Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Montenegro, el país diminuto que desafía a Putin

La nación balcánica aprueba su adhesión a la OTAN pese a la fuerte oposición de Rusia

Rusia ha sufrido un serio revés en los Balcanes después de haber expandido con éxito su influencia en la región durante los últimos años. Montenegro, un país diminuto de apenas 650.000 habitantes, ha aprobado su adhesión a la OTAN pese a las intentonas de Moscú, uno de sus aliados históricos, de que se mantuviera neutral. El nuevo miembro se une a un club que hace menos de 20 años bombardeó su territorio durante la guerra de Kosovo. Se trata de un enérgico portazo al pasado en un lugar que todavía arrastra los rencores de la última contienda europea.

Manifestantes queman una bandera de la OTAN, el viernes pasado
Manifestantes queman una bandera de la OTAN, el viernes pasado AFP

El ingreso, que se formalizará a finales de mayo, fue votado el viernes en el Parlamento montenegrino por 46 de los 81 diputados, la mayoría del partido en el poder. El grueso de la oposición, que exigía un referéndum, intentó boicotear la votación y organizó una protesta en la puerta, secundada sobre todo por los partidos prorrusos y proserbios. Los manifestantes quemaron banderas de la OTAN y tildaron a los aliados de “organización terrorista” que había atacado a su país.

La aportación militar de Montenegro a sus nuevos aliados no es gran cosa —tiene 2.000 militares, mucho menos efectivos y no mucho mejor armados que la policía de una ciudad media española—. Sin embargo, con el mapa en la mano, se trata de un golpe maestro. Los aliados pasan a controlar toda la costa del Adriático, desde Eslovenia hasta Grecia, lo que tiene implicaciones importantes sobre la seguridad en el Mediterráneo y el sur de Europa. Además, suman el puerto de Kotor, el principal del país, un antiguo anhelo ruso por su privilegiada situación para controlar el tráfico marítimo.

Intento de golpe de Estado

Como era de esperar, Rusia ha lamentado la decisión. La portavoz del Ministerio de Exteriores, María Zajarova, dijo que se trata de “un ingreso artificial” que alerta de la situación política y militar en Europa. “Se llevó a cabo sin considerar la opinión de los ciudadanos”, lamentó. Hay quien considera que el Gobierno de Vladímir Putin intentó alterar el rumbo de Montenegro (13.000 kilómetros cuadrados de extensión) con algo más que palabras. En noviembre del año pasado, el fiscal Milvoje Katnic dijo haber abortado con la detención de una veintena de personas un intento de golpe de Estado que incluía el asesinato de primer ministro, Milo Dukanovic.

El fiscal sostuvo que dos nacionalistas rusos lo habían planeado todo, aunque eso no demuestra necesariamente que Moscú estuviera detrás de lo ocurrido. La revelación, sea cierta en parte o en su totalidad, demostró más bien la inestabilidad del país.

Tim Judah sostiene que la decisión de Montegro responde a la necesidad de blindarse de una injerencia extranjera, en este caso de Serbia, no de Rusia. El analista más reputado de los Balcanes explica por teléfono que un buen número de los que se oponen a la entrada en la OTAN son nacionalistas serbios, los mismos que se opusieron en 2006 a la independencia. “No quieren que les pase como a Ucrania con Rusia. Ahora mismo Serbia no es una amenaza para ellos, pero quién sabe si lo será en 10 años”, añade Judah.

De todos modos, Rusia no cortará de raíz sus relaciones con Montenegro. Los rusos no necesitan visado en este país y veranean masivamente en sus playas, donde han hecho grandes inversiones inmobiliarias. Borja Lasheras, director de la oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), cuenta que la estrategia rusa pasa por magnificar la decadencia de Europa y revolver las discrepancias de la guerra, pero si los líderes balcánicos decidan unirse a Occidente, el plan cambiará. “Los rusos seguirán manteniendo lazos importantes con las élites de estos países, como Montenegro, e intentará influir en Europa desde dentro del sistema, como un caballo de Troya”, acaba Lasheras.