Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

La guerra híbrida del siglo XXI

La Alianza Atlántica se prepara para contrarrestar el nuevo desafío lanzado por el Kremlin

Una protesta armada avanza en Kiev, el pasado 20 de febrero. Ampliar foto
Una protesta armada avanza en Kiev, el pasado 20 de febrero. AFP

De la Guerra Fría a la guerra híbrida. Este parece ser el trayecto recorrido por la OTAN en los últimos meses de enfrentamientos con el Kremlin desde el estallido de la crisis de Ucrania, un conflicto que los analistas de la Alianza califican de “híbrido” porque une fuerzas regulares e irregulares, desinformación y una aparatosa presencia militar en una ofensiva limitada. “Los rusos han demostrado que pueden desplegar casi un Ejército entero en pocos días, en las mismas fronteras de la OTAN. Ese es el modelo que tenemos en mente”, afirma un alto mando militar en un encuentro con periodistas y expertos en la sede de Bruselas esta misma semana, durante la reunión de ministros de Exteriores de la organización.

Para algunos, el término, acuñado en 2009 por el periodista estadounidense Frank Hoffman, y ya anticipado por George Kennan en 1948, es tan antiguo como la propia guerra. En todo caso, no entra en la habitual definición de guerra: la convencional (entre Estados) y la asimétrica (un Ejército contra una guerrilla). Se trata de una fusión de soldados con y sin uniforme, paramilitares, tácticas terroristas, ciberdefensa, narcoconexiones, insurgencia urbana y fusiles AK-47. “Es una combinación de medios e instrumentos, de lo previsible y lo imprevisible. No hay fronteras entre lo legal y lo ilegal, entre la violencia y la no violencia. No hay una distinción real entre guerra y paz”, dice Félix Arteaga, investigador de Seguridad y Defensa del Real Instituto Elcano.

Es la guerra de Putin. La que el presidente ruso lleva a cabo en Ucrania y las operaciones que ha realizado a lo largo de este año, como los 400 vuelos de sus aviones sobre el espacio aéreo de los países bálticos y el Mar Negro, el misterioso episodio del submarino ruso frente a las costas suecas o el aún más misterioso derribo del avión malasio en el este de Ucrania en julio. Todas estas acciones han despertado la alarma en los antiguos miembros del Pacto de Varsovia o de la extinta Unión Soviética. “No queremos un conflicto con Moscú”, ha repetido estos días el nuevo secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg. “Rusia solo quiere ser tomada en serio”, es el mantra de la Alianza para reducir la tensión, y sus expertos desechan un ataque directo del Kremlin contra un aliado o una guerra caliente. “La OTAN no se plantea un enfrentamiento, sino la disuasión. La respuesta a la guerra híbrida de Rusia no puede ser una guerra híbrida de la OTAN”, asegura Andrés Ortega, también analista de Elcano.

Que la Alianza, creada precisamente en 1949 para hacer frente al bloque soviético, se toma muy en serio lo que percibe como una nueva amenaza rusa lo prueba la creación de una fuerza de acción inmediata para incrementar la protección de Europa del Este. Noruega, Alemania y Holanda ya han dado el sí a la participación en ese contingente, aunque los detalles se confirmarán en una reunión en febrero. Mientras tanto, la organización ha reforzado su presencia con tropas y equipos militares en la región: Reino Unido acaba de realizar maniobras en Polonia y desde enero, EE UU tiene desplegados 50 carros blindados Abrams y Bradley en suelo alemán, un territorio que abandonó en abril de 2013 cuando el último tanque estadounidense, vestigio de la Guerra Fría, salió del país. La OTAN también ha incrementado sus patrullas aéreas en los países bálticos y proyecta maniobras militares para 2015 en su frontera oriental.

Además de estas iniciativas, los mandos de la Alianza siguen evaluando cómo articular una respuesta rápida, eficaz, y no sólo bélica, a los desafíos insospechados que vienen del Este. El coste de este nuevo enfoque, así como el reparto del esfuerzo económico entre sus 28 miembros, son estos días la principal preocupación en la capital europea. “La defensa no puede ser barata en el siglo XXI”, advirtió el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, en su visita a Bruselas el pasado martes. “Todos los países deben incrementar su presupuesto”.

Sus palabras son una vieja demanda de Washington, pero un nuevo despliegue militar suena muy difícil en el contexto europeo de crisis económica y crecientes recortes en defensa en casi todos los Estados miembros de la Alianza que, aunque comprometidos a aportar en 10 años un 2% del PIB, siguen dejando que EE UU pague la mayor parte de la factura. Otra cuestión es si la intención de que la nueva fuerza tenga bases permanentes en 2016 en el Este de Europa, la zona más expuesta , no aumentará las ya de por sí deterioradas relaciones entre Moscú y Occidente, en especial con Alemania, que firmó en 1997 un acuerdo para que no hubiera estacionamientos militares en las regiones orientales.

Al tiempo, la Alianza quiere mirar un poco más lejos, a Georgia, Moldavia e incluso a China, embarcada en su propia guerra híbrida con plataformas petrolíferas construidas en zonas en disputa, barcos que disparan contra navíos vietnamitas y una ofensiva a la conquista de mercados. “Pekín lo llama la guerra irrestricta”, dice Arteaga. “Ellos tienen paciencia estratégica y nosotros, no”.

En esta nueva partida de ajedrez que se juega en el tablero mundial, y que ha pillado por sorpresa a la OTAN, siempre pendiente de su modernización estratégica, hay un alfil que no puede quedar fuera: la amenaza yihadista en el flanco mediterráneo, una preocupación para Francia y España y una región en la que hay maniobras previstas en 2015. “Putin entiende nuestras debilidades. Lo importante no es ganar la batalla sobre el terreno, sino que el otro se rinda, por presión de su opinión publica. Juega a dividir”, dice Arteaga. 65 años después, el viejo enemigo vuelve a ser el desafío del futuro.O