Grecia exhibe eficacia en el registro migratorio tras la bronca de Bruselas

El centro de Lesbos, el único operativo de los cinco previstos, funciona a pleno rendimiento

Llegada de migrantes a la isla griega de Lesbos. Foto / Vídeo: Claudio Álvarez

A un ritmo de registro diario de entre 3.000 y 3.500 refugiados al día –la capacidad del centro a pleno rendimiento, según sus gestores-, el ‘hotspot’ de Lesbos, o “punto caliente” según la jerga de Bruselas, necesitaría meses para identificar y dar papeles provisionales a los miles de migrantes que llegan a la isla griega: el 60% de los casi 850.000 que entraron en el país en 2015, la mayoría refugiados; los dos millones –o tres, según las fuentes- que esperan en Turquía para dar el salto a Europa a través de esta u otra media docena de islas del Egeo. En Lesbos opera el único centro de registro de los cinco previstos en Grecia, que debe hacer la primera criba entre refugiados (con derecho a asilo) y migrantes económicos (condenados legalmente a la expulsión) exigida por la Unión Europea.

Pero algo no debe de estar funcionando correctamente en la maquinaria, porque la Comisión Europea cargó el miércoles contra la “negligente” vigilancia fronteriza de las autoridades griegas y el deficitario registro de extranjeros. La expulsión temporal de Schengen se cierne como una losa sobre el Gobierno de Atenas, a lo que este responde asegurando que tres centros más (en Samos, Leros y Quíos) estarán totalmente hábiles en febrero… o en marzo, según el titular de Inmigración, Yanis Muzalas. A Leros y Quíos, de momento, sólo han llegado unos cuantos barracones prefabricados, vacíos.

Más allá del cruce de acusaciones, o al margen de los dardos, el austero centro de Lesbos, que depende del Ministerio de Inmigración griego, parece un centro fabril en hora punta cuando no una distopía; una metrópolis en medio de un paraje cuajado de olivos sobre el que se alzan las alambradas del viejo cuartel que ocupa. Alrededor se congregan como en una romería cantinas móviles, puestos ambulantes de fruta o mantas térmicas y quioscos de operadores de telefonía, con enchufes para recarga de móviles y wifi gratuito; Internet es el cuaderno de bitácora de los transeúntes.

En Moria –la localidad donde desde octubre se levanta este hotspot- hay un incesante tráfico de personas, de familias, de sombras. O grupos de mujeres plantados en la calzada, sobre mantas, con sus niños; los maridos, cuentan Asma y Meryem, dos kurdas de Irbil (Irak) que huyeron del Estado Islámico, “han ido a la ciudad a comprar el pasaje para el ferri” que ha de llevarlos a Atenas. Ambas se quejan de “frío y mala comida en el centro”, pero agradecen tener una cama donde acunar a sus pequeños.

Seis meses de plazo

“El centro de primera recepción y registro de Moria está operativo las 24 horas del día. Cualquier refugiado puede inscribirse a cualquier hora, para eso estamos 250 policías griegos y agentes de Frontex, incluidos traductores”, explica Vanguelis Kassos, coordinador del centro, que está dividido en dos grandes secciones, una para los arabófonos; otra, más pequeña, para el resto. A los nacionales de Siria, Palestina, Somalia, Sudán, Eritrea, Yemen e Irak se les concede un permiso de estancia en Grecia de seis meses; a los otros, “uno de 30 días al término del cual, teóricamente, deben abandonar el país”, cuenta el policía, encogiéndose de hombros sobre tal posibilidad.

Con el ritmo de llegadas de enero, “unos 1.500 al día”, el trámite no supera, dice, la media hora; en verano, cuando desembarcaban 10.000 personas al día en la isla, el procedimiento podía demorarse tres meses. Todo está preparado en Moria para esas medias estancias: barracones con ropa tendida y niños tristes; comedores, duchas, centro médico… y decenas de miembros de organismos internacionales y ONG (“Acnur, Médicos Sin Fronteras, Médicos del Mundo…”, enumera el agente) echando una mano a los funcionarios.

Kassos rehúsa comentar las acusaciones de Bruselas de que Grecia no está registrando bien a los migrantes. Explica en cambio que en Moria hay 20 escáneres conectados a la base de datos europea Eurodac; que la policía sigue escrupulosamente el protocolo (“examen de datos personales; toma electrónica de huellas digitales, fotografía y registro, para finalizar con la entrega del permiso temporal”, un folio mecanografiado con el sello del Gobierno) y que, aunque muchos de ellos puedan –los sirios o los iraquíes, por ejemplo-, “casi nadie pide asilo, aunque hay una oficina específica para ello”.

“Con el permiso temporal pueden moverse libremente por toda Grecia; lo que hagan después depende de ellos”, añade neutramente el policía. La siguiente etapa de su viaje, tras la escala en Atenas, será la azarosa frontera de Grecia con la Antigua República Yugoslava de Macedonia (FYROM, en sus siglas inglesas): a veces abre; otras, las más, se cierra.

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