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La economía de Irán no despega pese al acuerdo nuclear

Rohaní necesita un Parlamento que le ayude a reformar el marco legal para atraer inversión extranjera

Abren los colegios electorales en Irán. A. Taherkenareh / Luis Manuel Rivas

“¡Carro!”, “Apártese señora, no le vaya a dar”, advierte un porteador. El ajetreo del Gran Bazar de Teherán en vísperas del Noruz, el año nuevo persa que se inicia el 21 de marzo, puede resultar engañoso. Pese a la afluencia de potenciales clientes, el negocio se mueve más despacio de lo que les gustaría a los comerciantes. Levantadas las sanciones internacionales el pasado enero, salen a la luz los problemas de fondo de un sistema político basado en el clientelismo y con un marco legal que suscita dudas en los inversores extranjeros.

“El poder económico ya no está en el Bazar; cualquiera con dinero puede comprarnos a todos”, lamenta un veterano vendedor de alfombras que, como la mayoría, se niega a aparecer ante la cámara. “No quiero que mañana me cierren la tienda”, se disculpa. “Solo quienes tienen contactos con el Gobierno hacen negocios”, asegura antes de añadir los nombres de varias familias de bazaríes (grandes comerciantes). “Pregúnteles a ellos”.

Hace ya tiempo que el Bazar dejó de ser el centro económico de Irán, pero aún es un buen termómetro del estado de su economía y su sociedad. A un mes escaso de Noruz, una época de compras equiparable a las navidades en Occidente, y con la paga extra recién cobrada, los signos no son buenos. Vendedores y clientes expresan su frustración porque las dificultades persisten a pesar del levantamiento de las sanciones internacionales a Irán como resultado de reducir su programa nuclear.

“No he visto cambios. Ni los precios han bajado ni mis ingresos han aumentado”, confía Elham Abbasie, una funcionaria que está comprando en una mercería. El dueño de la tienda, Hafez Fazeli, asegura sin embargo que ha percibido un efecto psicológico. “Hay mejor clima que el año pasado”, sugiere.

“El mercado está mal”, admite Reza Etminanmehr, cuatro décadas exportando alfombras. “No hemos notado una mejora tras el acuerdo porque aún no podemos hacer transacciones financieras a través del Banco Central y así no se pueden hacer negocios”, explica. No obstante, confía en que el nuevo Parlamento que va a elegirse este viernes impulse el cambio. “Los principalistas que lo dominaban hasta ahora no hicieron nada; los reformistas son una mejor opción para el futuro porque propugnan enmendar las relaciones con el resto del mundo”, resume.

Los periódicos económicos están llenos de buenas noticias. “El aeropuerto de Teherán va a desplazar a Dubái como gran centro de conexiones de la región”, “Irán va a superar a Qatar en la extracción de gas” y delegaciones de todo el mundo se suceden en la firma de memorandos.

“En algún lugar de Teherán debe de haber un edificio lleno de proyectos, el problema es la financiación”, resume el representante de una empresa de ingeniería española de visita en Irán. Ha venido a tantear el mercado y se ha encontrado con qué hay muchas ideas, pero nadie parece dispuesto a poner el dinero necesario. Los iraníes esperan que los extranjeros vengan con fondos. Sin embargo, los bancos que debieran financiarles recelan del marco legal, tanto por la persistencia de algunas sanciones estadounidenses (no vinculadas al programa nuclear) como por la falta de transparencia del sistema iraní.

“Esa es la importancia de estas elecciones. [El presidente Hasan] Rohaní necesita un Parlamento que colabore con él para elaborar la legislación que liberalice la economía y garantice la inversión extranjera”, explica un analista. Los conservadores, que eran contrarios al acuerdo nuclear, prefieren mantenerse al margen de la economía global e intentan levantar barreras para frenar la integración internacional de Irán.

Los reformistas parecen haber entendido que evitar que lo logren es la prioridad y por eso respaldan las listas “pro-Gobierno”. La liberalización social tendrá que esperar. “No van hacia una democracia sino a un modelo chino”, interpreta un embajador occidental. El peligro, apunta otro, es que “se creen el imperio del centro y esperan que el resto del mundo haga fila para invertir en sus proyectos sin atender a los criterios de viabilidad habituales”. Ese desajuste entre unas expectativas enormes y una realidad mucho más modesta es el que está alentando la frustración de los iraníes, exhaustos tras un lustro de sanciones.

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