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Somalia elige presidente por primera vez tras el inicio de la guerra civil

La corrupción y la violencia rodean a los comicios en el país africano

Un niño somalí pasa junto a un cartel del actual presidente Sharif Sheij Ahmed, en Mogadiscio.
Un niño somalí pasa junto a un cartel del actual presidente Sharif Sheij Ahmed, en Mogadiscio. EFE

Somalia tiene un nuevo presidente. Hassan Sheikh Mohamud, antiguo profesor universitario y que ha trabajado en su país para diversas organizaciones internacionales como Unicef y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), se convierte así en el primer presidente con un mandato completo, más allá de la simple transición, en Somalia desde la caída del dictador Siad Barré en 1991 y el inicio de la guerra civil.

 El nuevo jefe de Estado ha sido elegido por el Parlamento somalí entre 22 candidatos y tras tres votaciones. En la ronda final, Mohamud ha vencido por mayoría simple a Sheikh Sharif Ahmed, a quienes muchos consideraban favorito y que fue presidente del último Gobierno de transición somalí (TFG, en inglés). Quizá ha pesado en contra de Ahmed la pésima reputación del TFG, considerado el Gobierno más corrupto del mundo por Transparencia Internacional y al que Naciones Unidas acusa de haber robado el 70% de todo el dinero recibido de la comunidad internacional en 2009 y 2010.

 El nuevo presidente somalí está considerado una figura de unidad que cuenta con apoyos en las clases educadas, en la sociedad civil, entre los hombres de negocios e incluso entre los diferentes clanes somalíes. Mohamud trabajó para el Ministerio de Educación en el Gobierno de Siad Barré a principios de los años ochenta. Después fue profesor universitario y trabajó para Unicef tras la caída del dictador y el inicio de la guerra civil. Más adelante, ocupó diversos puestos académicos y en organizaciones de la sociedad civil y trabajó también como consultor para diversas organizaciones internacionales, como el PNUD, y somalíes, como el propio TFG.

Un tanque de las fuerzas aliadas de la Unión Africana a las afueras de la ciudad de Marca, en Somalia.
Un tanque de las fuerzas aliadas de la Unión Africana a las afueras de la ciudad de Marca, en Somalia. EFE

 El año pasado, Mohamud fue uno de los fundadores del Partido para la Paz y el Desarrollo (PDP, en inglés), del que se convirtió en presidente y con el que ha concurrido a la elección presidencial de hoy.

 Mohamud cuenta con una página en la red social Facebook, en la que se define como "muy liberal" y en la que señala que no permitirá "que ideologías radicales y el tribalismo surjan en esta nación del Cuerno de África y que dará un empuje al apoyo regional y global" para Somalia, según han traducido del texto somalí medios locales.

Ahora, Mohamud ha de nombrar a un primer ministro quien, a su vez, nombrará al primero Gobierno somalí no transitorio desde 1991. Este Gobierno se enfrentará entonces a enormes retos que se resumen en tres ámbitos: distanciarse del TFG, caracterizado por la corrupción y la ineficiencia; continuar junto con las tropas de paz de la Unión Africana la guerra contra la milicia islamista Al Shabab y ocupar el vacío de poder que dejaría en gran parte del país la posible derrota de esta milicia, aún hoy muy presente en el sur y el centro de Somalia.

Somalia ha sido declarado el Estado más fallido del mundo durante los últimos cuatro años y su Gobierno de transición el más corrupto del planeta cada año desde 2007. El país sufre un estado de guerra constante y ha sufrido dos hambrunas desde la caída de su último presidente en 1991.

Una calma frágil

La situación en Mogadiscio ha mejorado mucho en el último año pero también es cierto que sigue habiendo atentados con alarmante regularidad. Políticos, periodistas y cooperantes se llevan la peor parte. Nueve periodistas han sido asesinados en lo que llevamos de año en toda Somalia y suicidas armados con bombas intentaron sin éxito atentar contra la reunión de líderes políticos que aprobó la nueva Constitución el 1 de agosto. El Gobierno aún no controla totalmente Mogadiscio, cuyas calles están llenas de puestos de control administrados por milicianos armados que exigen un pago a quienes quieren pasar.

En el resto del país, aunque la situación también ha mejorado en los últimos meses, la realidad sigue siendo la de la guerra. Tropas de AMISOM, formadas por soldados de Uganda, Burundi, Yibuti y Sierra Leona han ido comiéndole terreno poco a poco a Al Shabab desde Mogadiscio. El ejército keniano, ahora también integrado en AMISOM, y milicias somalíes aliadas con el TFG hicieron lo propio en el sur desde la frontera de Kenia. Y tropas etíopes aseguraron el control de Baidoa, una importante ciudad en el centro del país.

