"Esto no es Honduras"

La revuelta de los policías deja sin protección las calles de las principales ciudades y da vía libre a la delincuencia

LUIS VIVANCO 1 OCT 2010 - 00:44 CET

Cuando estalló el caos en Ecuador las cosas empezaron a moverse más rápido en las calles. La falta de policías fue una invitación para que los delincuentes hagan de las suyas y ataquen coches privados, bancos, supermercados y provoquen el temor entre los ciudadanos. El decreto de emergencia que el Presidente emitió desde su cautiverio suponía que las Fuerzas Armadas deberían hacerse con el control en las calles, lo que creó un ambiente tenso, pues en Ecuador no es común ver a militares tomando el control civil.

Diferentes puntos de la capital se fueron convirtiendo en campos de batalla entre policías y fieles a Rafael Correa. Los pocos transeúntes corrían hacia sus hogares cada vez que escuchaban una detonación, según relataron testigos contactados por teléfono. Ese ambiente empeoró cuando el ministro de Exteriores, Ricardo Patiño, hizo un llamamiento para que los partidarios del gobierno marchen hacia el hospital donde el mandatario estaba secuestrado. La gente llegaba al grito de "Esto no es Honduras, Correa es presidente". Fueron recibidos con gases lacrimógenos por los policías amotinados, cuyo eslogan era: "El pueblo uniformado, también es explotado". Algunos de los defensores de Correa portaban palos; otros, banderas; los había que se desplazaron en silla de ruedas. "Estamos aquí en pie de lucha por la democracia, defendiendo al presidente de todos los ecuatorianos, rescatándolo, pero nos están lanzando bombas lacrimógenas a los ministros, a las señoras y a los niños", denunció la ministra de Obras Públicas, María de los Ángeles Duarte. "Policías corruptos no se enfrenten con armas al pueblo. El pueblo viene a mano limpia", gritó un manifestante.

Al cierre del aeropuerto de Quito le siguieron la toma de parte de los policías de la principal estación de autobuses y del puente de acceso norte de la ciudad, lo que provocó un sentimiento de acorralamiento en la ciudadanía.

A lo largo de la tarde, las agencias bancarias fueron cerrando las puertas y la gente se acercaba a intentar sacar dinero de los cajeros antes el temor de que la situación pueda seguir empeorando en las próximas horas.

En las entidades públicas se dio la orden de dirigirse a casa y poco a poco las calles de la capital se fueron vaciando. En otros puntos del país, la ciudadanía tenía los ojos clavados en los cuarteles policiales, a la espera de cualquier movimiento anómalo de sublevación. Los colegios también suspendieron las clases. Varias compañías aéreas suspendieron los vuelos hacia Ecuador.

En los hogares, la población seguía con angustia los hechos a través de la única fuente de información: la televisión gubernamental. Todas las cadenas de radio y televisión fueron obligadas a conectarse a la señal oficial. Internet seguía funcionando y se convirtió en una fuente de información muy importante.

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