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¿Por qué Bélgica se ha convertido en un objetivo terrorista?

El país es el que más yihadistas radicalizados tiene en la Unión Europea

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Trabajadores del aeropuerto de Bruselas se abrazan tras los ataques de este martes. EFE

Bélgica vive una pesadilla de la que no sabe cómo escapar. El país que hace apenas dos años vivía casi ajeno a las medidas de seguridad habituales en otros Estados —entre ellos España— se ha convertido en el uno de los principales escenarios del terrorismo en Europa.

Cuatro días después de recibir con alivio la detención de Salah Abdeslam, artífice de los atentados del 13-N en París, el terror golpea de nuevo Bruselas con un atentado cuyas consecuencias son aún difíciles de anticipar.

El atentado del museo judío de Bruselas, en mayo de 2014, dio la primera voz de alarma. Allí las autoridades belgas descubrieron que la capital de Europa era objetivo terrorista y la seguridad comenzó a reforzarse en lugares estratégicos. Pero los ataques, perpetrados entonces por un yihadista francés, distaron de ser un episodio aislado.

A raíz de ese episodio, Bélgica descubrió, con estupefacción, que era el país comunitario más afectado por un fenómeno novedoso: el de los llamados combatientes extranjeros, jóvenes con nacionalidad europea que abandonaban su entorno para unirse a la guerra siria. Con casi 500 personas que en algún momento han viajado a Irak o Siria, el país, de 11,2 millones de habitantes era el que más yihadistas per cápita registraba en Europa.

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Un equipo de la policía forense fuera del edificio donde fue detenido Salah Abdeslam el 18 de marzo. Getty Images

La presencia de núcleos radicalizados en el país no era del todo novedosa ni exclusiva de Bruselas. En septiembre de 2014, la justicia de Amberes realizó un macrojuicio contra 46 fundadores y miembros de Sharia4Belgium, una organización terrorista responsable de reclutar y adiestrar a estos jóvenes que se enrolaban en un conflicto en principio tan ajeno a su cotidianidad como el sirio.

Pero lejos de estrechar la amenaza, los problemas se multiplicaron a partir de ese momento.

El momento álgido de esa enorme incidencia terrorista en Bruselas se mostró con toda su crudeza en los atentados del 13-N, que provocaron la muerte de 130 personas en París. Muy pronto la investigación demostró que esos ataques se habían fraguado en buena medida en Bruselas, orquestados por jóvenes europeos de origen musulmán.

El epicentro apuntaba a un barrio de fuerte concentración árabe que desde entonces adquirió relevancia internacional. Se trata de Molenbeek, la guarida donde Abdeslam se radicalizó y donde fue finalmente arrestado el pasado viernes. Ese distrito, a pocos minutos del centro histórico de Bruselas, ha mostrado alguna conexión con buena parte de los atentados que han golpeado Europa en los últimos años, incluido el 11-M español.

A partir de los atentados de París, Bruselas descubrió que también era objetivo directo de una masacre similar a la de la capital francesa. Los indicios de que algo similar se estuviera fraguando llevaron a las autoridades belgas a tomar una decisión inédita en diciembre pasado: el cierre preventivo, durante varios días, del metro, las escuelas, los centros comerciales, las instalaciones deportivas y otros lugares públicos.

Lo que entonces no ocurrió se ha producido, con especial virulencia, este martes. La gran paradoja —y motivo de alarma para las autoridades belgas— es que los ataques han golpeado los dos núcleos más vigilados de la capital belga desde el 13-N: el aeropuerto de Zaventem, el principal del país y uno de los de más tráfico de Europa, y la zona donde se sitúan las principales instituciones comunitarias, conocida como Schuman.

Todos esos organismos (la Comisión Europea, el Consejo Europeo, la Eurocámara, el servicio diplomático…) cuentan con dispositivos de seguridad incrementados, incluida la presencia de militares en las instalaciones. Lo mismo ocurre con las dos paradas de metro de esa almendra central: Maelbeek (la que ha sufrido la explosión también este martes) y Schuman.

Las autoridades belgas tendrán dificultades para quitarse el estigma —justificado o no— que las persigue desde los ataques de París: que la capital belga constituye una auténtica cuna del yihadismo. Y que esa amenaza terrorista ha arraigado en buena medida a espaldas de los servicios de inteligencia del país.

Un alto cargo de la lucha antiterrorista europea considera infundadas las acusaciones y añade que Bélgica comunica a otros países —principalmente a Francia— un buen número de informaciones ligadas al terrorismo. Aun así, han sido precisamente las autoridades francesas las que han subrayado que la captura de Abdeslam ha tenido mucho que ver con la implicación directa de su policía en la investigación belga de los atentados del 13-N.

Ese enorme despliegue no ha conseguido evitar lo que en Bélgica se considera ya “el día más negro del país desde la Segunda Guerra Mundial”.

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