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El presidente de Filipinas anuncia que se aleja de EEUU para aliarse con China

"Dependeré de vosotros por mucho tiempo", ha dicho Duterte en su visita oficial a Pekín

 

De manera espectacular, en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín, rodeado de símbolos comunistas y de toda la pompa diplomática china, el presidente filipino, Rodrigo Duterte, ha anunciado este jueves lo que puede significar una de las alteraciones más drásticas del equilibrio geopolítico en años: el divorcio de su país de Estados Unidos, su aliado más importante durante décadas y su principal valedor en la disputa territorial que mantienen Pekín y Manila en el mar del sur de China

El presidente chino, Xi Jinping (izquierda), recibe a Rodrigo Duterte en Pekín.

“En este evento anuncio mi separación de Estados Unidos, económica pero también militar ”, declaró Duterte en un discurso ante un foro empresarial presidido por el vice primer ministro chino Zhang Gaoli, y entre los aplausos del público. “Me he separado de ellos, así que dependeré de ustedes durante largo tiempo. Pero no se preocupen: al igual que ustedes nos ayudarán, nosotros les ayudaremos”.

Desde su llegada al poder, hace tres meses, el presidente filipino no ha cesado en sus amenazas e invectivas contra Estados Unidos, al tiempo que multiplica sus gestos de acercamiento a Pekín. Ofendido por las críticas de Washington a su polémica guerra contra las drogas, desde septiembre había anunciado el fin de las maniobras militares conjuntas y apuntado la posibilidad de cancelar algunos pactos de colaboración defensiva. “Ha llegado el momento de decir adiós”, había declarado el miércoles en una reunión con empresarios filipinos.

En directo contraste con el deterioro de la relación con EE. UU., su visita de Estado de cuatro días a Pekín, la primera de su mandato, se ha caracterizado por las buenas palabras y los guiños de amistad recíprocos. Ni rastro de la animosidad que dominó la relación bilateral China-Filipinas durante el gobierno de Benigno Aquino en Manila, por sus reclamaciones rivales de soberanía sobre las islas Spratly, bajo control chino desde 2012.

Este jueves, en su reunión bilateral por todo lo alto también en el Gran Palacio del Pueblo, el presidente chino, Xi Jinping, se deshizo en declaraciones de amistad. La visita de Duterte, expresó, es un “hito significativo” para los lazos entre los dos países. “Espero que podamos… usar esta visita como una oportunidad para llevar de nuevo a las relaciones China-Filipinas por la senda de la amistad y mejorar las cosas”.

Duterte se mostró igualmente melifluo. “Desde hace siglos, China ha sido un amigo de Filipinas. Las raíces de nuestros lazos son profundas y no se cortan fácilmente”. Su estancia en Pekín, opinó, marca una “primavera” en los vínculos bilaterales.

En su reunión, ambos mandatarios firmaron 13 acuerdos de cooperación en áreas como la pesca o el terrorismo. También abren la puerta a las inversiones chinas en Filipinas, que en 2014 apenas fueron de 41,3 millones de dólares, en el sector de las infraestructuras. China ha levantado asimismo su alerta de viaje contra las visitas turísticas de sus ciudadanos al archipiélago, que impuso en los momentos más tensos de la disputa bilateral.

El presidente filipino encontró también una mano amiga para su lucha contra la droga, su principal prioridad y que ya ha dejado más de 3.000 muertos en su país.

Acerca de su disputa territorial, Pekín y Manila han acordado negociarla de manera bilateral. Es la opción que el gobierno chino siempre había defendido, frente a las preferencias de EE. UU. por abordar las disputas territoriales de la región en foros multilaterales.

El deshielo había comenzado después de que una corte de arbitraje internacional en La Haya se pronunciara de modo favorable a Manila en la disputa territorial este junio. Cuando las expectativas eran que Filipinas exigiera con fiereza la aplicación del dictamen, Duterte optó por correr un tupido velo sobre la decisión judicial. En su opinión, la tradicional dependencia de Estados Unidos ha lastrado a su país, mientras que un acercamiento a China puede reportarle importantes beneficios económicos

Y China ha respondido con entusiasmo a la aproximación filipina, ante la perspectiva de una división entre Washington y Manila de la que tiene mucho que ganar. Con el respaldo de Washington, para el que el mar del sur de China tiene una importancia estratégica, Filipinas se había convertido en su peor rival en la zona.

Aunque algunos expertos se muestran escépticos de que la recién estrenada luna de miel entre Pekín y Manila vaya a ser duradera. “Si pasa el tiempo y Duterte no puede conseguir algo positivo de China, le será muy difícil justificar el seguir buscando pelea con EE. UU. Y si China quiere sacar a Filipinas de la órbita de EE. UU., tendrá que ofrecer concesiones extraordinarias, al menos según sus estándares. Y eso implica que en China, donde existe un genuino sentimiento de que las islas en disputa son suyas, la gente empezaría a preguntar cosas”, explica Richard Heydarian, de la Universidad filipina de La Salle.

Hay precedentes. El propio Aquino comenzó su mandato queriendo tender puentes hacia China: para contentar al Gobierno chino declinó asistir a la ceremonia de entrega en ausencia del Nobel de la Paz a Liu Xiaobo en 2010. En 2011 viajó a Pekín para una visita oficial. Un año más tarde, China se hacía con el control de las Spratly, y el presidente filipino comenzaba una larga etapa de enfrentamiento con Pekín. “Duterte podría recorrer un ciclo similar”, apunta Heydarian.