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El espejo del Ródano

El dinamismo de Lyon, su Estado de bienestar y su adhesión a la globalización identifican la victoria y el modelo reformista del líder de En Marche!

Emmanuel Macron saluda al alcalde de Lyon, Gérard Collomb, este febrero. Ampliar foto
Emmanuel Macron saluda al alcalde de Lyon, Gérard Collomb, este febrero. REUTERS

Los rascacielos de cristal y el bullicio de las calles identifican el tercer distrito de Lyon en las puertas de la estación ferroviaria. Aquí obtuvo Macron el 32,56% de los votos en la primera vuelta. Y aquí se localiza el laboratorio urbano y sociológico donde el líder de En Marche! pretende encontrar la fórmula secreta de la prosperidad francesa.

El mérito no es suyo, sino del alcalde, Gérard Collomb. Lleva en el cargo desde 2008 y se convirtió en la primera autoridad iconoclasta del socialismo que se atrevió a modular del dogmatismo al pragmatismo. Tanto le etiquetan de reformista social como de liberal camuflado, predisponiendo por idénticas razones la ambigüedad ideológica que ha ocupado el instinto de Emmanuel Macron en el caladero del extremo centro.

Y no es cuestión de reclamar al futuro presidente de Francia ulteriores pruebas de paternidad -Le Pen no tiene dudas de que es hijo de Hollande-, pero la proyección de Macron hacia el Elíseo se antoja inconcebible sin el papel adoptivo de Collomb. No solo porque fue el primer alto cargo del PS que le prometió el voto, sino porque le descubrió que Lyon era el retrato de su propia idiosincrasia política.

El tercer distrito es un ejemplo de dinamismo, de hedonismo y de cosmopolitismo. Un barrio de clase acomodada en el que proliferan las profesiones liberales y en el que se han arraigado diferentes multinacionales. Pesa en Lyon la industria farmacéutica y se ha consolidado la compañía tecnológica china Huawei, tanto por las conveniencias fiscales y profesionales como porque las relaciones de la ciudad francesa y El estado asiático se remontan a la apertura de una universidad de estudios sinólogos en 1921.

Era la primera institución académica que China inauguraba en Occidente. Y era el motivo simbólico por el que el presidente Xi Jinping empezó en Lyon (2014) su viaje de Estado a Francia. Collomb se ocupó de agasajarlo y de impresionarlo con las ambiciones de la metropole. Un área de 600 kilómetros cuadrados. Una concentración de 1,3 millones de personas. Una tasa de desempleo inferior al 10%. Una red de 7.000 empresas. Una aglomeración administrativa -la ciudad, el departamento, los municipios aledaños- que aspiraba a desquitarse del centralismo jacobino de París

Gérard Collomb cree en la revolución tecnológica, en la globalización y en Europa. También ha creído en Macron y forma parte de los ideólogos que participaron en el embrión del movimiento En Marche!. Estaba entre los poquísimos amigos de Macron que celebraron en París la victoria de la primera vuelta, pero la edad (70 años) y las obligaciones adquiridas en Lyon le han disuadido de convertirse en ministro.

"El macronismo existía antes siquiera de que Macron lo conociera", explica el analista Luc Rosenzweig. "Fue aquí, en Lyon, donde se produjo la alianza histórica de la socialdemocracia con el mundo empresarial y donde se convocó a la sociedad civil para involucrarse en la gestión de la ciudad. Gérard Collomb hizo de Lyon una ciudad próspera, de vocación internacional, atractiva para los inversores y las empresas, pero al mismo tiempo confortable para los vecinos. Macron es el heredero espiritual de Collomb. Y le debe a él y a Lyon el camino de la victoria".

Mítin de Emmanuel Macron en Lyon, el pasado 4 de febrero.
Mítin de Emmanuel Macron en Lyon, el pasado 4 de febrero. AFP

No es que Lyon se parezca a Macron. Macron se parece a Lyon, suscitando una identificación política y alegórica a la que han cooperado los vecinos lioneses con la euforia de la primera vuelta. Concedieron al mesías en toda la ciudad el 30,31% de los votos, muchos más de cuantos redujeron a Le Pen (8,86%) a un papel de comparsa.

Es más, el fervoroso impulso "urbanita" garantizaba al golden boy la victoria en la región del Ródano-Los Alpes, del mismo modo que rompía la soberanía lepenista en la línea fronteriza del Este. Macron abría una brecha en la muralla de Marine.

"Creo que mi generación se identifica bastante con el líder de En Marche!", nos explica Sylvie en un bistró del centro. Tiene 34 años, trabaja en la cadena Euronews. Y desdobla la atención entre el portátil y la ensalada. "Me gusta su optimismo, su dinamismo. Me parece que entiende mejor que ningún otro político el mundo en que nos encontramos. No hay que temer la tecnología ni la revolución digital. Es mejor asimilar los cambios que oponerse a ellos. Macron representa una mirada nueva".

La vitalidad de Lyon se reconoce en su efervescencia cultural, en su calidad de vida y en su posición hegemónica de la cocina francesa. Acaba de inaugurarse la ciudad de la gastronomía a iniciativa del ayuntamiento y del empresariado de hostelería, redundando en un equilibrio del savoir vivre que sepulta el discurso del miedo de Le Pen en cuestiones de xenofobia o de aislacionismo. Podían irle mejor las cosas al equipo local, el Olympique, del mismo modo que se agradecerían inviernos menos crudos y húmedos, pero Lyon se ha convertido para Macron en un camino alternativo a la utopía y en una ciudad cuyas aguas le tientan con el narcisismo.

Por la gloria de Charles de Gaulle

La campaña presidencial de Macron  empezó a tomarse en serio cuando el líder de En Marche! reunió en Lyon cerca de 10.000 personas el 4 de febrero de 2017. Quedaban 80 días para el desenlace de la primera vuelta y empezaba a fraguarse la síntesis ideológica -"lo mejor de la derecha, lo mejor de la izquierda"- que hizo evocar a Macron la figura de Charles de Gaulle. Tenía sentido referirse al "general" en cuanto figura conciliadora, sintética, sincrética, pero la apropiación de la memoria gaullista fue interpretada por diferentes medios como una insolente bravuconada.

Emmanuel Macron no se retractó. Sus citas a De Gaulle han sido recurrentes en la idea del rassamblement. Y le han servido para saltarse el linaje directo de Hollande, como si se avergonzara de haber sido delfín del presidente socialista. Nunca un presidente francés ha sido tan joven como puede serlo Macron. Giscard cumplió 49 antes de ingresar en el Elíseo. Macron podría entrar con casi la mitad de los años que tenían Mitterrand y De Gaulle al marcharse del palacio presidencial.

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