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Bosnia no logra salir del limbo

Borja Lasheras relata en su último libro el estancamiento que vive la región del río Drina tras 22 años de tregua

‘Bosnia en el limbo’ retrata la vida rural del valle del río Drina, que divide Bosnia-Herzegovina de Serbia a lo largo de 206 kilómetros. El autor realiza un viaje nostálgico a la zona para intentar mostrar qué pasa cuando las guerras terminan y se van las cámaras. Cuando víctimas y verdugos se miran a los ojos. Las montañas escarpadas del paisaje escoltan caminos pedregosos con señales de advertencia de minas.

Dos niños esperan en un puesto de algodón de azúcar cerca de una mezquita reconstruida en julio de 2011 en Vlasenica, Bosnia.rn
Dos niños esperan en un puesto de algodón de azúcar cerca de una mezquita reconstruida en julio de 2011 en Vlasenica, Bosnia.

En Srebrenica ocurrió la masacre de 1995 de más de 8.000 varones musulmanes a manos de las tropas del entonces general Ratko Mladic. Ahora sus 15.000 habitantes conviven juntos pero no revueltos. La organización administrativa está fragmentada de la siguiente manera: hay dos autonomías, la República Srpska de Bosnia y la Federación croata-bosniaca, dividida en cantones.

La guerra de Bosnia concluyó en 1995 con la firma de los acuerdos de Dayton. Tan solo unos meses antes se produjo la masacre de Srebrenica. La peor en el continente europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Pero 22 años después de que terminase el conflicto, en el que murieron 110.000 personas, todavía no se han cerrado las heridas. Croatas, de mayoría católica, serbios, de mayoría ortodoxa, y bosniacos, de mayoría musulmana, no han llegado a un pacto nacional que asegure un futuro para Bosnia, sostiene el exministro de Exteriores y alto representante para Bosnia, Carlos Westendorp.

“Fue una guerra en la que religión fue solo un pretexto”, explica Westendorp, durante la presentación del libro Bosnia en el limbo este jueves en Madrid. Bosnia-Herzegovina, al igual que Eslovenia, Croacia, Serbia, Montenegro y Macedonia, nació de la fragmentación de Yugoslavia en 1991.

“¿Será Bosnia algún día un país?”, pregunta alguien entre la audiencia. Para Lasheras, Bosnia no tiene tradición de Estado. Algo que, sumado a un paro del 40% y el puesto 83 de percepción de corrupción en un ránking de 176 países, una baja participación democrática y el fracaso de la intervención de la comunidad internacional, hace que la sociedad esté presa de un conflicto de lejana solución.

La llamada primavera Bosnia de 2014 fue una oportunidad perdida para la Unión Europea, según explica Lahseras. El 4 de febrero de ese año, trabajadores de fábricas privatizadas del pueblo de Tuzla, al noreste del país, se manifestaron por una mejora de los salarios y las pensiones. Estalló la violencia y la indignación generalizada por tasas desorbitadas de paro, sumada a la corrupción sistémica, pronto hicieron que se expandiera a varias ciudades. Cuatro días después, la mayoría de disturbios cesó sin que germinara ninguna flor.

Frente a los aires de desunión en Europa y con la gestación del referéndum del Brexit, Bosnia-Herzegovina solicitó la entrada formal en la UE en febrero de 2016. Para Lasheras la situación en Bosnia es una metáfora de la película Blade Runner en la que pasado, presente y futuro conviven en conflicto. El avance tecnológico solo es posible en determinados lugares mientras que el resto se ve arrastrado por la decadencia. Bosnia tiene actualmente la tasa de desempleo juvenil más alta de Europa, según la ONU. Y debe descifrar “cómo seguir viviendo en un país donde ha habido un genocidio” pero que continúa estando en el limbo.

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