Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

El Partido Comunista de China inicia su lucha interna por el poder

El 6 Pleno del Comité Central se inaugura en Pekín para preparar la transición en el gobierno de 2017

A puerta cerrada en un anodino hotel militar de Pekín, los casi 400 hombres y mujeres más poderosos de China inauguran este lunes un cónclave crucial. El Sexto Pleno del Comité Central del Partido Comunista marca el comienzo de un año de transición en el régimen: el próximo otoño el partido renovará sus órganos de liderazgo. Hasta entonces se abre una etapa llena de incógnitas y maniobras entre bambalinas, y en la que el principal interrogante son los planes de sucesión del presidente Xi Jinping, que en 2017, según las normas no escritas del partido, debería designar un sucesor.

Xi Jinping en una ceremonia en Pekín el pasado 18 de octubre.

El pleno de cuatro días servirá para dar algunas pistas de lo que pueda ocurrir el año próximo en el congreso quinquenal. La agenda prevé la aprobación de un documento sobre las “normas de la vida política dentro del partido” y sobre la supervisión del comportamiento interno. Lo que se refrende dará una medida de hasta qué punto Xi está en control del proceso y puede imponer sus preferencias.

“Habrá un tira y afloja entre aquellos que tienen el respaldo de Xi y aquellos a los que les perjudica la campaña contra la corrupción y la posibilidad de más reformas en el sector de las empresas estatales”, anticipa Willy Lam, profesor de la Universidad China de Hong Kong.

Xi es el líder chino que ha acumulado más poder desde los tiempos de Mao Zedong. A los cargos clásicos —secretario general del Partido, presidente de la Comisión Militar Central y jefe de Estado— le ha sumado la jefatura de toda una gama de nuevas comisiones en áreas como la seguridad nacional o el proceso de reformas. Con su guerra contra la corrupción se ha deshecho de enemigos clave, como el ex jefe de la Seguridad Interna, Zhou Yongkang, y ha puesto al Ejército bajo su control.

Pero ni siquiera con todo ese poder ha amasado la autoridad suficiente para aplicar reformas esenciales anunciadas a bombo y platillo al principio de su mandato. En medio de un menor crecimiento económico, las anquilosadas empresas estatales continúan sobredimensionadas, las zonas de libre comercio han resultado un fracaso y el exceso de capacidad industrial sigue por las nubes.

En provincias ha topado con la “resistencia pasiva” de los gobiernos regionales y los intereses creados, que quieren conservar sus nichos de autoridad. En el Gobierno central se enfrenta a poderosas facciones —grupos unidos por redes de contactos, más que afinidades ideológicas— a las que pese a sus intentos no ha conseguido arrinconar completamente.

La facción de la Liga de Jóvenes Comunistas (tuanpai), de la que procede su predecesor, Hu Jintao, tiene al primer ministro Li Keqiang como su principal representante. La “camarilla de Shanghai”, encabezada por el ex presidente Jiang Zemin, cuenta entre sus miembros al presidente del Legislativo, Zhang Dejiang. Y aquí Xi se encuentra con una desventaja: los funcionarios de mayor relevancia dentro del régimen le fueron impuestos por sus predecesores. Su propia red de contactos no cuenta aún con gente en cargos de suficiente nivel.

En el 19 Congreso del Partido, la gran reunión quinquenal del próximo otoño, abandonarán sus puestos, por jubilación (68 años), cinco de los siete miembros del Comité Permanente, el principal órgano de mando. Todos menos Xi, de 64 años, y el primer ministro, Li Keqiang, de 63. También por edad se abrirán seis huecos en los 25 asientos del Politburó, el siguiente nivel de poder y controlado hasta ahora por los tuanpai.

La entidad más poderosa

El Partido Comunista es la institución más poderosa de China, por encima del Estado. Fue fundado en 1921.

Tiene 88,75 millones de militantes, más que la población de Alemania.

Su número de miembros creció en 2015 en 965.000, un 1,1% más con respecto al año anterior.

Un 25,1% son mujeres.

Un 7% de sus afiliados proceden de minorías étnicas.

A finales de 2015, más de 22 millones de personas habían solicitado el ingreso.

Se aceptaron 1,96 millones de estas candidaturas.

De los nuevos aspirantes aceptados, 718.000 (el 36,6%) son estudiantes.

El número de solicitudes de ingreso en sus filas entre los estudiantes —uno de los objetivos en la “política de fichajes” del PCCh— cayó, sin embargo, un 0,8%.

Para Xi, introducir un número significativo de sus partidarios en estos puestos es vital: le garantizará la fuerza para sacar adelante su programa económico y político de los próximos cinco años. Para el resto de las camarillas, está en juego mantener su influencia.

“La situación es delicada”, opina el analista Zhang Lifan: “No es imposible que los tuanpai y el grupo de Shanghái hagan causa común” contra la facción de Xi. Según Zhang, el presidente chino “afronta un dilema. Si se comporta de manera demasiado ambiciosa, puede hacer saltar por los aires el sistema [basado hasta ahora en el consenso]. Pero si su ataque es demasiado débil, podría verse en peligro él mismo”.

La lucha por el control ha desatado las conjeturas. Si el primer ministro, Li Keqiang, será relegado a algún puesto menos importante. O si el presidente eliminará la edad de jubilación para que continúe su mano derecha, Wang Qishan, de 68 años y supervisor de la campaña anticorrupción.

Sobre todo, la duda gira en torno a los planes de futuro de Xi. Según las normas no escritas del partido, en el congreso del próximo otoño debería quedar claro quién será su sucesor. El heredero tendría así cinco años —hasta 2022, cuando expira el mandato del secretario general— para prepararse a dirigir el país.

Pero en contra de lo habitual a estas alturas del proceso, sigue sin sonar ningún nombre. Eso ha multiplicado los rumores de que Xi opte por no designar aún a nadie, para esperar a que sus partidarios se vayan fogueando en el Politburó antes de promocionar a alguno al Comité Permanente como heredero.

Esta tesis prevé que Xi pudiera, incluso, prorrogar su mandato cinco años más, hasta 2027. ”Habría oposición, protestas, pero él tiene el control y sus enemigos no serían lo suficientemente poderosos como para impedirlo”, considera Willy Lam.

Quiénes ocuparán las vacantes es algo que no se sabrá hasta el congreso de 2017. Pero ya se han aprobado varias normas que favorecen el control del presidente, incluida la prohibición a los funcionarios de criticar a los mandatarios, apunta Lam. Todo lo que se apruebe en el pleno de esta semana —aduce— tendrá como función principal “consolidar la posición [de Xi] como el gran líder”.

Un líder para los desafíos del país

Ya antes de la inauguración del Pleno, Xi y los medios de comunicación del Partido han lanzado llamamientos a las bases, para preparar el terreno antes de los cuatro días de deliberaciones.

El viernes, en la ceremonia de conmemoración del 80 de la Larga Marcha, el presidente instó a ser “firmes creyentes y practicantes leales del comunismo en nuestra nueva larga marcha” hacia el rejuvenecimiento de la nación. “La unidad es una fuerza poderosa, que superará todas las dificultades”.

Y los medios han publicado elogiosos artículos sobre el secretario general. El periódico Tribuna del Pueblo, propiedad del Diario del Pueblo, afirmaba el pasado martes que China necesita un líder fuerte, como lo fue Mao, en tiempos en los que el país encara importantes desafíos estratégicos. Tanto el público como los funcionarios del Gobierno chino, asegura este medio, ven a Xi como un líder con esas cualidades

Más información