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“No queda ni la sombra de la revolución por la que lucho”

Dos combatientes rebeldes y un paramilitar pro-gubernamental sirios relatan el impacto de la injerencia extranjera en sus frentes

Son ya 2.190 los días que insurrectos y soldados regulares llevan combatiendo en Siria. Una contienda donde los frentes son tan cambiantes como las poblaciones desplazadas a su paso. Y a cuyas trincheras se han sumado en los últimos años milicianos, yihadistas, tropas y aviaciones extranjeros. Con unos bandos cada día más dependientes de  intereses internacionales y regionales, son los sirios que luchan en su tierra quienes sufren las consecuencias. Un impacto que acaba por empañar incluso las victorias.

Sayasneh, muestra su carné de identidad, en una imagen de marzo de 2016.
Sayasneh, muestra su carné de identidad, en una imagen de marzo de 2016.

En el bando insurrecto se palpa el pesimismo tras acumular derrotas y rendiciones. Y sin embargo, hay quien no está dispuesto a tirar el fusil. “No queda ni la sombra de la revolución por la que lucho”, admite desde Deraa y en entrecortadas videollamadas Muawiya Faisal Sayasneh, combatiente del Ejército Libre Sirio (ELS). La mano de Sayasneh es una de las que garabateó aquella pintada contra Bachar el Asad el 15 de marzo de 2011. La misma que convirtió Deraa en epicentro de las protestas que tres días después enterraron a las primeras víctimas bajo la represión estatal.

Pero ha llovido mucho desde entonces. A sus 22 años ha pasado seis combatiendo en las filas del ELS. Lo suficiente para saber encajar el doble lastre que se cierne sobre él y sus compañeros de armas, hoy minoritarios en el tablero insurrecto. “Cada grupo lucha por sus propios intereses y recursos. Mientras, los civiles malviven y la aviación siria sigue bombardeando”, espeta antes de pasar lista a la vecina Jordania. Hace ya 10 meses que Aman echó el cerrojo a su frontera norte por lo que es a los hospitales israelíes adonde su brigada evacúa a los heridos armados y civiles.

Tras pasar 33 días de cárcel y quedar huérfano de padre, Sayasnesh no piensa soltar el kaláshnikov hasta “que caiga muerto”. Lo que no podría imaginar seis años atrás es que la muerte pudiera llegarle por igual del cañón de un insurrecto yihadista que del de un soldado regular. En la barraca donde duerme, aun preside el muro central la bandera siria con estrellas rojas.

Un sentimiento parejo embarga a Abu Qusay, de 46, en el norte de Siria. Pero es hacia Turquía a quien este combatiente de una brigada afín al ELS dirige sus críticas. Mientras que Sayasneh es el producto de una radicalización fruto de la represión estatal, Abu Qusay lo es de la progresiva radicalización religiosa forjada a golpe de petrodólares de las monarquías conservadoras del Golfo. “Hoy son los dólares los que nos dividen, no la ideología”, musita al teléfono. “Turquía y Arabia Saudí han reemplazado a los antiguos líderes en el terreno por otros nuevos que a cambio de un cheque mensual están dispuestos a implementar su agenda”.

Varios de ellos son antiguos compañeros de lucha, a los que excusa porque “al fin y al cabo hay que alimentar a la familia”. A las presiones, asegura, se suma la creciente restricción de movimientos en el sur de Turquía, retaguardia rebelde. Una presión también creciente en Idlib, capital insurrecta en Siria, donde el cambio de juego de Ankara opera fuerzas centrífugas y centrípetas capaces de hacer implosionar al bando insurrecto.

Tanto Sayasneh como Abu Qusay han descartado embarcarse en el cruce ilegal del Mediterráneo por falta de dinero. Resignados en sus respectivos pero dispares frentes, consumen los días entre los combates, los pitillos compartidos en las noches de insomnio y el envío de melosos emoticonos a esas mujeres que, también por falta de dinero, no pudieron ni podrán desposar. Abu Qusay rehúsa voltear la cabeza hacia el pasado. “Nos han robado la guerra, era un asunto entre sirios. Pero si Bachar se va, al menos podremos resolver las diferencias entre nosotros”, dice en referencia a las negociaciones de paz.

"Queda mucho camino por delante"

Del otro lado del frente, en la periferia de Damasco, se encuentra Toni R, de 29. Pertenece a una unidad de la Defensa Nacional que engloba a cerca de 100.000 hombres que luchan junto a las tropas regulares en todo el país. A pesar del júbilo del momento, no canta vitoria. “Con el ISIS en Raqa y Al Qaeda en Idlib, queda mucho camino por delante”, admite. Pero los seis años que cierra por detrás también pesan sobre las espaldas de un sirio que se declara ante todo patriota. Rehusó abandonar el país y optar por un mejor futuro para sus hijos y mujer en Europa a cambio de un presente plagado de dificultades pero defendiendo su tierra.

Desde septiembre de 2015, el apoyo de la aviación rusa ha resultado crucial para el avance del Ejército sirio. Y es 16 meses después y en Alepo donde Toni piensa que "han pagado la primera factura". Ante la comunidad internacional, Moscú se impuso como mediador con la evacuación del último reducto insurrecto de la ciudad. Para este paramilitar, el apresurado acuerdo no hizo justicia a los más de 90.000 uniformados sirios que han caido combatiendo en tierra. Ni a los miles de civiles también sirios cercados en zonas insurrectas. Toni ojea a diario la memoria de su móvil donde guarda las fotos de los compañeros muertos, entre ellos su mejor amigo.

“La paz depende de la voluntad política y no de las armas”, preconizaba hace tres años un General del Ejército sirio en Alepo a cargo del entonces frente silenciado. “Mientras tanto, seguiremos enterrando a nuestros soldados”, remacha hoy Toni.

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