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Robert Mueller, el exdirector del FBI que definirá la presidencia de Trump

El veterano y respetado jurista es designado fiscal especial de la trama rusa que acecha a la Casa Blanca

Robert Mueller, en junio de 2012, cuando era director del FBI.

12 de marzo de 2004. Es una fecha clave para entender la fama de Robert Mueller como persona que planta cara al poder. Mueller, entonces director del FBI, y James Comey, que le sustituiría en el cargo y entonces era el número dos del Departamento de Justicia, se dirigían a la Casa Blanca. Tenían previsto presentar su dimisión al presidente George W. Bush tras oponerse a reautorizar, como les había pedido el equipo del republicano, un programa de espionaje a estadounidenses. Mueller y Comey consideraban ilegal el programa y así se lo comunicaron a Bush. El mandatario aceptó modificarlo y ambos descartaron dimitir.

Los caminos de Mueller y Comey vuelven a cruzarse ahora. El presidente Donald Trump despidió la semana pasada a Comey como director del FBI, un puesto que asumió en 2013 tras 12 años de mandato de Mueller. Comey dirigía la investigación sobre la presunta conexión del republicano Trump con la injerencia electoral rusa en las elecciones presidenciales de noviembre.

Ahora Mueller será el encargado de indagar hasta el fondo en ese asunto. Acechado por la revelación de que Trump presionó al FBI para que cerrara las pesquisas rusas, el Departamento de Justicia designó este miércoles a Mueller como fiscal especial de esa trama. Tendrá teóricamente independencia absoluta y podrá presentar cargos judiciales, lo que puede convertirlo en una pesadilla para una Casa Blanca que no logra huir de la sombra del Kremlin y que teme cualquier cosa que escape de su control.

Será posiblemente la prueba definitiva, el juicio final de la historia, en la exitosa y prolija carrera de este jurista de 72 años e hijo de una familia acaudalada de Filadelfia. Con fama de disciplinado, detallista y persistente, apenas se oyen reproches sobre Mueller. Goza, al menos en las primeras horas tras su nombramiento, de un atributo inusual en el Washington actual: ser elogiado por demócratas y republicanos.

Comey y Mueller en 2004 cuando el primero trabajaba en el Departamento de Justicia y el segundo en el FBI ampliar foto
Comey y Mueller en 2004 cuando el primero trabajaba en el Departamento de Justicia y el segundo en el FBI AFP

Mueller —que estudió con el ex secretario de Estado John Kerry y hasta ahora trabajaba como abogado en una firma privada— asumió su disciplina como un militar veinteañero en el Cuerpo de Marines. Su papel como teniente en una batalla en 1968 en la Guerra de Vietnam le valió una Estrella de Bronce. Y, según sus allegados, como fiscal solía lucir orgulloso en la solapa de su chaqueta un pin de los Marines.

Tras la guerra, Mueller trató de conseguir un trabajo como abogado del Gobierno, pero fracasó. Inició su carrera en el sector privado, que le aburría, hasta que surgió una oportunidad en la Fiscalía federal en San Francisco. Desde entonces, inició una larga carrera, con breves interrupciones, en el sector público.

El presidente Ronald Reagan lo designó fiscal en Boston y su sucesor, George H.W. Bush, recurrió a él para dos investigaciones de calado con las que se hizo un nombre. Participó en el proceso judicial contra el dictador panameño Manuel Antonio Noriega por tráfico de cocaína y lavado de dinero. Y en el caso del atentado en 1988 contra un avión de Pan American Airlines en que murieron 270 personas.

Tras otros periplos como fiscal en Washington y San Francisco, bajo gobiernos de ambos colores políticos, Mueller recibió en 2001 la llamada que siempre había soñado: el presidente George W. Bush le propuso ser director del FBI.

Condicionado por el 11-S

Mueller solo llevaba una semana en el cargo cuando su mandato cambió para siempre con los atentados del 11-S. Con él de director, la agencia policial se transformó en una especializada en contraterrorismo: obsesionada en prevenir atentados y alejada de su función inicial de resolver asesinatos de película y delitos de contrabando.

El mandato de Mueller tenía que finalizar en 2011, como establece el límite legal de 10 años, pero el presidente Barack Obama le pidió que seguiría dos años más. Pero su salida del FBI, en septiembre de 2013, quedó eclipsada por dos episodios.

El primero fue el atentado en abril de ese año contra el maratón de Boston, en que murieron tres personas y que cuestionó la capacidad antiterrorista del FBI. La agencia había cerrado en 2011 una investigación a uno de los dos autores del ataque.

El segundo episodio fueron las filtraciones en junio de 2013 del exanalista Edward Snowden que destaparon los largos tentáculos de espionaje doméstico de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, en sus siglas inglesas). Mueller defendió ese programa y esgrimió que era legal y esencial en la lucha contraterrorista. Fue un contraste respecto a su férrea rebelión, y de Comey, en 2004 ante los cambios en el sistema de espionaje que preparaba Bush.

En su última entrevista como director del FBI, Mueller aseguró que uno de sus mayores miedos era que grupos terroristas pudieran adquirir un “arma de destrucción masiva”, que también podía ser digital y afectar a sistemas financieros y gubernamentales. Fue de alguna manera una premonición. Bajo una enorme presión política, Mueller deberá sumergirse ahora en esclarecer qué hay detrás del sofisticado ciberataque ruso que alteró la campaña electoral estadounidense. Su investigación definirá la presidencia de Trump.

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