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Por qué una victoria de Le Pen no sería histórica para el feminismo

Las cuestiones de género han quedado al margen de la campaña, pese a que la candidata ultraderechista figure entre los favoritos

La candidata Marine Le Pen, en febrero en Nantes
La candidata Marine Le Pen, en febrero en Nantes AP

Cuando Ségolène Royal se presentó a las presidenciales francesas de 2007, se habló sin cesar del hecho de que una mujer pudiera conquistar el Elíseo. Lo mismo sucedió durante los comicios estadounidenses del otoño pasado, con Hillary Clinton como favorita (hasta que empezó el recuento). También fue objeto de debate en las primeras campañas de Angela Merkel, Michelle Bachelet o incluso Margaret Thatcher. Todas sus candidaturas se consideraron históricas. La de Marine Le Pen, en cambio, no. Las cuestiones de género han quedado apartadas de la campaña para las elecciones francesas, pese a que una mujer figure entre los favoritos para conquistar la presidencia (los últimos sondeos le dan entre el 21,5% y el 23% de los votos en la primera vuelta de este domingo). 

“La cuestión del género ha sido barrida bajo la alfombra. La ideología de Le Pen supone un obstáculo. Si nadie habla de este asunto, es por la familia política a la que pertenece”, señala Marlène Coulomb-Gully, investigadora en comunicación política y representación de género en la Universidad de Toulouse-Jean Jaurès. Ese silencio no impide ver que se trata de un asunto central para analizar su ascenso imparable. “Es una cuestión capital respecto a la notoriedad que ha alcanzado el Frente Nacional. Le Pen lidera un partido históricamente vinculado a valores viriles. Ser mujer le ha permitido abrirse a un nuevo electorado. Su feminidad ha sido un instrumento estratégico”, añade la experta. Las cifras no engañan. En 2012, durante su primera campaña en dirección al Elíseo, el resultado de la candidata fue prácticamente idéntico entre hombres y mujeres. Jean-Marie Le Pen, en cambio, solía registrar cinco o seis puntos de diferencia entre ambos.

No es ningún secreto que Marine Le Pen ha convertido su identidad de género en un punto principal de su argumentario. Minutos antes de que un ataque terrorista sembrara el pánico en París durante la noche del jueves, Le Pen pronunció estas palabras en la televisión pública: “Soy madre y tengo tres hijos. No quiero sentir una puntada en el estómago cada vez que me dicen que van de compras a La Défense, por miedo a que sean agredidos o se conviertan en víctimas del próximo atentado”. Argumentaba así la necesidad de expulsar del territorio francés a los individuos susceptibles de radicalizarse. Por un lado, exigía mano dura. Por la otra, lo hacía como madre de familia.

“La paradoja es que, pese a sus esfuerzos, se la siga percibiendo casi como a un hombre”, analiza la politóloga Mariette Sineau, especialista en política y género del Centro de Investigación Política (CEVIPOF) de Sciences Po. “Heredó de su padre no solo el partido, sino también algunas calidades intrínsecas: su retórica guerrera, su voz y hasta su aspecto físico. Marine es el hijo que Le Pen no tuvo. Si buscamos una explicación psicoanalítica, puede que se comporte como tal”.

La politóloga Frédérique Matonti, profesora en la Sorbona y autora del reciente ensayo Le genre présidentiel, apunta a otro motivo de peso para entender por qué no se trata a Le Pen como una mujer candiadata más. “Su recorrido profesional no tiene nada que ver con el del resto de mujeres en política. Ella no ha tenido ningún obstáculo. Heredó el partido de su padre, sin tener que batirse por cargos ni investiduras”, señala. “Además, usa su nombre de pila como una marca de fábrica omnipresente en su campaña y se apoya en su calidad de madre de familia para dulcificar una imagen violenta y brutal. Diría que, como candidata, reúne calidades propias de un hombre y de una mujer. En ese sentido, Le Pen es casi una candidata queer”.

