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ANÁLISIS

Para cuando aprendan que no sale gratis

La apuesta por un segundo referéndum es atrevida y será factible solo dentro de dos años

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Un bandera de Reino Unido cerca del Big Ben, este diciembre. AFP

La apuesta por un segundo referéndum es atrevida y sensata. Pero solo será factible, si lo es, dentro de dos años, cuando los británicos estén comprobando que el cielo-Brexit es un purgatorio, y no sale gratis. ¿Por qué dos años? Porque ese es el plazo en principio disponible para el acuerdo de ruptura del Reino Unido con la Unión.

Y porque los términos de ese divorcio se redactarán “teniendo en cuenta” la relación futura entre ambos, como indica el artículo 50 del Tratado de Lisboa. O sea, cuando se avizore el después y los británicos cotejen, negro sobre blanco, lo que tienen con lo que tendrían. Aún no han podido: ha imperado la desinformación.

Para entonces deberían disponer de datos fehacientes y experiencias comprobadas, lo único que posibilita un análisis serio del coste de una operación y su beneficio. La elección sería pues “mucho más transparente” (May's rocky road ahead, why Brexit may not happen, Brendan Donnelly, Social Europe/Fundación Ebert, 2016).

Y es que el balance de los ocho meses desde el referéndum es aún poco útil. Porque estamos a un tiempo ya en el Brexit (se descuentan algunos efectos) y todavía no en el Brexit (no los peores). Como Londres sigue en el club de los 28, la economía mantiene su buen ritmo, apoyada por el Banco de Inglaterra y por... el BCE.

Lo más tangible ha sido la depreciación de la libra en un 20%. Eso ha empobrecido a los isleños (sin catapultar las exportaciones como debería, sino al contrario). Pero ha perjudicado sobre todo a los cosmopolitas, a los que viven del sector exterior, a los que viajan. La mayoría aún no lo percibe.

Y en cambio ha generado un efecto propagandístico artificioso: el alza de la Bolsa. Porque está hegemonizada por multinacionales que generan sus beneficios fuera, en dólares o euros, más caros, y los convierten en muchas más libras (más baratas), lo que en 2016 generó 5.600 millones de beneficios atípicos repartibles vía dividendos En dos años (si no hay terremotos) será evidente que el Brexit no saldrá gratis.

Presupuestariamente, el Reino deberá abonar entre 40.000 y 60.000 millones a la UE (para las pensiones de sus funcionarios comunitarios; en garantía a sus préstamos, y por el coste de los proyectos europeos en su territorio), según reveló el exembajador en Bruselas sir Ivan Rogers, un experto centrifugado por Theresa May.

Comercialmente, los bancos de la City no podrán disfrutar de pasaporte libérrimo en Europa si los ciudadanos comunitarios no gozan de libre entrada allí. Es lo que pretende May, repitiendo el error de cálculo euroescéptico sobre el presunto y sempiterno estado terminal de la UE (por ejemplo, sobre el Tratado Fiscal, al fin concretado a 27 y del que quedó fuera).

Globalmente, la frustración de May ante un Donald Trump que ni quiso abordar con ella un futuro tratado se revelará una minucia. No es igual negociar en nombre de 65 millones de bocas que de 500. Habrá pues espacio para la racionalidad económica. Faltará que se abra también para la seriedad política. 

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