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Le Pen, la patrona de los perdedores de la globalización

La jefa del FN se erige como la protectora de la clase trabajadora frente a la inmigración y las élites

Marine Le Pen sube al escenario del mitin en Marsella, el 19 de abril.

No es el eslogan oficial, pero sí el que mejor define al partido y a la candidata. Lo corea el público durante el último mitin de Marine Le Pen, jefa del Frente Nacional, en Marsella, en el vivero de la extrema derecha que es el sureste de Francia. “¡Estamos en nuestra casa!”, gritan miles de personas esta noche en el ambiente febril de fin de campaña. Es un regreso a las raíces, a los fundamentales, por usar el vocabulario de los propios líderes del FN, al mensaje que de verdad galvaniza a las bases: la mano dura con los inmigrantes y la protección de las fronteras. “Yo seré la presidenta que os proteja”, promete.

Hay electricidad en la sala de conciertos donde se celebra la última kermés frentista de la campaña. Espontáneamente el público se arranca a cantar La Marsellesa. O vuelve, como un cántico en un estadio de fútbol, al on est chez nous: estamos en nuestra casa. Francia como un hogar al que "le han quitado las puertas y la ventanas”, dice Le Pen, y al que es necesario volver a poner un candado para impedir que entren “los ladrones” o se transforme en un “gran squat”, un gran terreno okupa.

Jean-Marie Le Pen, patriarca del partido y padre de Marine, con la que está enemistado, podría sentirse orgulloso. “Lo que su padre decía hace 40 años es lo que está pasando ahora”, dice entre el público Celia Gonfond, una mujer de Castellón que se casó con un camionero francés hace cuatro décadas y desde entonces vive en Francia. "Aquí se respetan las leyes de la República. Yo me integré", explica. Y cuenta una anécdota: “Una vez lo escuché en la radio a uno que decía: ‘Yo no obedezco a la República francesa, obedezco a Alá”.

Llega Marine —así la llaman: ni el apellido ni el nombre del partido aparecen en la escenografía del mitin— y la sala estalla. “He venido a Marsella para lanzar un mensaje de insurrección nacional, una insurrección de insumisos para devolver Francia a su pueblo”, anuncia. “El sistema se está desmoronando ante nuestros ojos”.

La candidata se presenta como la protectora benévola del territorio, la seguridad y el estado del bienestar

Las elecciones del domingo se plantean como el ahora o nunca, la oportunidad para darle donde más duele a “las élites”, a “la oligarquía”, a los “inmigracionistas” y a los que “están sometidos a la Unión Europea”. En definitiva, a quienes, al contrario que ella, no colocan “el interés del pueblo francés por encima de todo”.

¿Carismática? No. Lee sus discursos. Casi nunca se sale del guión. Le cuesta abandonar el tono crispado.

Pero nadie, con la excepción del izquierdista Jean-Luc Mélenchon, tiene un mensaje tan diáfano y contundente como el de Le Pen. Una palabra clave: protección. Le Pen promete que protegerá a los franceses desamparados ante las fuerzas de la globalización y la inmigración. Dice que protegerá la cultura francesa amenazada por una supuesta islamización. Y que protegerá el modelo francés, un estado del bienestar en aparente peligro por los recortes que impone el neoliberalismo salvaje.

Todo esto promete Marine Le Pen, y así sintoniza con una clase obrera que hace cuarenta años habría votado al Partido Comunista y que hoy, lo que queda de ella, puede lanzarse en brazos del Frente Nacional.

La líder de FN llama a una “insurrección” en las urnas ante “un sistema que se desmorona"

En 1981 el PCF ya hacía campaña contra la inmigración, “esta esclavitud moderna” que provocaba un aumento del paro y una degradación de las condiciones laborales. “Hay que parar la inmigración, la legal y la clandestina”, decía su líder, el prosoviético Georges Marchais. A los comunistas de entonces se les acusaba de ser “el partido de Moscú”, etiqueta que ahora recibe el FN de Le Pen, la candidata más próxima al presidente ruso, Vladímir Putin.

La evolución del FN es sutil, y, pese a las tensiones, no supone una ruptura con el partido que fundó el padre. Sí, Marine Le Pen se apropia de las banderas del laicismo y el feminismo como arma retórica contra el islam. O se postula como auténtica defensora de los valores republicanos de los que el partido original recelaba. La política económica de este partido, alineado en los ochenta con el liberalismo de corte reaganiano, tiene hoy un aire de familia con el populismo de izquierdas. Pero la especificidad de Le Pen es que conecta esta política de izquierdas con la política de la preferencia nacional: derechos sociales amplios, sí, pero sólo para los franceses.

Gonfond, la inmigrante de Castellón, cuenta que, para obtener su pensión de jubilación, después de trabajar 34 años en Francia, tuvo que llevar una carpeta llena de documentos, y se queja de que inmigrantes recién llegados cobran la misma pensión sin haber trabajado y sin pasar por la burocracia que a ella se le exigió. “Y cuando vamos a la farmacia, pagamos los medicamentos. ¿Y ellos, los clandestinos, no?”

Estado del bienestar y política de inmigración: todo está conectado, y aquí, nada ha cambiado. El FN sigue siendo el FN.

Prueba decisiva para la líder del Frente Nacional

Con la ventaja en los sondeos reducida, tras una campaña desdibujada y marcada por los asuntos judiciales que también a ella le persiguen, Marine Le Pen recupera el discurso contra la inmigración que está en el ADN del partido. Gira a la derecha para cubrir todos los flancos.

Su última propuesta estrella: una moratoria a la inmigración en cuanto gane las elecciones, una medida con ecos del cierre de las fronteras del presidente estadounidense Donald Trump tras llegar al poder en enero.

Las elecciones del 23 de abril y el 7 de mayo son la prueba quizá definitiva para ella. Su hora de la verdad.

En 2011 tomó las riendas de partido fundado por su padre, el viejo caudillo ultra Jean-Marie Le Pen. Se enfrentó a él y se enemistaron. Entonces ella puso en marcha una operación cosmética para modernizar al FN. Se trataba de desdemonizarlo, limpiar sus aristas más desagradables, todo aquello que le convierte en un partido paria, relegado en los aledaños de la vida democrática. En 2012 se presentó a las presidenciales, sin éxito.

Los sondeos prevén que el todos contra Le Pen frustrará sus aspiraciones en la segunda vuelta. Pero seguramente haya ganado la batalla de las ideas: la salida de la UE o la identidad francesa dominan la campaña.

Un nuevo fracaso puede ser el fin de su carrera política y la apertura de una batalla interna entre los partidarios de modernizar el partido, convertirlo en una formación más soberanista que de extrema derecha, y el ala ultra.

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