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Análisis

Unas elecciones francesas muy españolas

Los paralelismos de Macron-Rivera, Iglesias-Mélenchon y Hamon-Sánchez son tan evidentes como el hielo que distancia a Fillon de Rajoy

Las elecciones francesas se disputan en España a medida de un juego de espejos. Macron se parece a Rivera. Iglesias se parece a Mélenchon. Y Hamon se parece a Sánchez. No tiene pareja de baile Le Pen. Y Fillon provoca embarazo en las filas de los populares, pero los comicios del domingo se han convertido en una caja de resonancia de la política española. Y en un estímulo más o menos oportunista para hacer campaña.

El candidato al Elíseo, Emmanuel Macron, el 17 de abril en París.
El candidato al Elíseo, Emmanuel Macron, el 17 de abril en París. Getty Images

MACRON-RIVERA. El paralelismo entre el líder de En Marche! y el líder de Ciudadanos es asombroso en la generación, la fisonomía y hasta en la ideología. Una vía de escape de la socialdemocracia hacia el liberalismo y una epifanía del extremo centro que aspira a pescar millones de votos en el gran caladero sociológico de la moderación. Se conocen Emmanuel Macron y Rivera. Han cotejado sus programas y sus ideas. Y tienen sus partidos hasta una relación orgánica, entre otras razones porque Luis Garicano, ideólogo de Ciudadanos en materia económica, ha asesorado a conciencia el programa de Macron. El golden boy de la política francesa, 39 años, reconocía hace unos días a El País que tenía magníficas relaciones con Ciudadanos y que el partido de Albert Rivera se parecía al suyo en "los valores y la idiosincrasia".

El peligro al que se expone Macron es el peligro al que ya se expuso Rivera, es decir, la posibilidad o la sensación de que su candidatura pueda estar sobredimensionada en las encuestas. Y que la pujanza de otros candidatos a derecha o izquierda malogre incluso sus opciones de llegar a la segunda vuelta. Como le ocurrió a Rivera, Macron es un líder sin partido. Lo apuesta todo a su novedad y su juventud.

MÉLENCHON-IGLESIAS. Esta vez, la izquierda española ha madrugado a la francesa. Y ha predispuesto un escenario político que conecta el auge de la Francia Insumisa con el impacto embrionario de Podemos. Quiere decirse que las opciones de Jean-Luc Mélenchon en la extrema izquierda han crecido gracias al camino que abrió Pablo Iglesias. Tanto en la expectativa de subordinar al Partido Socialista como en la ambición utópica de un programa que amalgama la tolerancia migratoria, la subida de impuestos, el incremento del gasto público, el refuerzo del funcionariado, el tope salarial de los ejecutivos, y la concepción de un Estado protector e intervencionista entre cuyas prerrogativas figura el control de los medios informativos privados.

Iglesias y Mélenchon son camaradas. Puestos a compartir, comparten hasta la devoción al chavismo. Y comparten el enemigo, o sea, el viejo dinosaurio del Partido Socialista, aunque las posibilidades del "sorpasso" en Francia se antojan mucho más seguras que en España. Mélenchon duplica, casi triplica, la intención de voto de Hamon. Y representa, como Iglesias, un caso de político carismático, personalista, dotado de pegada mediática y de cualidades oratorias.

HAMON-SÁNCHEZ. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que Pedro Sánchez presumía de una izquierda a la derecha. Por eso se retrató en camisa y vaqueros junto a Manuel Valls y Matteo Renzi, pero los avatares de su propia supervivencia le han conducido a aferrarse ahora a la candidatura de Benoît Hamon. Se antoja una apuesta perdedora, pero también ilustrativa de la pugna contra el aparato socialista que tratan de significar el candidato francés y el propio Pedro Sánchez. Los dos se erigen en representación de la militancia. Los dos sostienen que el Partido Socialista tiene que posicionarse mucho más a la izquierda, romper las amarras con las alianzas conservadoras. Y los dos acusan a su partido de haberse esclerotizado. Sánchez apoyó a Benoît Hamon en las primarias socialistas. Era su gallo, su equivalente transpirenáico. Y mantienen ambos una estrecha relación política. Otra cuestión es que Pedro Sánchez esté forzado a reconsiderarla a partir del domingo. Las encuestas conceden a su compañero una expectativa inferior al 8%. Y predisponen el hundimiento del Partido Socialista Francés a la quinta plaza. ¿Hubiera sucedido lo mismo con Manuel Valls de candidato? ¿Se equivocaron los militantes escogiendo a Hamon? Las dudas predisponen a la noche oscura del socialismo europeo y repercuten en la batalla por el control del PSOE.

FILLON-RAJOY. Con las mejores maneras y la más exquisita educación, François Fillon fue invitado a ausentarse del último congreso del PP (febrero). Habían trascendido las noticias de sus escándalos de nepotismo. Y se observaba a Fillon como un cuerpo extraño. De hecho, la familia popular española estaba dividida en dos candidatos cuando Los Republicanos celebraron sus primarias: o Nicolas Sarkozy o Alain Juppé. La victoria de Fillon tuvo un efecto desconcertante. El PP y Los Republicanos comparten el grupo parlamentario y pertenecen al Partido Popular Europeo, pero el candidato francés al Elíseo apasiona menos de cuanto lo hace Macron.

Es más, las alusiones positivas de Fillon a un referéndum de independencia en Cataluña provocaron estupefacción y enfado entre los populares, incitando una suerte de rectificación que habla por sí misma del hielo predominante entre Fillon y Rajoy.

Le Pen no tiene quien le escriba

R. A (París)

Cuatro de los cinco candidatos a la presidencia francesa tienen conexiones y equivalencias en España. Y Marine Le Pen no forma parte de ellos. No ya porque no existe al sur de los Pirineos un partido de extrema derecha tan fuerte como el Frente Nacional, sino porque la "internacional xenófoba" se ha concretado en la comunidad de vecinos que conforman Nigel Farage, la Liga Norte italiana, el movimiento de Geert Wilders en Holanda y otros exponentes del centro y el este de Europa donde prospera el nacionalismo y el rechazo a la Unión Europea.

El único contacto político del Frente Nacional al sur del Hexágono se ha formalizado con Vox en algunos foros, documentos y congresos, pero la precariedad de la formación española convierte la alianza en una cuestión anecdótica.

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