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La lucha por la tierra de los indios gamela

El violento acoso de hacendados blancos está expulsando a esta tribu brasileña del territorio de sus ancestros

Un grupo de indios de la etnia gamela se reúnen en la aldea Cajueiro Piraí, en Viana.
Un grupo de indios de la etnia gamela se reúnen en la aldea Cajueiro Piraí, en Viana.

El domingo 30 de abril, a las cuatro de la tarde, estalló la guerra en Viana, a 200 kilómetros de la capital del Estado de Maranhão, al noreste de Brasil. Los indios gamela la estaban esperando. Ese día, 30 de ellos ocuparon una finca de unas 22 hectáreas. Esa extensión, como otras, pertenecía a sus antepasados, argumentaban, y no a los agricultores que poseen ahora las tierras y los animales de las granjas. En cuanto llegaron los agricultores, comenzó la batalla. Los indígenas aseguran que solo tenían flechas. Los granjeros, escopetas y rifles. Se contaron decenas de heridos, muchos de ellos de bala. Cuatro siguen en el hospital. Dos indígenas acabaron con las manos casi arrancadas a navajazos.

Estos detalles sacudieron al resto de Brasil. No necesariamente por lo violento (que también, pero la sensibilidad brasileña está ya un poco más encallecida que la española), sino porque era un recordatorio de un mal endémico en la primera potencia latinoamericana.

En las calles de Viana, un municipio pobre de 50.000 habitantes donde unos pocos coches se disputan el paso por el suelo de arena con los burros sueltos, nadie olvida lo que vio aquel día. Tampoco les sorprende mucho. Los gamela comenzaron a finales de 2015 a ocupar las tierras de la zona y ahora cuentan ya ocho terrenos donde antes había no-indios. Era cuestión de tiempo que alguien intentase pararles los pies con violencia. Con lo que no contaban es que fuera así. "Aquello no fue un encontronazo, fue una masacre", alerta Francisco Gamela, de 60 años, uno de los líderes de los indígenas. En eso también coinciden en el otro bando. Maragerete de Jesus cuenta que su marido, Domingos Gomes Rabelo, está aún en el hospital tras la paliza que recibió. "Él fue a negociar, porque conoce a alguno de los que se dicen indios y fue atacado", recuerda. "Le cogieron y le dieron con una pala en la cabeza. Recibió disparos en las manos y en las piernas. Mi hijo intentó ayudar y también fue agredido. Después hicieron lo mismo con mi hermano y mi marido".

Aquí aún quedan 896.000 indígenas, según contó en 2013 el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, en una población de 200 millones, pero las políticas a su favor están en su punto más débil. En Brasilia, los parlamentarios que representan el negocio de la agricultura (los ruralistas) intentan evitar que las tierras más fértiles sean declaradas como patrimonio indígena. No es que sea nada es nuevo: lo es el desinterés del actual Gobierno de Michel Temer, que parece haber renovado las fuerzas de los ruralistas. Por ejemplo, el Ejecutivo remoloneó durante siete meses para nombrar a un director de la Fundación Nacional del Indio (Funai), el órgano de gobierno responsable del cuidado de los indios brasileños y de la demarcación de sus tierras. Lo hizo en enero de este año. Hace pocas semanas lo despidió porque no se entendía con los parlamentarios. Solo estuvo cuatro meses en el cargo. "Los ruralistas han asumido el control de la cuestión indígena brasileña", bufó aquel día.

Indios gamela, en la aldea de Cajueiro Piral, en Viana.
Indios gamela, en la aldea de Cajueiro Piral, en Viana.

"La Funai está rota. Ya murió, nuestra madre. La mataron ellos. Solo queda el nombre", alerta Davi Kopenawa, el representante de los yanomami, que hace poco denunció ante la ONU la situación de los suyos. También recuerda que la fundación lleva tiempo sufriendo recortes en su presupuesto, resultado de la nueva política de austeridad con la que Temer pretende sacar al país de la crisis. En los últimos años se han reducido 347 cargos y 50 sedes locales de la fundación. "Llevaba tiempo abandonada. En la época de Dilma [Rousseff, la presidenta entre 2010 y 2016, cuando fue destituida y reemplazada por Temer] tampoco tenía mucho apoyo. Pero ahora está peor. Quieren que la salud indígena sea una cuestión de los municipios. Pero los municipios no van a salvar a mi pueblo".

Doscientos ataúdes

Pero aunque el Gobierno no dé señales de notarlo, estas tensiones se están trasladando a la calle. El 27 de abril, solo días antes de la matanza de Viana, miles de indios se plantaron en Brasilia con 200 ataúdes, que representaban a los líderes del movimiento que han muerto, en diferentes trifulcas, en los últimos años. La idea era tirarlos en una fuente de agua que hay ante el Congreso (este, a su vez, se encontraba aprobando la reforma laboral que iba a empobrecer más a los más desfavorecidos del país). Fueron recibidos con gas lacrimógeno y espray pimienta.

Los gamela son solo 1.185, según la Funai (frente a 5.000 hacenderos), pero su problema es el de todos. Y las calles de arena de Viana son solo un reflejo más de esta tensión. Muchos no entienden ni por qué tienen que ser ciudadanos de segunda, ni por qué su identidad es algo de lo que huir, ni cómo se puede separar la lucha por su identidad de la lucha por su tierra. "La tierra, para nosotros, no es algo que se venda", explica Jadenir Trinidade Gamela, uno de los principales líderes de la tribu. "Es nuestra cultura. En el río Piraí, aquí al lado, está la casa de nuestros seres espirituales. Como se nos apartó de ese río, hemos perdido la posibilidad de mantener nuestro modo de vida, nuestra religión. Las nuevas generaciones ya no saben ni dónde están los espíritus en el río porque los mayores no tienen cómo mostrárselo".

Sus vecinos blancos, que están organizados con los ruralistas para recuperar las tierras que consideran que los indios han robado, aseguran no entender esa motivación. Marilene Lindozo Cutrium, de 58 años, reflexiona: "He vivido aquí mi vida entera. Nací y me crié aquí y nunca he visto una historia parecida con los indios. Eran nuestros vecinos, trabajaban con nosotros, estudiaban con nuestros hijos. ¿Y ahora resulta que puedo perder mi casa?". No muy lejos, Gilverson Sousa, un pescador de 27 años, explica entre dientes: "Solo quieren volver a lo que era antes pero la sociedad está cambiando". Hablan de la pequeña y pobre Viana. Pero perfectamente podrían estar hablando del enorme Brasil.

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