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Expulsados de Qatar un centenar de estudiantes y profesores turcos

El incidente es el último que trasciende de un creciente giro conservador en el emirato

Mezquita de la facultad de estudios islámicos de la universidad de Doha.

R. A., un turco que enseñaba inglés en la Universidad de Qatar, fue deportado a Turquía el domingo 5 de febrero. Como él, al menos un centenar de nacionales de este país, tanto estudiantes como profesores, han sido expulsados desde principios de año, una medida que los afectados atribuyen a presiones del Gobierno de Erdogan. Sin embargo, los turcos no son los únicos depurados en el ámbito universitario. Desde hace dos años, un goteo de cancelaciones de contratos y permisos de residencia por motivos políticos preocupa a los miembros del multinacional cuerpo académico que ejerce en ese rico emirato.

“El santuario que el mundo académico parecía mantener aquí se ha ido ya al garete”, asegura un profesor americano que llegó a Qatar atraído no sólo por el buen sueldo, sino por el nivel de libertad para investigar en los temas de su interés.

Bajo el impulso de la jequesa Mozah, madre del actual emir, Qatar inauguró en 1997 la Ciudad de la Educación, un mega campus que aspiraba a convertir el país en un centro de excelencia educativa. En los años siguientes se instalaron allí seis universidades estadounidenses, una británica y una francesa. Pero como el proyecto de erigirse en un gran centro cultural con museos de renombre mundial, el plan parece haber tocado techo ante los compromisos políticos y la ausencia de libertad de cátedra.

R. A. contó a sus compañeros que las autoridades cataríes le retuvieron el pasaporte cuando le comunicaron su expulsión del emirato y sólo se lo devolvieron ya a punto de embarcar de vuelta a Turquía. A su llegada a Estambul la policía le interrogó durante varias horas. Desde entonces ha protegido los tuits en los que hace comentarios y sólo son visibles aquellos en los que remite a artículos.

Las expulsiones no se limitan a la Universidad de Qatar. La profesora Zeynep Topaloglu de la rama local de la Universidad de Georgetown también ha tenido que dejar el país, aunque en su caso se debió a su marido, quien patrocinaba su visado de residencia. Este, también turco y empleado de la petrolera Shell, fue deportado sin que se conozca el motivo.

“No creo que Qatar facilite ninguna explicación, pero claramente es por las presiones del Gobierno turco”, opina Birol Baskan, autor de Turkey and Qatar in the Tangled Geopolitics of the Middle East y que también daba clases en Georgetown. Hasta el pasado 2 de enero cuando, a su regreso de un viaje, le impidieron la entrada en el emirato. “No me dieron explicaciones. Al parecer estoy en una lista negra”, relata en una conversación a través de Twitter.

De acuerdo con la información que ha recopilado, el embajador turco en Doha y algunos residentes turcos pro-Erdogan prepararon una lista con nombres de acusados de ser miembros de FETO, la Organización Terrorista de Fetulá. El Gobierno de Ankara designa así a los seguidores del Fetulá Gülen, a quien responsabiliza de un intento de golpe de Estado. “Soy crítico con Erdogan, pero no pertenezco a esa organización ni a ninguna otra. ¿Qué importa? Nadie está interesado en la verdad”, lamenta Birol.

Este profesor de Ciencias Políticas llevaba nueve años trabajando en Qatar. Pero ya había tenido un primer aviso en mayo de 2015 cuando su permiso de residencia no fue renovado. Pasó un año fuera, hasta que en mayo de 2016 volvieron a autorizar su regreso al país.

“Mi caso es diferente. Hasta dónde sé soy el único ciudadano turco al que se le negó la residencia entonces”, reflexiona convencido de que fue Ankara quien presionó para que Qatar impidiera su regreso. Ambos gobiernos mantienen una alianza estratégica fundada sobre el respaldo a los Hermanos Musulmanes y que se ha intensificado desde las revueltas árabes de 2011.

Más allá de esa coyuntura, para los observadores de la escena catarí, lo ocurrido con los turcos viene a confirmar la sospecha sobre un mayor control político del mundo universitario que empezó a entreverse con la expulsión de varios profesores chiíes el pasado octubre y cambios dentro de algunos departamentos. Dos meses después de haber empezado el curso una americano-iraní y un bahreiní vieron suspendidos sus contratos en la Universidad de Qatar. Oficialmente se trató de problemas administrativos, pero sus compañeros ataron cabos. Ambos eran chiíes en un momento en que estaban creciendo las tensiones entre Irán y Arabia Saudí, y Qatar estaba acercándose a Riad tras algunos desencuentros previos.

“Sospecho que el nuevo emir está sucumbiendo a la vuelta atrás conservadora y trata de apaciguar a esos sectores. Estoy convencido de que los árabes laicos también van a sufrir el mismo destino”, interpreta Birol.

El nuevo emir es el jeque Tamim, quien llegó al poder en junio de 2013 tras la abdicación de su padre, el jeque Hamad. Desde entonces, Qatar ha dado un claro giro conservador aunque sin grandes alharacas. El nuevo clima contrasta con el período inmediatamente posterior a las revueltas de la primavera árabe, cuando las universidades radicadas en ese país acogieron a un buen número de profesores cuyas nacionalidades les hacían potencialmente molestos en emiratos vecinos.