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Hagamos el muro

Lo pagamos nosotros, los mexicanos, de acuerdo. Pero lo hacemos nosotros

Muro México - EE UU
El muro entre México y EE UU en Tijuana. AP

Hagamos el muro. Lo pagamos nosotros, los mexicanos, de acuerdo. Pero lo hacemos nosotros y ponemos un puesto de socorro cada veinte kilómetros. Un albergue con médicos, comida, agua, camas para descansar y reponer fuerzas, clases de inglés. Y lo más importante: ponemos muchas puertas a lo largo del muro, miles. Puertas que sólo tengan picaporte de un lado: del nuestro.

Hagamos el muro. Lo pagamos nosotros, los mexicanos, de acuerdo. Pero primero pedimos un préstamo para construirlo al gobierno de los Estados Unidos. O al Banco Mundial. Mejor: al Fondo Monetario Internacional. Hacemos una licitación para el proyecto arquitectónico del muro. Otra licitación para la construcción. Y otra para la gestión cuando esté listo. Invitamos a las licitaciones, por supuesto, únicamente a los amigos. Y que ganen las licitaciones los más amigos de entre todos nuestros amigos. Los del proyecto arquitectónico se atrasarán mucho, muchísimo: años (son arquitectos mediocres, pero son nuestros mejores amigos). La construcción sólo empezará con años de retraso. Y luego habrá problemas de permisos de construcción. Y más problemas con los proveedores de materiales. Y huelgas de los trabajadores. La primera parte construida, a los dos meses, presentará grietas y humedades, lo que obligará a suspender temporalmente la construcción del muro. Así pasarán los años y, con un poco de suerte, también pasarán los presidentes de Estados Unidos, hasta que llegue uno al que no le interese construir un muro. Mejor: hasta que llegue uno que ordene detener la construcción del muro. (Por supuesto: no devolveremos el dinero del préstamo.)

Hagamos el muro. Lo pagamos nosotros, los mexicanos, de acuerdo. Un muro verde, ecológico, un seto. Un seto, para ser específicos, de plantas de mariguana. Legalicemos, por supuesto, primero, la mariguana con fines de construcción de muros. Ya veremos, entonces, cómo cambiarán los flujos migratorios: la gente del norte bajando en tropel rumbo al sur, para fumarse nuestro muro. Contra lo que pudiera esperarse, nosotros no los detendremos. Al contrario. Nos encontraremos en la frontera todos: y una nueva época de amistad y fraternidad surgirá entre los dos pueblos.

Hagamos el muro. Lo pagamos nosotros, los mexicanos, de acuerdo. Pero hagámoslo como atracción turística, como parque de diversiones. Le llamamos "El Muro de la Vergüenza" o algo por el estilo. Instalamos al lado museos sobre el racismo, el imperialismo, la discriminación. Y miradores para ver desde lejos cómo son las cosas al otro lado del muro. Vendrán turistas japoneses, chinos, alemanes, escandinavos, turistas del mundo entero. Nuestro muro será un gran negocio y creará miles de puestos de trabajo. Puestos de trabajo que ocuparán, por supuesto, los migrantes que no puedan cruzar el muro.

Hagamos el muro. Lo pagamos nosotros, los mexicanos, de acuerdo. Un muro invisible, como el traje invisible del traje del emperador. Un muro que sólo pueda ver la gente inteligente. Lo construimos nosotros, los mexicanos, con ladrillos invisibles y acero también invisible. Liberados de restricciones materiales, lo hacemos altísimo: mil metros de altura. Y muy gordo: dos kilómetros de grosor. El día de la inauguración le decimos al presidente de los Estados Unidos: aquí está su muro, es muy alto, muy ancho, pero sólo los inteligentes pueden verlo. Estoy seguro de que el presidente de los Estados Unidos se quedará muy contento.

Juan Pablo Villalobos es un escritor mexicano premio Herralde de Novela 2016