¿Sería una eventual victoria de Le Pen un triunfo feminista? “Resulta evidente que no. Ella solo usa el feminismo contra una máquina de guerra contra el Islam”, responde Sineau. Tampoco Coulomb-Gully está de acuerdo: “Solo menciona la libertad de las mujeres cuando quiere condenar la religión musulmana. Para Le Pen, el feminismo es una máscara que le sirve para ocultar su xenofobia”. Cuando la candidata ultraderechista se desplazó al Líbano en febrero, se negó a ponerse el velo para reunirse con el gran muftí, Abdellatif Deriane, en un barrio musulmán de Beirut. El vicepresidente del Frente Nacional, Florian Philippot, vio en ese gesto “un magnífico mensaje de libertad y emancipación enviado a las mujeres de Francia y del mundo entero”. Sin embargo, un vistazo detallado a su programa –que, para empezar, solo cita la palabra mujer en dos ocasiones– permite descubrir otros matices.

Por ejemplo, Le Pen se opone a la paridad, que considera “opuesta a la meritocracia”. Y, pese a citar en sus discursos a la filósofa feminista Élisabeth Badinter o a Simone Veil, la ministra que legalizó la interrupción voluntaria del embarazo en la Francia de 1975, mantiene una postura ambigua al respecto. En 2012 llegó a denunciar “los abortos de confort”. Su partido también propone un “salario maternal”, que permitiría que las mujeres cobraran el 80% del sueldo mínimo durante tres años para poder criar a sus hijos. “En el fondo, defiende un retorno al entorno doméstico. Le Pen está interpretando un personaje muy alejado de lo que es. Si llega al poder, será una catástrofe para las mujeres”, concluye Sineau.

“¿Macron? Es hombre y mujer”

Tampoco los hombres han quedado al margen de la eterna problemática del género. En mayo de 2016, cuando preguntaron a Nicolas Sarkozy qué opinaba de Emmanuel Macron, el expresidente francés respondió: “Es un poco hombre y un poco mujer. Andrógino. Es la moda del momento”. Unos meses después, el candidato centrista desmentía su supuesta homosexualidad, mientras los rumores más improbables circulaban por París. “Macron transgrede una norma social y política, esa que dicta que la esposa nunca puede ser mayor que el marido. Eso es lo que hizo surgir esos rumores”, analiza Clément Arambourou, politólogo especialista en masculinidad en la Universidad de Burdeos.

Para Coulomb-Gully, observar a los varones que compiten por el Elíseo resulta interesante, porque constituyen “un abanico de todos los modelos de hombría”. “Frente a la masculinidad soft de Macron, François Fillon encarna al paterfamilias, el mejor representante del sistema patriarcal. Por su parte, Jean-Luc Mélenchon está dopado con testosterona. Se define como feminista, pero la animalidad le sale por los poros. Es un macho alfa indiscutible”, analiza.

Los comentarios sobre el físico de Macron han sido habituales. “Casi como si fuera una mujer”, apunta Coulomb-Gully. Matonti no lo comparte. “A él no se le llama por su nombre de pila ni se comenta su forma de vestir”, objeta. “Quien sí fue tratado como una mujer fue François Hollande. Se habló de su régimen, de su look, de su falta de autoridad y de su supuesta incompetencia. Es decir, todo lo que se recrimina a las mujeres”. La paradoja es que ganara las elecciones de 2012 encarnando una masculinidad “normal”, frente a los excesos viriles de Sarkozy. “Sí, pero desde entonces se ha producido una llamada al orden en términos de género. Se quiere que los roles estén bien definidos”, matiza Matonti.

No es casualidad que candidatos inscritos en una masculinidad más tradicional o hegemónica, como Fillon y Mélenchon, hayan reforzado sus posiciones en la recta final. “La virilidad tiene efectos sobre el carisma, porque se suele asociar a estereotipos como el voluntarismo, la autoridad y la combatividad. La dinámica positiva de Mélenchon respecto al candidato socialista, Benoît Hamon, que tiene una imagen más suave, puede estar ligada a eso”, analiza Arambourou. Si está en lo cierto, tampoco es casual que Macron concluyera su intervención televisiva del jueves, la última ante una audiencia formada por millones de personas, repitiendo dos veces esta frase: “Soy un guerrero”.