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La presidencia menguante

El imperio del caos de Donald Trump está debilitando la máxima institución de los Estados Unidos

Barbería en Washington. En la televisión, James Comey declara en el Senado, el pasado 8 junio.
Barbería en Washington. En la televisión, James Comey declara en el Senado, el pasado 8 junio. AP

Donald Trump no puede quejarse. Recibió una presidencia poderosa de hecho, en su apogeo. Lo dicen los expertos constitucionales: la caja de herramientas con que cuenta el actual presidente es la más surtida y potente que pueda imaginarse. Además de tener en sus manos el poder ejecutivo, su partido tiene mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado y acaba de llenar una vacante en el Tribunal Supremo que da mayoría conservadora a la máxima institución constitucional. El problema con los poderes enormes que tiene el presidente es saber usarlos. Algo realmente complicado para alguien como Trump.

La clave del poder presidencial se halla en la comprensión de una sentencia célebre, acuñada por Richard Neustadt, profesor de ciencia política y asesor de los presidentes Truman y Kennedy: el Gobierno de Estados Unidos consiste en “instituciones separadas con poderes compartidos”. Estamos hablando, naturalmente, de división de poderes y de los famosos ‘checks and balances’, los controles y equilibrios que deben regir en una democracia de calidad como pretende ser Estados Unidos.

Todos los presidentes hasta ahora, quizás con la excepción de Nixon, han comprendido esta compleja estructura del poder y han sabido sacarle partido, incluso, para incrementar sus márgenes de poder presidencial. No es el caso de Trump, que ha resultado un presidente inhábil y zoquete respecto a sus funciones y competencias y de escasa fiabilidad para sus interlocutores, por su facilidad para el embuste y la trampa.

La última exhibición de las dificultades que tiene el actual inquilino de la Casa Blanca para captar como funciona la máquina del poder la hemos tenido esta semana en el testimonio de James Comey, el director del FBI despedido por Trump porque se negó a someterse al dictado presidencial y no quiso frenar la investigación sobre las interferencias rusas en la campaña electoral.

El magnate del ladrillo no es capaz de entender el carácter de las instituciones, con sus amplios márgenes de independencia, del que sus responsables deben ser celosos guardianes, ni tampoco se le ocurre que tenga que compartir sus decisiones con nadie. Instituciones confundidas y amalgamadas y todo el poder concentrado en el Despacho Oval, esta es su concepción de un poder presidencial. Su conciencia de los límites de su propio poder es nula y se limita a una idea muy simple y antigua: ordeno y mando.

Hay una erosión del poder presidencial que se observa desde el interior de la Casa Blanca hasta las cumbres internacionales

Con Trump, las instituciones se ven deslegitimadas y atacados los poderes separados e independientes. Lo sufren los jueces, los policías, los diplomáticos, los agentes secretos y los periodistas. El antaño Departamento de Estado, instrumento fundamental del poder blando estadounidenses, ha visto recortado un 30% su presupuesto, mientras son abrumadores los huecos y vacantes en su organigrama de embajadores y subsecretarios, fundamental para la presencia en el mundo. No se fía de ellos, como no se fía del FBI y la CIA, de la judicatura y la fiscalía, o de The New York Times y la CNN, piezas singulares de la difusión del poder de la democracia americana.

La ineptitud de Trump para la presidencia, ampliamente exhibida en el medio año que lleva en la Casa Blanca, puede llevar a un final abrupto y no deseado, pero de momento ya ha producido numerosas modificaciones en los poderes efectivos del presidente e incluso de la institución. La más evidente es la incapacidad del ejecutivo para no hacer realidad ni una sola de sus promesas electorales, tal como quedó en evidencia cuando se cumplieron los primeros cien días.

Los decretos de expulsión de inmigrantes, impugnados y paralizados por los tribunales uno detrás de otro, son la prueba más flagrante. También es el caso de la ruptura con el acuerdo de París sobre el cambio climático, que ha conducido a que los mayores Estados y metrópolis —California y Nueva York, entre muchos otros— puenteen a la Casa Blanca y sigan comprometidos con los objetivos de limitar las emisiones.

Esa es la primera paradoja del trumpismo. Llegó a la Casa Blanca con el sonsonete populista de que iba a limitar los poderes de Washington y una vez dentro del famoso cinturón que rodea la capital son él y los suyos los que desconectan del país real y se ven impugnados, por las ciudades, los Estados y los ciudadanos, auténticos contrapoderes del poder omnímodo de Washington.

Las ciudades y los Estados están robando protagonismo al Washington oficial de un trumpismo en creciente desprestigio

La historia de la presidencia en los últimos 70 años, desde la victoria en la II Guerra Mundial y sobre todo la guerra de Corea —declarada por Truman sin la autorización del Congreso—, es la de un incremento constante de los poderes efectivos de la Casa Blanca. Aunque la caída de Nixon y el escándalo del Watergate, tan evocado estos días a propósito del hipotético impeachment de Donald Trump, condujeron a una reacción del Congreso que llevó a la disminución de poderes presidenciales, muy rápidamente los sucesivos presidentes fueron recuperando el territorio perdido, especialmente George W. Bush y también Barack Obama.

La segunda paradoja del trumpismo se expresa en la debilidad de un presidente con tantos poderes y la erosión, sobre todo de cara al futuro, de una institución tan preeminente. A los temores de una nueva presidencia imperial como la que pretendía Nixon o de un Ejecutivo capaz de concentrar todos los poderes, tal como reivindicaron los juristas de Bush hijo tras el 11-S, está sucediéndole la evidencia de un presidente incapaz de aplicar su programa y que además ha disparado todas las alertas respecto a los poderes excesivos concentrados en la Casa Blanca, especialmente respecto al poder militar y específicamente al poder más inquietante, que es el nuclear.

A pesar de todo, Trump sigue teniendo poder, mucho poder, que a veces exhibe como hizo en Afganistán con el lanzamiento de ‘la madre de todas las bombas’ o en Siria rociando con misiles unas instalaciones militares de Bachar el Asad. Aunque sea menguante, es un poder de enorme valor estratégico que nadie le puede hurtar, al menos mientras le dure el impulso que le llevó a la presidencia y no quede ahogado y cercado por los escándalos, tal como muchos esperan que suceda lo más pronto posible. Este es el poder disruptivo, es decir, su capacidad para cambiar el ritmo, la agenda y las expectativas de todos gracias a sus intervenciones intempestivas, especialmente las que hace a través de Twitter, algo y que asesores suyos como Steven Bannon valoran como su mayor baza política y que tiene una enorme relevancia en el actual paisaje geopolítico mundial. Que se lo pregunten a Putin o a la Casa de los Saud.

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