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Las letras del vecindario

La presencia de las FARC en la Feria del libro de Colombia es indignante

Un vecino en el edificio donde vivo siembra árboles. Envidio su enorme jardín desde donde interpreta cómo se vive en la Bogotá de estos días de climas cambiantes. Es filósofo y experto en semiología y sicoanálisis. Debo preguntarle cómo entiende las señales que envía el alcalde Enrique Peñalosa al decidir disminuirles el subsidio de transporte a los discapacitados, a los de la tercera edad y a los más pobres, a los más impedidos. Son 955 mil los afectados. El ahorro es de 200 mil millones al año, unos 68 millones de dólares.

Debe tener alguna teoría dentro de sus imaginarios urbanos para ayudarnos a comprender esa relación que construye la ciudad con sus ciudadanos, tratados como de tercera. Pero la verdadera razón es que se trata de una acción que castiga a la administración anterior, la de Gustavo Petro, al tiempo que castiga a los más necesitados en nombre del déficit en el sistema “desintegrado” de transporte de la capital colombiana.

Mi vecino se llama Armando Silva y además escribe libros. Me dejó uno sobre las nuevas sexualidades del siglo XXI, que se revelan cada día en contra de los discursos homofóbicos. Hace apenas unas horas desde un piso 13 en otra zona de Bogotá, dos jóvenes saltaron al vacío. Se investiga si además pertenecían a una de esas tribus urbanas que crecen a las espaldas de los adultos.

Se llama La mierda y el amor, el libro. Aún no lo leo. Pero lo haré tan pronto termine de encontrar explicaciones en los muchos que han salido a las editoriales sobre por qué no cae el régimen de Nicolás Maduro.

Por la cuadra donde vivo se ven recientemente venezolanos desempleados. Me he encontrado con dos en una sola semana. No era común. No llevan libros bajo el brazo ni aparatos electrónicos. Cargan un morral y ya no les da pena pedir algo de ayuda para el sustento diario. Son profesionales, es lo primero que dicen al acercarse tratando de que quien los oiga no tema. Para no ser confundidos con atracadores. Quieren explicar por qué abandonan su patria, sus raíces.

Caminan por una cuadra donde recientemente y a cada tanto abren un nuevo restaurante, de esos amables, pequeños, deliciosos y costosos, a pesar de que como ocurre en las economías crecientes, los expertos dicen que el precio de los alimentos jalonan la inflación, que en Colombia en 2016 cerró en 5.75 por ciento y el primer trimestre de este año va en 2.52 mientras que en Venezuela supera el 720 por ciento.

En estas semanas de feria del libro en Colombia no fueron los youtubers o booktubers los que concentraron mi atención. Lo hizo mi vecino Armando, Venezuela, además del general Óscar Naranjo, ahora vicepresidente, en una gran entrevista de Julio Sánchez Cristo. Y me indignó la presencia de las FARC en ese escenario encuentro con las letras, que fue usado por los guerrilleros, en proceso de desarme, “para socializar” los acuerdos alcanzados con el gobierno para poner fin al conflicto armado en Colombia. Socializar, ese es el término admitido para recorrer los espacios públicos y privados sin una orden de captura.

Usan los medios y usaron la feria del libro para seguirse justificando, para exponer su arrogancia, su rabia contra todos. Pero los jóvenes, cientos, prefirieron agolparse, frente a la buena literatura de V.S. Naipul, ahora hecha en fragmentos, y retratado magistralmente en una entrevista de Berna González Harbour aparecida en Babelia en 2015. Los guerrilleros de las FARC piensan que sus vidas también merecen ser leídas y sus canciones ser cantadas y aplaudidas.

Creo que sus vidas deben ser leídas sí y sus canciones escuchadas también, pero cuando nos digan algo sobre el respeto mínimo al otro. Cuando nos hablen de humildad y dignidad como la del venezolano que pide plata con un diploma encima porque no quiere morir aplastado por el tanque de la represión, cuando le canten a la diferencia de dos jóvenes que quieren amarse sin ser juzgados.

Le pregunté al semiólogo qué significa socializar y me explicó que en el contexto de las FARC aún es “especulativo porque sus discursos siguen siendo prepotentes y por eso los imaginarios de la paz están rotos. Se quiere la paz y no se quiere a Santos, el gestor de algo tan importante, y ese no afecto por el presidente se debe a que le pasan la cuenta de cobro por la forma como actúan las FARC”. Y sin embargo, algo tan obvio, parece no entenderlo el Gobierno, que sigue rendido a los pies de quien lo maltrata.

Yo quiero leer de sus vidas cuando sean capaces de perdonar y arrancarse del alma el discurso que usaron para mantenerse en guerra, en esa guerra que fue tan dura para ustedes como para nosotros y especialmente para las víctimas.

Ojalá no sigan usando la palabra reconciliación para burlarse de una sociedad y un Estado al que deberían estar agradeciéndole las tejas donde hoy se protegen de la lluvia y que les salió a deber. No sé si algunos de los guerrilleros de las FARC que caminaron por la feria guardaron en su memoria la imagen de colombianos que no los abuchearon y por el contrario aceptaron su presencia. Eso es generosidad.

Por ahora esa no es la literatura ni la música para el alma. A mí, por lo menos, se me hace imposible de comprar.