Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
ANÁLISIS

Los idus de Marzo europeos

Los partidos insurgentes libran un radical ataque al orden político liberal; los grupos que lo defienden no hallan ni estrategia ni unidad

El líder del Partido por la Libertad (PVV), Geert Wilders, posa durante un acto de campaña en Breda (Holanda) el pasado día 8. EFE

Llegan los idus de Marzo, y el proyecto europeo tiene el flanco expuesto a dos peligrosas cuchilladas. El día 15 –los idus- Holanda acude a las urnas en una cita en la que el partido populista y xenófobo de Geert Wilders tiene opciones para llegar el primero; y François Fillon, candidato a la presidencia de los eurófilos conservadores franceses, será imputado formalmente por un turbio caso de nepotismo.

Las dos circunstancias invitan a una reflexión cuyo punto de partida es que, como en el célebre día del 44 A. C., está en gestación un radical ataque político (por supuesto, esta vez, democrático y non-violento). Entonces, contra el recién nombrado dictator perpetuo, Julio César; hoy, contra el sistema que ha regido las suertes de Europa desde la posguerra. Bruto, Cassio y compañía pretendían, según la interpretación mayoritaria, frenar la deriva autocrática cesarista y regresar a los míticos viejos valores de la república; Wilders, Le Pen y compañía, revertir la dinámica globalizadora/integradora e iniciar un retorno hacia los Estados-nación. Unos y otros, insurgentes contra las dinámicas contemporáneas en nombre de un idealizado pasado.

Subestimar a estas alturas la capacidad de estos insurgentes de asestar puñaladas políticas letales es más de cretinos que de optimistas. Son un manipulo político temible: determinado, a menudo carismático, y dotado de toneladas de munición explosiva. Tienen enfrente partidos en el poder carcomidos por corrupción endémica y nepotismo; desgastados por gestiones que han objetivamente dejado atrás importantes sectores de la ciudadanía y con el onus de explicar cosas incomprensibles para los ciudadanos de a pie, como los copiosos rescates bancarios que fueron de la mano de durísimos recortes en las prestaciones sociales. El desprestigio de la clase dirigente y la ira popular son tales que ni siquiera la acalorada llamada del establishment político y económico británico casi entero logró evitar el Brexit. Es probable que precisamente esa llamada acabara de convencer a muchos ciudadanos a levantar el dedo medio con la papeleta.

Frente a ese grupo aguerrido, con objetivos y mensajes claros, se halla un conjunto muy desdibujado. En el mejor de los casos, sus propuestas -la Europa a varias velocidades o el énfasis en la Defensa- parecen meras curas vitamínicas para un enfermo con un cáncer muy agresivo. No inspiran. En el peor, se observan se-dicentes defensores del orden liberal que parecen defender más el sistema en sí –y sus sillones- que sus valores. A menudo, para frenar la hemorragia de votos, sus integrantes abrazan ideas de los insurgentes: pero para eso siempre mejor la versión original.

Un punto de partida más inteligente para no sucumbir ante el asalto insurgente parecen los pasajes del Libro Blanco de la Comisión Europea en los que se reconocen sin ambages los graves errores del pasado reciente.

En esta gran batalla, la tradicionalmente abierta y liberal Holanda es un paso importante, justo antes de la cumbre de Roma, de las elecciones francesas, y con las alemanas a la puerta.

Las victorias del Brexit, Trump y el ‘no’ al acuerdo con las FARC sugieren que el viento de la historia sopla a favor de los insurgentes. Pero es preciso recordar que, pese a lograr asesinar a Julio Cesar, los insurgentes no pudieron revertir el rumbo político que se venía gestando en Roma desde hacía décadas: lo que vino después no fue el regreso a los viejos valores republicanos, si no la entronización imperial de Octaviano/Augusto. Nunca se sabe lo que va a ocurrir tras un choque radical.