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Sólo hombres en la foto del primer Consejo para Niñas de Arabia Saudí

La ausencia de mujeres en la imagen del foro de Qasim pone de relieve el conservadurismo al que se enfrentan

Imagen de la presentación del Consejo de Niñas de la provinicia de Qasim, en Arabia Saudí.
Imagen de la presentación del Consejo de Niñas de la provinicia de Qasim, en Arabia Saudí.

Arabia Saudí empieza a ser víctima de sus estereotipos. Justo cuando las autoridades han anunciado una tímida apertura, que incluye una mayor participación de la mujer en la sociedad, una foto que muestra el lanzamiento, esta semana, del primer Consejo para Niñas del país, en la provincia de Qasim, ha dado la vuelta al mundo por el carácter exclusivamente masculino de sus 13 integrantes. Como es habitual en el Reino del Desierto, las mujeres, incluida la presidenta del Consejo, la princesa Abir Bint Salman, estaban en otra sala conectada mediante vídeo. El peculiar sistema de participación, que también se emplea en las universidades cuando un hombre da clases a mujeres (o al revés), simboliza el atroz estatuto de la mujer en esa petromonarquía, pero no refleja la lucha de las saudíes por salir en la foto.

469.000 mujeres trabajan en el sector público y otro medio millón en el privado, aunque su tasa de desempleo (34,5%) supera con mucho la de los hombres (5,7%)

La lista de los ultrajes institucionalizados a la dignidad de las mujeres en Arabia Saudí es sobradamente conocida. Desde la anacrónica prohibición de conducir (sin parangón en todo el planeta) hasta el mucho más grave sistema de tutela (que las convierte en eternas menores, dependientes de por vida de la voluntad del hombre que tenga su custodia), todo en el reino juega cruelmente en su contra. Y sin embargo, no se están quietas, ni aceptan resignadas el destino que les han impuesto. Ni ellas, ni algunos de los hombres que les apoyan. De forma cada vez menos discreta, están conquistando terreno en un país que es tan suyo como el de quienes intentan cerrarles el paso.

Para el visitante primerizo, los cambios no son evidentes. Hay pocas mujeres en la calle. En parte por el clima, en parte por la costumbre, en parte por el desequilibrio de sexos que implica haber importado entre 8 y 10 millones de trabajadores extranjeros, en su mayoría hombres. En cafeterías y restaurantes, salas “para familias” intentan mantenerlas fuera de la vista. En los centros comerciales, verdaderas plazas públicas, son elusivos fantasmas negros bajo las abayas con las que cubren las formas de su cuerpo. Nada ayuda a romper el estereotipo.

Poco a poco, sin embargo, se está produciendo una revolución silenciosa. En mi primer viaje a Arabia Saudí, en 1986, entrevisté a una de las dos únicas saudíes que trabajaban fuera de la educación infantil para niñas o de la atención sanitaria a mujeres como locutoras de radio. Desde entonces, la crisis económica, la educación y la inquietud personal les han llevado al mercado laboral. Según los últimos datos oficiales, 469.000 trabajan en el sector público y otro medio millón en el privado, aunque su tasa de desempleo (34,5%) supera con mucho la de los hombres (5,7%).

En la última década, el espectro de posibilidades se ha ido abriendo (a pesar de las enormes limitaciones que aún siguen en pie). Un creciente número de mujeres han entrado en la fuerza laboral no sólo como funcionarias, maestras y médicos (las áreas tradicionalmente reservadas para ellas) sino como empresarias, abogadas, periodistas e incluso diplomáticas. Pero quizá el cambio más provocador fue el decreto real sobre la venta de ropa interior femenina de finales de 2011. A partir de esa decisión del rey Abdalá, muy criticada en su día por los clérigos más conservadores, se abrieron las puertas del comercio minorista para las mujeres. Empezaron a trabajar como dependientas en tiendas de abayas, maquillaje, bolsos, zapatos, juguetes, ropa… Un paso que, además de independencia económica, les está dando una visibilidad inusual hasta ahora.

Todo indica que es sólo el principio. Con más mujeres que hombres en las universidades (y mejores resultados académicos), su llegada a puestos de decisión empieza a ser un hecho. Sólo en lo que va de año, Dalal Namnaqani ha sido nombrada rectora de la Universidad de Taif, la primera vez que una mujer dirige tanto las facultades de mujeres como de las de hombres; Rania Nashar se ha convertido en presidenta ejecutiva de Samba (Saudi American Bank), la primera saudí en un cargo similar; Sarah al Suhaimi ha llegado a la presidencia de la Bolsa saudí, la mayor de Oriente Próximo, y Maram Kokandi va a convertirse en la primera directora general de hotel cuando en los próximos meses se inaugure el Park Inn de Yeddah.

No se para ahí. Las mujeres del Consejo Consultivo (Shura), una treintena de los 150 miembros y la mayoría con doctorados, han pedido que el Gobierno nombre a una viceministra de Desarrollo Social. Otras están reclamando que se cree un Ministerio de Asuntos de la Mujer… con una ministra al frente, por supuesto. El tiempo de las conferencias sobre mujeres sin la participación de estas toca a su fin por mucho que las imágenes se hagan virales. Las saudíes reclaman su derecho a salir en la foto.

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