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Trump y Netanyahu buscan crear un escudo anti-iraní en Oriente Próximo

Los mandatarios de EEUU e Israel se reúnen este miércoles en Washington. Golpeados por los escándalos nacionales, ambos necesitan un éxito

Donald Trump y Benjamin Netanyahu en una reunión en septiembre de 2016 en Nueva York.

Donald Trump se ha distanciado de sí mismo. El vociferante candidato que en campaña anunció su inquebrantable fidelidad a la causa israelí, ha rebajado su tono. Ya no defiende la creación de nuevos asentamientos en Cisjordania y ha dejado en el congelador su explosiva promesa de trasladar la Embajada a Jerusalén. Centrado en el pulso con Irán, se ha embarcado en el intento de atraer al mundo árabe en la resolución del conflicto palestino-israelí. Una estrategia que hoy debatirá con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y que marcará el rumbo de una relación donde los errores se pagan con sangre.

La cita en Washington es un interrogante abierto. Dada su imprevisibilidad, Trump puede volver en cualquier momento al punto de partida, sacar la caja de los truenos y desestabilizar la zona más caliente del planeta. Algo que no desean ni israelíes ni árabes y que tampoco parece entrar en los planes de la Casa Blanca, muy alejada ya de los días de agitación y victoria.

“Trump se ha moderado, pero no abandona su postura básica, que es llegar a un acuerdo final. Para ello está dispuesto a incorporar a otros actores”, indica Natan Sachs, experto del Centro para Política de Oriente Medio, de The Brookings Institution.

En este viraje ha pesado la idea, auspiciada por Netanyahu, de que la relación palestino-israelí ha entrado en punto agónico y que es necesaria la presión externa. Sobre este eje, Estados Unidos ha iniciado un acercamiento a naciones de mayoría suní como Egipto, Arabia Saudí o Jordania. Una operación altamente volátil y que fracasó con anteriores presidentes.

“Es arriesgado introducir otros poderes en la disputa árabe-israelí. Esta es una cuestión suya y deben resolverla entre ellos. Otros Estados, particularmente aquellos con problemas propios, solo traerán más complicaciones”, señala Danielle Pletka, vicepresidenta del think tank conservador American Entreprise Institute.

En la puesta a punto de esta estrategia, que debe contrarrestar la emergencia de Irán, ha trabajado intensamente Trump. En las últimas semanas, el presidente ha mantenido contactos con los principales mandatarios árabes y, en su maniobra de aproximación, ha puesto en el centro del tablero a su propio yerno, Jared Kuschner.

Judío ortodoxo, este empresario de 36 años, sin experiencia en alta política, se ha vuelto uno de los más influyentes consejeros de la nueva corte imperial. Con su esposa, Ivanka Trump, la hija predilecta del magnate, se le atribuye la capacidad de atemperar los estallidos presidenciales e incluso revertirlos. Así ocurrió cuando, según los principales medios estadounidenses, logró frenar la orden que echaba por tierra los avances logrados bajo el mandato de Obama por la comunidad homosexual.

Jared Kushner y su esposa Ivanka Trump en imagen de archivo.
Jared Kushner y su esposa Ivanka Trump en imagen de archivo.

En el caso de la negociación con Israel, su poder viene reforzado por su amistad con Netanyahu. Un vínculo forjado durante años por el padre de Kushner, quien financió iniciativas del primer ministro, le agasajó en su casa, y permitió que el propio Jared, a los 17 años, viajase a Auschwitz para asistir a un memorial con Netanhayu.

Con estos antecedentes, el yerno de Trump representa a ojos de ciertos halcones israelíes, un valedor absoluto del Estado hebreo ante el hombre más poderoso del planeta. En esa confianza también es visto como alguien que, sin sospechas, puede tender puentes con el mundo árabe para rediseñar los equilibrios zonales y forjar el anhelado escudo anti-iraní. Una construcción de enorme complejidad y ante la que mandatarios como el rey Abdalá II de Jordania han pedido a Trump que evite tensar los ánimos y entierre su promesa de trasladar la Embajada a Jerusalén.

La Casa Blanca, consciente del altísimo voltaje del movimiento, ha aparcado la iniciativa. El propio Trump ha declarado que se trata de una decisión que “no es fácil” y, lejos de su fervor inicial, también ha mostrado su distancia, aunque sin condena explícita, con los últimos y radicales pasos de Netanhayu en favor de los asentamientos ilegales.

Todo un juego de aproximaciones y alejamientos que dibuja la nueva línea que la Casa Blanca quiere imprimir a su diplomacia en Oriente Próximo. “En la reunión de hoy van a mostrar química personal, es muy importante para los dos la imagen de entendimiento”, afirma Sachs. “Trump es más próximo a Israel que Obama. Y posiblemente hablen del restablecimiento de la amistad y del compromiso de derribar las iniciativas anti-israelíes de Obama en la ONU”, indica Pletka. Un paso que le valdría al republicano el aplauso del acorralado Netanyahu (y de sus financiadores estadounidenses), pero que le dejaría lejos de lo prometido en campaña. La realidad empieza a hacer su efecto en Trump.

Una constante histórica

Ni Bush ni Obama ni ahora Trump. La política de asentamientos israelí nunca ha dado respiro a Estados Unidos. Es una constante que se ha vuelto a cumplir este mes cuando Benjamin Netanyahu, haciendo gala de los expeditivos modos del Likud, anunció la construcción de 6.200 casas en Cisjordania y Jerusalén Este, e incluso prometió crear un nuevo asentamiento.

La andanada puso a Washington ante sus propias contradicciones y obligó a la nueva Administración a tomar postura. La respuesta se alejó tanto del apoyo irrestricto enunciado por Trump en campaña, como de la política de condena de Obama. En la búsqueda de un término medio que contentase los intereses en juego, la Casa Blanca se declaró (provisionalmente) partidaria de permitir la construcción dentro los bloques ya existentes, pero se desmarcó de los asentamientos de nuevo cuño. No fue suficiente para calmar las aguas.

A los pocos días, el Parlamento israelí acordó la regularización retroactiva de miles de viviendas ilegales en suelo palestino. Una decisión que Naciones Unidas calificó como “un paso hacia la anexión de Cisjordania” y que ha llevado al propio Trump a pronunciarse en contra. “No soy de los que creen que seguir expandiendo los asentamientos sea una buena cosa para la paz”, manifestó la semana pasada en una entrevista al diario israelí, Israel Hayom propiedad del multimillonario Sheldon Adelson.

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