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Macron, espejo y modelo

La elección francesa ha frenado en seco la oleada populista y antieuropea que empezó con el ‘Brexit’ y culminó con Trump

Elecciones Francia Ampliar foto
Emmanuel Macron, en París, el pasado 8 de abril.  Magnum Contacto

Europa ha respirado aliviada. Como solo lo hace alguien que acaba de escapar de una amenaza pavorosa, quizás de un peligro de muerte. El tercer golpe en menos de un año podía ser el definitivo.

Fue duro el Brexit, cuando una mayoría de británicos decidieron terminar con una relación de 44 años, en la primera ocasión de la historia en la que la Unión Europea no iba a aumentar la familia sino a decrecer. Tan dura o más fue la victoria de Trump, un auténtico Usexit, cuando la superpotencia fundadora del actual orden internacional al término de la Segunda Guerra Mundial decidió declararse perjudicada por la globalización y dispuesta también a levantar fronteras, expulsar extranjeros y restringir su acción exterior al estricto egoísmo que predica el American first de la campaña presidencial; en definitiva, una auténtica desconexión para el mundo occidental y una reversión de alianzas que situaba a Putin como preferencia frente a una Europa que Trump prefería desunida y debilitada.

En cada ocasión hubo sorpresa e incredulidad ante un resultado tan adverso para el conjunto de los europeos como para cada uno de los países socios. Venimos de un pasado tan conformista y previsible, construido en la estabilidad y la seguridad que da la denostada ausencia de alternativas a la globalización, que a muy pocos podía pasarles por la cabeza un quiebro tan desfavorable y por partida doble, primero en el referéndum del Brexit del que Cameron se creía vencedor y luego en las elecciones estadounidenses en las que la mujer más preparada de la historia, Hillary Clinton, parecía tener la plaza asegurada.

Las dos sorpresas consecutivas convirtieron en verosímil lo que hasta ahora se había considerado imposible, como es que alcanzara la presidencia de la República Francesa una fuerza de extrema derecha, con un impresentable pedigrí que surge de los años más negros del nazismo y de la barbarie de la guerra colonial en Argelia. De manera que ahora se ha producido el efecto inverso, mezcla de sorpresa y de alivio, identificado con la extraña figura de Emmanuel Macron, un auténtico meteorito, que ha dejado tras de sí un reguero de viejos políticos derrotados, a derecha e izquierda, empezando por los candidatos de los dos grandes partidos y vencedores de sus respectivas y desastrosas elecciones primarias, el conservador François Fillon y el socialista Benoît Hamon.

Macron ha cambiado el paso de la marcha de los tiempos de forma imprevisible, pero bien pudo suceder lo contrario. Le Pen tenía enfrente una incógnita, un político de 39 años con mucha ambición y audacia, pero sin un partido detrás, sin experiencia electoral, de cortísimo currículo público, y para postre estigmatizado ante las fuerzas antiglobalización por sus provechosos años como banquero de negocios con la Banca Rothschild, como representante ejemplar de la casta financiera culpable de la crisis. Si la extrema derecha francesa quería una oportunidad para tumbar el sistema de turno republicano entre la derecha de matriz neogaullista y la izquierda socialista, esta aparecía ahora con la elección presidencial. La ha perdido rotundamente, sin que sirva de paliativo la fuerte progresión en votos respecto a anteriores elecciones.

La gesta inesperada de Macron tiene trascendencia europea y global. De Francia llega, una vez más, como ha sucedido tantas veces en la historia, un mensaje con pretensiones de universalidad y ejemplaridad. Su elección ha cortado en seco el ascenso de los populismos en el campo de batalla decisivo. Que haya pasado este peligro no significa que todo peligro haya pasado. Las fuerzas de la regresión están ahí y ahí seguirán si nadie hace nada por desarmarlas y por hurtarles el motivo de su revuelta. Pero esta victoria europeísta y liberal marca en el peor de los casos un respiro y en el mejor de todos un cambio de tendencia.

Es una auténtica gesta francesa, con las obligadas pretensiones históricas de ejemplaridad y universalidad

No se ha producido el mortífero tres en raya —Brexit, Trump, Marine Le Pen—, pero la llegada de Macron al Elíseo es también la respuesta francesa y europea a la deserción anglosajona del orden global internacional y europeo del que Londres y Washington eran socios principales y fundadores. Como en otras ocasiones en la historia, Francia aprovecha el hueco, aunque en este caso con la bandera europea por insignia, para reequilibrar la globalidad averiada primero por la crisis financiera y ahora por la rendición nacionalista de estadounidenses y británicos. Una vez librada y ganada la batalla en Francia, ahora corresponde librarla y ganarla, primero en Europa, convenciendo a Alemania para que relaje su sacrosanto rigor económico, y luego desde Bruselas en la escena internacional, devolviendo a los europeos el lugar que les pertenece como jugadores globales, a la par con las grandes potencias, Estados Unidos, China y Rusia. Vasta tarea, en palabras gaullistas.

Hay una palabra que define esta hazaña: panache, que significa penacho, pero también es brío, resplandor, arrogancia, las virtudes de tantos héroes legendarios de la Francia perenne, como Cyrano de Bergerac o Charles de Gaulle. Macron lo tiene y en dimensiones colosales. Su fulgurante victoria le ha convertido en modelo y espejo para todos, al menos en Europa. Hasta llegar incluso al exceso. La audacia, la resolución y el sentido de riesgo volverán a estar de moda, después de una larga época en la que eran la timidez, el quietismo y la seguridad los que daban réditos a los gobernantes. Macron, que no es populista, ha buscado al populismo en su propio campamento para arrebatarle las enseñas y ganarle ahí mismo la partida. El mayor peligro que le acecha es el que erosionó la imagen impecable de Barack Obama, unas expectativas excesivas de fácil decepción.

También ejemplar es su dominio del relato nacional, perfectamente aplicable a otros países europeos, como España, tan huérfanos de narrativa, tal como ha explicado en una larga entrevista con Éric Fottorino. “Hace falta encontrar el hilo de la novela francesa. Yo creo en la novela nacional. Quiero explicar lo que somos, qué es el país, refundar la armadura económica, social y política, invocar otra vez un discurso cultural e intelectual que se ha perdido”. Para Macron, esta tarea de narrativa política aparentemente tan nacionalista no pertenece al nacionalismo y corresponde, en cambio, a “la capacidad de transformar el sueño francés en sueño europeo”.

La proeza de Macron es también una victoria de la esperanza sobre el miedo. Europa aparece agarrotada por un deseo de muerte, una auténtica atracción por el abismo que tiene en su fondo la desaparición de su proyecto de unificación y el regreso al mapa cuarteado de las viejas naciones sin tamaño ni fuerza para enfrentarse solas a la globalización. Esta es una pulsión que surge sobre todo en los extremos, pero prende fácilmente entre los intelectuales y los periodistas, capaces de deleitarse en la persistencia de un fracaso que nunca termina. Macron la combate y él mismo se presenta como el antídoto. Esto no ha hecho más que empezar.

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