque hoy el único feliz con esta historia, no nos engañemos, es el laico Luis Fernando Figari Rodrigo, fundador del Sodalicio de Vida Cristiana.

Pedro Salinas es periodista, escritor y exsodálite