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Trump y Le Pen: las diferencias detrás de los parecidos

Los dos políticos comparten discurso nacionalista, xenófobo y antiélite pero difieren en cuanto a carácter y estilo

Chesnot/Getty Images (AP Photo/Evan Vucci) Marine Le Pen y Donald Trump, en marzo

Hay un aire de familia entre Donald Trump y Marine Le Pen, pero ambos están lejos de ser los hermanos siameses de la ola populista que sacude a los países de ambas orillas del Atlántico.

El mismo tono de voz en sus mítines, la voz crispada y amenazante. El mismo mensaje contra las élites políticas y mediáticas, y la misma promesa de elevar fronteras —físicas y económicas— para recuperar la soberanía de sus países, supuestamente perdida. El dedo acusador hacia los inmigrantes, también. La habilidad para captar el aire de los tiempos, el malestar que aflige a las sociedades occidentales. Y una idéntica nostalgia de un pasado nacional idealizado.

Aquí terminan los parecidos. Basta escuchar unos minutos a Le Pen, la candidata que aspira a repetir esta primavera en Francia el éxito inesperado de Trump en las elecciones de noviembre en Estados Unidos, para entender que ambos tienen en común esto, un aire de familia, y poco más.

En sus mítines electorales Trump improvisaba, disparaba sus dardos verbales, a diestro y siniestro, sin miedo a meterse en las polémicas más descabelladas que en seguida monopolizaban los titulares: disponía una legión de periodistas registrando y amplificando su mensaje, minuto a minuto.

Le Pen es distinta. Más disciplinada, lee sus discursos y no se sale del guión (tampoco hace el mismo uso compulsivo de la red social Twitter que Trump). Raramente insulta a sus adversarios. No pronuncia una palabra sin calcular su efecto. Y tiene la ventaja —o el inconveniente— de no ver convertida cada frase suya en motivo de indignación global y noticia de primera plana.

Ambos políticos coinciden asimismo en la capacidad de conectar con los votantes de clase trabajadora industrial maltratados por la globalización

En sus mítines, y en el primer debate electoral, la semana pasada, aparece como una versión articulada del presidente estadounidense, un Trump sin su componente errático e irracional. “No hay puntos en común, en realidad”, dice Jean-Yves Camus, director del Observatorio de las radicalidades políticas en la Fundación Jean Jaurès, próxima al Partido Socialista.

Camus, que siguió en EE UU la campaña que dio la victoria a Trump y en Francia ha estudiado de cerca al Frente Nacional de Le Pen, señala la diferencia en el sistema electoral. El presidente francés se elegirá por sufragio universal, a dos vueltas, mientras que el estadounidense se elige por un sistema de grandes electores que permitió al republicano Trump ganar pese a obtener casi tres millones de votos menos que su rival demócrata, Hillary Clinton.

Trump, aunque venía de fuera del sistema, era el candidato de uno de los dos grandes partidos del sistema, el republicano. “El Frente Nacional, en cambio, es un partido con el que ningún otro partido francés tiene alianzas. Se encuentra en una situación de fuera de juego respecto al sistema”, dice Camus. La ‘extraterritorialidad’ del FN, unida al sistema con dos vueltas, complica su acceso al poder, puesto que hasta ahora el resto de partidos y votantes, de izquierda y derecha, se han unido en su contra y han sumado suficientes votos para impedir su victoria.

Otra diferencia. Trump es un recién llegado en la política, un hombre de negocios y showman que acaba de desembarcar en este mundo. Le Pen es una política profesional, hija de otro político profesional: su padre, Jean-Marie, que ya era diputado en los años cincuenta, fue cinco veces candidato a la presidencia, y ella se presenta por segunda vez.

A Camus le llama la atención otra diferencia: mientras que Trump solo se preocupa de EE UU, y este es su único horizonte, Le Pen, al defender la política de Trump mientras aspira a la presidencia francesa, “olvida que los intereses de EE UU y Francia no son forzosamente los mismos”.

Tienen en común, admite Camus, las apelaciones al pueblo contra las élites y la oposición al conservadurismo tradicional frente a un nuevo movimiento que se quiere transversal. Algunas posiciones de Trump y Le Pen, sobre el libre comercio por ejemplo, han sido una bandera de una cierta izquierda. Coinciden asimismo en la capacidad de conectar con los votantes de clase trabajadora industrial maltratados por la globalización. Y sintonizan en la afinidad con la Rusia de Vladímir Putin y el cuestionamiento del orden internacional liberal que ha prevalecido en las últimas décadas. Es la hora de los estados-nación, de los líderes fuertes, dicen, del nacionalismo frente al globalismo.

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Trump, en su aspecto más histriónico y provocador, se parece más a Jean-Marie que Marine. Pero también hay algo de Trump en la manera como el candidato de la derecha tradicional, François Fillon, agita teorías de la conspiración o apela al veredicto del pueblo para defenderse de investigaciones judiciales.

Hace un tiempo se hablaba de la lepenización de los espíritus para señalar como la ideología del FN contaminaba a políticos ajenos a este partido. Hoy la trumpización de los espíritus ha llegado a Francia.

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