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ANÁLISIS

Socio-liberal, pero nada neoliberal

La pretensión de Macron se emparenta más con la experiencia escandiva que con las proclamas de Reagan o Thatcher

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Emmanuel Macron durante un acto de la campaña en Chatellerault, el 28 de Abril. AP

En la tradición estatista francesa, proclamarse liberal —o sus distintos énfasis: socioliberal o socialista liberal— es herejía. Pocos copiarían la fe “socialista a fuer de liberal” de un Indalecio Prieto, aunque ese sea el perfil de iconos como Pierre Mendès-France o Jacques Delors.

Por ello, al liberal se le tilda de su caricatura extrema, neoliberal: el partidario de achatarrar la Administración (salvo la militar), de aplanar la inversión pública, de encoger la protección social, de destruir los sindicatos, de impuestos hacia cero.

La pretensión de Emmanuel Macron, según su programa —en el que han colaborado profesores de izquierda cabal como Jean Pisani-Ferry—, se emparenta más con la reciente experiencia escandinava que con las proclamas neoliberales de Ronald Reagan o Margaret Thatcher.

Esa experiencia consistió en imprimir una gran racionalización liberal al modelo socialdemócrata: alisando sus aristas, aligerando la burocracia excesiva y las subvenciones redundantes, aplicando flexiseguridad (seguridad; también flexibilidad) al modelo laboral en un mundo posindustrial.

Del catálogo de medidas propuestas —un policy mix ni despilfarrador ni austeritario—, tres destacan por su impronta reformista. Una es el adelgazamiento vegetativo de la pesada maquinaria administrativa: en 120.000 funcionarios durante cinco años, que junto a otras —más cuantiosas— reducciones de gasto ahorrarían 60.000 millones de euros. Se reduciría a la mitad el exceso del peso público sobre la media comunitaria y contribuiría a cumplir el objetivo (inventado por Francia en los primeros ochenta) de un déficit del 3% del PIB.

Para muchos, blasfemia, pero eso facilitaría la segunda medida clave: sustituir (¡no abolir!) gasto-menos-útil por inversión keynesiana. O sea, unos 50.000 millones para ámbitos aún poco explorados: la “transición ecológica”, la revolución digital, la modernización de los servicios públicos y la mejora de la capacitación profesional.

La tercera es el impulso al empleo: reduciendo cotizaciones sociales, subiéndolas a las empresas precarizadoras, universalizando el seguro de desempleo. Y, sobre todo, activando el aprendizaje y la formación dual (escuela/empresa, a la alemana), para rescatar a más de un millón de jóvenes. Pues más del 17% de los menores de 29 años son ni-nis, y la temporalidad quintuplica a la británica.

Será discutible la (menos redistributiva) reforma tributaria o la (poco radical) de las (disparatadas) jubilaciones. Pero ¿neoliberalismo? Lean el programa. Leamos.

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