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Emmanuel Macron, presidente en el Olimpo

El nuevo jefe de Estado refuerza en sus primeros pasos el aura monárquica de la República francesa

El presidente Macron después de votar el 18 de junio en Le Touquet.

La metamorfosis fue rápida, cuestión de segundos. Ocurrió en la noche del 7 de mayo a las 20.00. A esta hora se confirmó que Emmanuel Macron había derrotado a Marine Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. El candidato se había transformado en presidente. El ciudadano, en jefe de Estado. El hombre de 39 años, que tres años antes era un desconocido, en monarca republicano. Con cada silencio y cada palabra, con cada gesto, Macron construye desde ese día una presidencia “jupiterina”, como ha dicho él mismo, a imagen del dios romano elevado por encima de las contingencias terrenales.

La victoria de Macron en las elecciones presidenciales y su anticipada mayoría absoluta en las legislativas que se celebran este domingo han puesto en marcha la maquina de las comparaciones históricas. Al nuevo presidente se le compara con Luis XIV, con Napoleón, con Napoleón III, con el general De Gaulle y con François Mitterrand. La lista no es exhaustiva pero va acompañada de adjetivos más o menos amables: imperial, monárquico, absolutista. Todo traduce una realidad: desde Mitterrand, presidente entre 1981 y 1995, no ha habido otro que proyecte una imagen de concentración de poder personal como Macron en las primeras semanas de su mandato.

Hay que entender los gestos iniciales de Macron como una refutación del estilo presidencial de sus antecesores inmediatos. Una refutación del conservador Nicolas Sarkozy el hiperpresidente, como le llamaban, presente a toda hora en las pantallas de televisión: un líder en agitación permanente que fracasó en su voluntad de reformar el país. Y del socialista François Hollande, su mentor político y verdadero contraejemplo, con quien trabajó en Elíseo, primero, y después desde el Ministerio de Economía. Allí aprendió, no lo que haría si un día llegaba a ocupar su cargo, sino lo que no haría: convertirse en un “presidente normal”, como aspiraba a ser Hollande. “No se dio cuenta de que, en este cargo, y en Francia, la gente espera un rey, alguien con una especie de soberbia, que se eleve por encima de la mêlée”, decía hace unas semanas Fabrice Lhomme, coautor de Un presidente no debería decir estas cosas…”, un libro imprescindible sobre la presidencia de Hollande.

Macron es este presidente monárquico que muchos franceses esperaban. Distante y solemne. Olímpico. “El maestro relojero”, en sus propias palabras. Es decir, el amo del tiempo, que no se deja arrastrar por lo anecdótico de la política. Es también el “presidente jupiterino”, término acuñado por el publicista Jacques Pilhan en los años ochenta para realzar la autoridad de Mitterrand. Un presidente, escribió el periodista François Bazin, biógrafo de Pilhan, “capaz, entre largas fases de silencio, de lanzar el relámpago en el momento oportuno”. Y Macron quiere ser, finalmente, un presidente “con un poco más de verticalidad”, como explicó en una de las muchas reflexiones, previas a la victoria electoral, que demuestran que había calculado de antemano su acción presidencial.

Todo lo había teorizado Macron antes de llegar al cargo. En una entrevista con el periodista Eric Fottorino, publicada en el libro Macron por Macron, detalló cuál era en su opinión la función del presidente en la República. “Hay en el proceso democrático y en su funcionamiento un ausente”, dijo. “En la política francesa, este ausente es la figura del Rey, de quien fundamentalmente pienso que el pueblo francés no quiso la muerte. El Terror [las violentas purgas tras la Revolución francesa] cavó un vacío emocional, imaginario, colectivo: ¡el Rey ya no está! Después intentamos rellenar este vacío: fueron los momentos napoleónicos y gaullista, sobre todo. El resto del tiempo, la democracia francesa no rellena este espacio. Se ve bien con la interrogación permanente sobre la figura presidencial, válida después de la marcha del general De Gaulle. Después de él, la normalización de la figura presidencial reinstaló una silla vacía en el corazón de la vida política. Y, sin embargo, lo que esperamos del presidente de la República es que ocupe esta función”.

La habilidad de Macron ha consistido en transformar el sistema de partidos —tras las elecciones de este domingo los socialistas pueden quedar al borde de la extinción y la derecha de Los Republicanos gravemente debilitada— sin tocar el sistema institucional de la V República. Es más, usando este sistema —los poderes reforzados del presidente, o las elecciones por sistema mayoritario a dos vueltas— como palanca. Al fundar al V República, De Gaulle cortó un traje constitucional a la medida de sus ambiciones. Macron utiliza el mismo molde para dotarse de amplios poderes y para que Francia recupere la grandeur perdida.

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