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El gran silencio de Joseph Ratzinger

La disminución de la fuerza física de Benedicto XVI, que cumple hoy 90 años, subraya la conveniencia de su histórica renuncia hace ahora 4 años

El papa emérito, Benedicto XVI, en una imagen de 2015.
El papa emérito, Benedicto XVI, en una imagen de 2015. AP

La mente permanece lúcida, pero las fuerzas, relatan quienes le ven habitualmente, apenas alcanzan para dar unos pasos acompañado de un andador. Cuando no era así, hace ahora algo más de 4 años, Joseph Ratzinger, el primer papa emérito, dio el paso al lado más importante que se recuerda en el Vaticano. Desde entonces, vive en el convento de monjas Mater Ecclesiae, a escasos centenares de metros del papa Francisco. Ambos visten prácticamente igual, pero Benedicto XVI lo hace retirado de la vida pública, en silencio y oculto, tal y como prometió. Hoy cumple 90 años.

Joseph Ratzinger (Marktl am Inn, 1927) es un anciano con dificultades físicas —incluidas de oído y visión—, que afronta la última etapa de su vida con una discreción absoluta. Se entretiene a diario leyendo dos periódicos alemanes, pero también L'Osservatore Romano (el periódico del Vaticano), L'Avvenire y una reseña de prensa que le prepara la Secretaría de Estado. Cada noche, mira un telediario y, cuando las manos no le fallan, todavía se sienta al piano para tocar algunas piezas. Hoy, día de su cumpleaños, le visitará su hermano Georg (93 años) y mañana, para no interferir en los ritos del Domingo de Resurrección, realizará una pequeña celebración al estilo bávaro, según ha contado a La Repubblica su secretario personal y mano derecha, Georg Gänswein, en la que también estará el primer ministro de Baviera, Horst Lorenz Seehofer. Todo está diseñado estos días para colmar su discreta felicidad.

Ratzinger lee varios periódicos al día, escribe cartas y a veces toca el piano. Pero su físico empeora y camina con un andador

Los útlimos días de Benedicto XVI en las silla de Pedro, sin embargo, fueron mucho más complicados. Acosado por los escándalos de pederastia y la incesante cascada de indiscreciones que emanaban del caso Vatileaks —propiciadas por la dolorosa traición de Paolo Gabriele, su secretario personal—, abrieron la tertulia global sobre los motivos de su renuncia. “Un pastor rodeado por Lobos”, le definió el siempre contenido L'Osservatore Romano. “Las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra y Dios parecía dormido, ..”, dijo él mismo en su despedida acudiendo al Evangelio. Agotado físicamente desde hacía meses, Ratzinger, el gran teólogo que en ocasiones pudo dar la impresión de estar más ocupado de las cuestiones del cielo que de las de la tierra, tomó de forma silenciosa la decisión más mundana que podía imaginarse. “Mi momento había pasado, di todo lo que podía dar”, reveló a Peter Seewald en las charlas que dieron pie en 2016 al libro/testamento Últimas conversaciones.

La renuncia , que apenas conocían cuatro personas, se fraguó en agosto de 2012. Más allá del agotamiento físico evidente, se habló entonces de presiones internas, de "cuervos" acechando y de un cierto acorralamiento. El padre Federico Lombardi, presidente de la Fundación Vaticana Joseph Ratzinger y portavoz del Vaticano durante el papado de Benedicto XVI y parte del de Francisco, rechaza de plano esa idea. “Lo de las presiones no tiene ningún fundamento. Cualquier persona de buen sentido se da cuenta de que si él sentía esa fatiga hace 4 años, ahora solo puede ser mayor. Tomó libremente la decisión, delante de Dios, pero con consideraciones muy evidentes y razonables. Se sentía cansado para hacer viajes, celebraciones, audiencias. Y eso se ha ido confirmando con el paso del tiempo. Fue una decisión del todo razonable, y el tiempo no hace más que confirmarlo”, insiste Lombardi, buen conocedor del periodo de transición entre ambos papas.

Justamente, entre las visitas que recibe a menudo Ratzinger  —incluido esta última semana para felicitarle el cumpleaños y la Pascua— ha sido relativamente habitual la del papa Francisco, con quien ha mantenido una fluida relación estos últimos 4 años, pese a la insólita situación que se creó aquella noche del 28 de febrero, cuando se hizo efectiva la renuncia. Nunca antes dos papas habían convivido a tan pocos metros. Jorge Mario Bergoglio le pide a menudo que rece por él e, incluso, le ha mostrado importantes documentos como la controvertida y avanzada exhortación apostólica Amoris Laetitia. Ratzinger, mucho más inclinado a la ortodoxia que su sucesor, nunca ha opinado públicamente sobre ninguno de estos asuntos, aunque sería fácil situarle en las antípodas de este nuevo estilo de pensamiento y gestión en el Vaticano.

La teoría de que reunció por presiones no tiene ningún fundamento. Cualquiera se da cuenta de que si él sentía esa fatiga hace 4 años, ahora solo puede ser mayor", sostiene el padre Federico Lombardi

Pero más allá de los motivos y del transcurso de su papado, su renuncia fue un moderno gesto que abrió una nueva vía. “Causó mucha impresión porque era nuevo. Pero con ello ha abierto un camino para poder tomar una decisión de este tipo de forma muy natural, sin que sea ya extraordinaria. Para sus sucesores, una valoración de esta posibilidad va a ser más fácil que para él. El papa Benedicto XVI reza por la Iglesia, todos le quieren, pero no interfiere para nada en su Gobierno”, señala Lombardi. Un silencio que extiende incluso los diarios con reflexiones personales, que según ha contado, también destruirá antes de marcharse.