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La mujer que apagará su teléfono cuando acabe la guerra en Siria

Souad Benkaddour, una marroquí residente en Madrid, ha ayudado a cientos de sirios en su viaje a la soñada Europa

Souad Benkaddour el 7 de abril en Madrid.
Souad Benkaddour el 7 de abril en Madrid.

La primera refugiada siria que Souad Benkaddour ayudó llegó a la estación de autobuses de Méndez Álvaro, en Madrid, embarazada y con tres hijos. Souad, una mujer marroquí de 53 años, recuerda que ese día estaba de camino a Segovia con su familia. Unas vecinas madrileñas la llamaron para que tradujera a la mujer siria. “Le dije a mi marido que pegara media vuelta”, dice sentada en la terraza de un bar en la capital. La cita era a las cinco de la tarde, pero Souad estaba allí a las tres. Aunque su lengua materna sea el árabe, no entendía muy bien el acento sirio, así que le habló en fusha o árabe clásico. Aquel septiembre de 2015 no se imaginaba que terminaría por ayudar a más de 500 personas venidas de Siria, Palestina, Irak o Bangladesh. Y que su teléfono se convertiría en “la centralita” de infinidad de refugiados.

Souad y sus vecinas consiguieron que aquella mujer siria llamada Fayrouz y sus tres hijos pudieran continuar camino hacia la tierra prometida de aquel verano de 2015: Alemania. Habían llegado a Melilla en los bajos de varios camiones, pero esta vez viajarían en autobús a París. Descubrieron que había decenas de refugiados durmiendo en el parque frente a la estación de Méndez Álvaro y decidieron organizarse para sacarlos de la calle.

Souad Benkaddour ayudó a más de 500 personas llegadas desde Siria, Palestina, Irak o Bangladesh a continuar su viaje

Fue en esas fechas cuando la crisis de refugiados en Europa se agudizó. Y cientos de miles de sirios se agolparon a las puertas de las fronteras europeas para escapar de la guerra. Muchos optaron por ir por tierra, atravesando Túnez, Argelia, Marruecos y Melilla, pero para la mayoría España solo era un país de paso. Cientos de ONG recaudaron fondos para ayudarlos, pero también lo hicieron miles de ciudadanos, como lo hizo la ama de casa Souad. Según Eurostat, 2.975 sirios solicitaron asilo en España en 2016 mientras que en la Unión Europea fueron más de 300.000.

Ahí comenzó una cadena de favores que se ha mantenido hasta el día de hoy. La embarazada Fayrouz necesitaba que alguien la recibiera en la capital francesa así que Souad preguntó a amigos y familiares quién podía recibirla. Un conocido la fue a buscar a la estación y le dio cobijo. Antes de que se fuera, Souad dijo a aquella mujer que, si conocía a alguien que necesitara ayuda, le facilitara su teléfono. “Empecé a recibir 20 o 30 llamadas diarias”, cuenta.

Los cientos de historias con las que Souad se cruza tienen algo que ver con la suya propia. Recuerda que en la ciudad de Alhucemas, donde nació, no podía actuar con la libertad que quería. “Quería vivir con mis éxitos y mis fracasos, pero sin barreras”, añade. Siempre soñó con emigrar a un país liberal, donde las mujeres pudieran elegir cómo vivir. Fue entonces cuando su habilidad de ayudar a los demás comenzó a tomar forma. Decidió acompañar a chicas jóvenes embarazadas, que incomprendidas por sus familias y sin posibilidad de abortar, buscaban en ella apoyo y cariño. Al llegar a España, con 38 años, Souad respiró hondo: “Me sentí como soy: libre”.

La refugiada siria Halima Nordin junto a sus hijas en Saarbrüken, Alemania en el invierno de 2016.
La refugiada siria Halima Nordin junto a sus hijas en Saarbrüken, Alemania en el invierno de 2016.

Ese sentimiento de alcanzar por fin la meta es exactamente el mismo que tuvo la familia Kubani al pisar Saarbrücken, Alemania, explica la marroquí. Cuando salieron de Siria, eran 14 personas del mismo núcleo familiar. “En el camino fueron secuestrados en dos ocasiones”, cuenta Souad. Para cuando lograron entrar a Europa solo quedaba el padre, Ahmed, con una de sus hijas. Ahora, desde un lugar seguro, escriben por WhatsApp de vez en cuando para contarle cómo les va. Desde Saarbrücken también recibe fotos de la familia Nordin, cuyas niñas juegan por primera vez con la nieve. Al igual que los Kubani, sienten gratitud.

Souad no es religiosa, ni le gusta hablar de fe. Por eso, a veces surgen malentendidos.“Me dicen que solo me tienen a mí y a Alá. Yo les digo que entonces estoy a la altura de Dios”, ironiza. Aunque sirios y marroquíes comparten algunos lazos culturales, Souad jamás había conocido a un sirio en persona. “Ahora distingo de qué pueblo viene cada uno”, explica.

En la cadena de favores hay una base fundamental. Un refugiado ayudado por Souad debe ayudar a otro. “Les explico que cuando lleguen a su destino les esperará alguien del mismo modo que ellos tendrán que esperar a otro en el futuro”. La Cruz Roja también está en el círculo: llama a Souad cuando sale un autocar con refugiados desde Granada a Madrid. También lo hace la compañía de autobuses ALSA, cuando un refugiado llega a su taquilla y necesitan traductora. El teléfono no para de sonar.

El acuerdo que la UE firmó con Turquía en marzo de 2016 ha reducido drásticamente el número de migrantes que logran entrar a Europa

La dedicación casi exclusiva de Souad a los refugiados le ocasionó cierta discordia en su casa. “Cuando estás en la estación no estás aquí. Pero cuando estás, tu cabeza está con los refugiados”, le dijo el verano pasado su marido. Souad iba de lunes a lunes a la estación y su teléfono sonaba las 24 horas. A veces lo apagaba y cuando lo volvía a encender tenía decenas de llamadas perdidas. “No pude devolver todas las llamadas, pero llegó un punto en que tuve que aprender a compaginarlo con mi familia”.

Su teléfono empezó a sonar menos por una decisión de Europa. El acuerdo que la UE firmó con Turquía en marzo de 2016 ha reducido drásticamente el número de migrantes que logran entrar a Europa. También en Méndez Álvaro pasaron de llegar cientos a 50 diarios, meses después. Hoy en día, Souad ha dejado de ir a la estación, pero sigue recibiendo llamadas, traduciendo y organizando alojamiento y ayuda a todo aquel que la necesita.

“No me arrepiento de haber dado mi tiempo y mi vida a esta causa”, reflexiona. La mujer, que no tiene claro si definirse como activista, dice sentirse realmente plena cuando ayuda a los demás. Actúa sola, por instinto, con independencia. Pese a que ha acompañado a cientos de personas, a veces se plantea si podría haber ayudado a más gente. Son pequeñas dudas que parecen asaltarla, pero inmediatamente llega un mensaje de voz a su móvil: “Salam Alaikum, Souad. Necesitamos tu ayuda”. Y ella responde casi de forma automática. Sigue con la conversación como si nada y concluye: “Apagaré este móvil cuando se acabe la guerra en Siria”.

El proyecto The New Arrivals está financiado por el European Journalism Centre con el apoyo de la Fundación Bill & Melinda Gates.

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