Pero estas zonas liberadas siguen sufriendo la falta de desarrollo y de servicios públicos como agua, electricidad o sanidad. Mientras que las áreas bajo el control de Al Shabab siguen sufriendo la dureza del régimen de esta milicia, que corta la mano a los ladrones, lapida a los adúlteros y prohíbe la música, el fútbol y los sujetadores, entre otras cosas.

AMISOM y las milicias somalíes leales a Mogadiscio han comenzado ya el asalto a la ciudad portuaria de Kismayo en el sur, último bastión de Al Shabab y donde la milicia consigue gran parte de sus ingresos. Una eventual expulsión de los islamistas en Kismayo supondría su casi total derrota militar pero no su desaparición, ya que podrían seguir realizando atentados en varias ciudades somalíes.

Además, el nuevo Gobierno se enfrentaría entonces a la complicadísima labor de administrar un extenso territorio destruido por la guerra, en unas condiciones de seguridad muy precarias y en el que gran parte de la población se siente primero miembro de un subclan y de un clan y solo después somalí.

Los comicios ponen punto final a un complejo proceso de transición política apoyado y organizado en parte por Naciones Unidas y que se inició en 2004. Aunque ha habido varios Parlamentos y Gobiernos de transición, ésta es la primera vez desde los años sesenta que tanto los diputados como el presidente habrán sido elegidos por somalíes y en territorio somalí.

Retrasos y acusaciones de fraude

En los últimos días, han abundado los rumores y las acusaciones de que algunos candidatos presidenciales estaban intentando comprar votos de los diputados o asegurárselos a través de amenazas. Aunque estas acusaciones no se han podido verificar, sí hay muchas dudas sobre la limpieza y la legitimidad del proceso, también debido a la complicada situación en la que aún se encuentra Mogadiscio y al paupérrimo historial de los sucesivos Gobiernos de transición.

“El futuro de Somalia depende de que todos y cada uno de los diputados voten por quien crean que puede liderar su país de la mejor forma posible”, declaró hace unos días Augustine P. Mahiga, representante especial de Naciones Unidas para Somalia. “Los animo a que lleven a cabo este voto de confianza sagrado libres de cualquier tipo de influencia externa”.

En primer lugar, el nuevo Parlamento debería haber elegido al portavoz de la Cámara y al presidente del país en el mismo día que los diputados juraron el cargo, el pasado 20 de agosto, pero ambas elecciones fueron retrasadas. Aquel día, la ceremonia se celebró en el recinto del aeropuerto de Mogadiscio, protegido por las tropas de paz de la Unión Africana (AMISOM, en inglés) y mucho más seguro que los edificios gubernamentales en el centro de la capital, donde los atentados no son raros.

En teoría, se tenían que haber presentado los 275 diputados que forman el nuevo Parlamento pero sólo aparecieron “unos 215”, según la Oficina Política de la ONU para Somalia (UNPOS, en inglés), que ni siquiera pudo dar una cifra exacta.

Estos diputados no habían sido elegidos en unos comicios sino propuestos por un grupo de 135 ancianos y líderes comunitarios de los distintos clanes y subclanes que conforman la compleja sociedad somalí. Después, un comité técnico revisó los nombres para asegurarse que cumplían con las condiciones requeridas: ser ciudadanos somalíes, estar en su sano juicio, haber acabado al menos la educación secundaria, no haber sido “señores de la guerra”, no haber tenido relación con éstos ni con las atrocidades cometidas durante los 21 años de conflicto.

El comité rechazó 70 nombres porque no cumplían con las condiciones, por lo que los ancianos tuvieron que proponer más posibles diputados, lo que retrasó todo el proceso. Miembros del comité han dicho que recibieron amenazas de muerte por teléfono tras desestimar algunos de los nombres y que también habían rechazado “sobres marrones” que querían animarlos a que aceptaran a algunos candidatos.

“El actual proceso político ha sido tan antidemocrático como el que intenta reemplazar, con unos niveles sin precedentes de interferencia política, corrupción e intimidación”, advirtió el mismo día 20 el International Crisis Group (ICG) en un comunicado.

“Convocar un Parlamento incompleto y elegir líderes impugnados y corruptos en el entorno político tan polarizado de Somalia podría deshacer fácilmente el cuidadoso progreso humanitario, político y en seguridad conseguido en los últimos tres años”, continuaba con dureza el texto del ICG, con sede en Bruselas y que se dedica a estudiar y vigilar la situación de zonas en conflicto.