Francisco pregunta a los 300 obispos de Brasil por qué se desangra el catolicismo

El papa ha conquistado a la gente justamente por su sencillez, por sus discursos a nivel de “párroco”

El papa Francisco a su llegada a la playa de Copacabana / ANTONIO LACERDA (EFE)

En la calle, tres millones de personas, en su mayoría jóvenes, han aclamado a Francisco en las playas de Copacabana de Río de Janeiro en un mar de fiesta en la que la multitud enloquecida arrojaba de todo al papamóvil descubierto, en señal de cariño. Entre cuatro paredes, a puertas cerradas, ayer el primer papa jesuita, que ha dejado definitivamente de llamarse "papa" para ser simplemente el “obispo de Roma”, leyó la cartilla a los 300 obispos de Brasil. Allí Francisco mostró su autoridad de responsable de una Iglesia que se está desangrando en Brasil y en el Continente Americano a favor de las iglesias evangélicas.

En la calle, Francisco, es como una estrella de pop, todo es sonrisas, besos y abrazos. Ante los obispos expuso con gravedad sus preocupaciones. Les pidió que hicieran juntos un examen de conciencia crítico. Que se preguntaran sobre el porqué de “ese fracaso de la Iglesia” en un país en el que los católicos han pasado en pocos años de un 80% a un 54% de la población. Según Francisco, los obispos y el clero en general de Brasil, debe “salir de las sacristías” e ir al encuentro de los fieles no sólo de los barrios bien, de la élite de la Iglesia, sino de los más “marginados por la sociedad”.

Les animó a adoptar la “gramática de la sencillez”, en sus palabras, en sus encuentros con la gente y en su propia vida. Hizo que se preguntaran por qué el mundo ve a la Iglesia como “una reliquia del pasado”. Les pidió que reflexionaran si no será verdad que la Iglesia tiene sólo respuestas “para la infancia del hombre” pero no para su “edad adulta”, incapaz de responder a las nuevas cuestiones que plantea el mundo de hoy. “A veces perdemos a los que no nos entienden, porque hemos perdido la sencillez importando de fuera una racionalidad ajena a nuestro pueblo”, les dijo.

Que a Francisco no le faltaba razón en sus críticas a obispos y religiosos lo ha demostrado él mismo esta semana en Brasil donde no sólo ha recibido el aplauso, la simpatía y el afecto de millones de católicos que han recuperado su complejo de Iglesia en descenso y sin vigor, sino de muchos fieles evangélicos que han confirmado a los periódicos que han salido a ver al papa porque era “fofo”, un adjetivo cariñoso usado en Brasil para decir que algo o alguien es tierno, sencillo, agradable, que se hace querer.

Francisco ha conquistado a la gente justamente por su sencillez, por sus discursos a nivel de “párroco”, es decir sin perifollos teológicos, citando sólo pasajes de los evangelios que entienden hasta los analfabetos. Y presentándose a pecho descubierto, sin miedo, abrazando a todos y ofreciendo casi todo su tiempo a la gente anónima, sin importancia, con pocos minutos para los poderosos e intelectuales.

Cambió hasta el encuentro con los 2.000 representantes de la intelectualidad y del mundo de las artes en el Teatro Municipal de Río. Concebido para el viaje que debía haber hecho Benedicto XVI el encuentro con los representantes de la sociedad civil fue radicalmente cambiado por Francisco. Pidió que estuvieran presentes representantes de todas las categorías de la sociedad, desde indígenas hasta adictos, desde Ongs que trabajan en las favelas a madres de familias empeñadas en la labor social. Y para dirigirse a él en nombre de todo ellos, Francisco escogió no a un escritor famoso, ni a un director de cine ni a un catedrático de la Universidad como solía hacerse en el pasado en estos encuentros con el papa. Escogió a un joven de la favela de Maré de Río que gracias a la ayuda de la Iglesia ha conseguido salir del infierno de la dependencia de las drogas y estudiar.

Según el vaticanista italiano Marco Politti, en Roma, la oposición de ciertos sectores de la Iglesia que no ven con buenos ojos la revolución de la sencillez que está marcando Francisco, han empezado a tacharlo de “pauperismo, populismo y demagogia” y que hasta hay quien ha llegado a preguntarse si Francisco “dejará a su sucesor la posibilidad de ser aún papa”. Francisco, en Brasil, de algún modo, se ha convertido en un “no-papa”, una palabra que con él ha quedado en desuso. Al frente del Vaticano ya no hay un monarca ni un rey. Ya no hay trono. Francisco ha hablado siempre de pie en Brasil, nunca sentado en la silla papal. Ha vestido sólo de blanco y ha viajado en un coche popular. Se ha olvidado de ser papa. Algo, que como dicen en Brasil, la gente "adorou".

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