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“Crecen las tensiones” (Belén de Bajirá, Chocó)

Cada tanto cantamos victoria: pensamos que Colombia ha dejado de ser el país que pierde su tiempo en las farsas más inútiles del mundo

Cada tanto cantamos victoria: pensamos que Colombia ha dejado de ser el país que pierde su tiempo en las farsas más inútiles del mundo. Pero entonces un diputado de la desconcertante Asamblea de Antioquia, por ejemplo, sale a los medios a proponer que su departamento se convierta en una “unidad administrativa autónoma”. Y Antioquia soberana, Antioquia federal, Antioquia independiente, Antioquia la grande, ha sido una fantasía recurrente desde las primeras guerras civiles del siglo XIX –y hasta hoy se sigue hablando de secesión: “¡podemos solos!”–, pero ese regionalismo exacerbado, que poco sentido tiene porque todos los rincones de Colombia podrían echarle la culpa al centralismo, sí que suena a populismo en estos días en los que la tecnología ha logrado darle cierta unidad a un país despedazado por su geografía y su desidia y su violencia.

Colombia sigue siendo ese estado centralista que no da abasto, que lo ha sido desde finales del XIX, pero desde 1988, cuando empezó a elegirse popularmente tanto a los alcaldes como a los gobernadores, sus regiones tienen buena parte de la culpa de su mala suerte: y en Antioquia se da una arraigada cultura feudal y mitómana que lamenta vivir atada a Bogotá, pero también se da una cultura crítica –desde el cuento “Que pase el aserrador”, de 1914, se advierte de los peligros de una educación fundada en la astucia– y se da una mirada emancipada que llama a la profundización de la democracia y la protección de los derechos y la defensa de las libertades, y tiende a liderarlas. Yo me he visto rodeado de amigos antioqueños, paisas, mejor dicho, en estos años. Y he visto lo ridículo que les parece que su tierra juegue a ser un país ajeno.

Sé que a estos amigos les parecerá caricaturesca la historia que sigue: el diputado en cuestión ha propuesto que su departamento sea “unidad administrativa autónoma” justo cuando “crecen las tensiones” y “siguen las controversias” y “aumentan las disputas” –dicen los titulares de prensa– porque el apolítico Instituto Geográfico Agustín Codazzi está a punto de publicar un mapa de Colombia que prueba que el municipio de Belén de Bajirá no queda en Antioquia la grande sino en Chocó la abandonada. Y el gobernador antioqueño ha acusado al Gobierno central de apoyar “mapas fraudulentos” para congraciarse con los hastiados chocoanos, y ha amenazado con cortarles los servicios a cuatro poblaciones si Belén se va –entre ellas un corregimiento llamado Macondo–, y es increíble que cada tanto cantemos victoria.

Porque los políticos colombianos, que tendrían que resignarse a los mapas como lo hacemos los demás seres humanos, poco se han preocupado por las vidas de los 13.438 habitantes de la religiosa Belén de Bajirá: que no fueron ni antioqueños ni chocoanos cuando reclamaron que el acueducto no les llegara sólo al 25% de los habitantes; cuando pidieron por enésima vez a los pomposos gobernadores de los dos departamentos, que pasaban por allí a hacer promesas, que echaran a andar un colegio, un centro de salud, algo; cuando las bandas guerrilleras y las bandas paramilitares asediaron a los bajireños, de 1975 en adelante, porque qué Estado iba a decirles que no: “Autodefensas Unidas de Colombia, porque no hay cosas imposibles sino hombres incapaces”, se leía en una valla junto a una iglesia evangélica del lugar.

Cada tanto cantamos victoria, pero en Belén de Bajirá, que para los coleccionistas de votos no es sus niños jugando entre el lodo, sino sus cultivos de palma, sus ganaderías, sus yacimientos –y su posibilidad de conectar al país del centro con el país del Pacífico–, la pregunta de los pobladores sigue siendo cuándo dejará Colombia de negarles el derecho de ser colombianos.